El cerebro humano se va construyendo y moldeando a sí mismo a través de la interacción con el mundo en momentos precisos

CIBERSAM
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Los primeros pasos, las primeras palabras, las primeras rabietas...¿Qué padre no recuerda los principales hitos en el neurodesarrollo de sus hijos? Esas pequeñas 'conquistas' que los pequeños parecen aprender de repente un día son en realidad el resultado del registro de todo un conjunto de experiencias sensoriales, motoras, sociales, culturales y ambientales y que se integran en el cerebro durante periodos críticos del desarrollo.
Para referirse a esa información registrada desde la gestación hasta aproximadamente los 25 años, un artículo publicado esta semana en la revista Brain Health propone acuñar el concepto de criticoma, el periodo de la vida en el que se experimenta una mayor plasticidad cerebral y está marcado por momentos clave.
"El concepto de criticoma trata de definir cómo el cerebro humano se va construyendo y moldeando a sí mismo a través de la interacción con el mundo en momentos precisos", explica Juan Lerma, profesor de investigación del CSIC en el Instituto de Neurociencias CSIC-UMH y miembro de la Real Academia de Ciencias de España. Pero este concepto no es nuevo: "ya lo dejó claro Cajal con su famosa frase de "el hombre, si se lo propone, puede ser escultor de su propio cerebro", señala el investigador en declaraciones a SMC España.
En estas etapas de máxima plasticidad, el cerebro "absorbe como una esponja toda la información que se le da y la procesa, grabando físicamente las experiencias en sus circuitos neuronales", continúa Lerma.
"Este concepto integrador viene a recordarnos que es importante asumir con sus máximas consecuencias que todo lo que vemos, escuchamos, olemos o sentimos, junto con las emociones que nos provoca, deja una huella en nuestras neuronas y cómo se interconectan", añade.
"Toda esta información se integra estructuralmente en la arquitectura del cerebro con características no accesibles conscientemente, pero que influyen profundamente en la percepción, la cognición y el comportamiento a lo largo de la vida. Los movimientos, gestos y la forma en que interactuamos físicamente con el entorno quedan grabados como patrones en nuestro sistema nervioso. La forma en que nos relacionamos socialmente, las dinámicas familiares y las jerarquías sociales también definen cómo se cablean nuestras redes neuronales sociales. Lo mismo pasa con la cultura. El idioma que aprendemos, los símbolos y los rituales que observamos se asimilan biológicamente durante ventanas críticas del desarrollo", señala el investigador, quien subraya que "finalmente, el entorno o contexto ambiental, desde la arquitectura de nuestra casa hasta la naturaleza que nos rodea y las condiciones socioeconómicas que disfrutamos, actúan como el escenario real que limita o potencia todo nuestro desarrollo".
En resumen, incide, "el ser humano es una fusión biológica de lo que percibe, cómo se mueve, con quién se relaciona, la cultura en la que crece y el lugar físico donde se vive".
Ahondar en el criticoma, proponen los autores de este nuevo estudio-liderados por Michel Cuenod y Kim Q. Do desde la Universidad de Lausana (Suiza)- tiene implicaciones tanto en la comprensión de algunos trastornos psiquiátricos como en intervenciones de tipo educativo.
Estos periodos críticos para el aprendizaje son un arma de doble filo, señalan los científicos en un comunicado. Así, "el mismo mecanismo que permitió a Mozart emerger de una infancia saturada de relaciones armónicas es el que produjo los retrasos en el desarrollo documentados en los orfanatos rumanos".
«No buscábamos un término nuevo. Buscábamos una manera de hablar de algo que no lográbamos nombrar», resume Kim Q. Do. «Nuestros estudiantes nos preguntaban qué integra realmente el cerebro durante un período crítico, y recurríamos a la memoria, al aprendizaje cultural o a la marcación epigenética, pero ninguna de esas palabras encajaba del todo. El criticoma es nuestro intento de encontrar una definición adecuada»

























