El holandés vence en Hoogerheide a una semana del Mundial, donde perseguirá su octavo título.

Van der Poel, el domingo, en la meta de Hoogerheide.
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Mathieu van der Poel tenía un interés especial en ganar en Hoogerheide, en la Copa del Mundo de ciclocross. La carrera llevaba el nombre de su padre, Adrie. Pensado y hecho. Mathieu dominó con su suficiencia crónica la prueba. Esperó, tranquilo, a la tercera de las nueve vueltas para pegar el hachazo de rigor y abandonar el grupo que, enfilado, serpenteaba por un circuito seco y duro, sólo levemente húmedo en algún tramo.
Como siempre que está presente el neerlandés, hubo dos carreras, sea cual sea el estado del piso. La primera, con un solo hombre. La segunda, con todos los demás y con los nombres habituales peleando por el podio en, esta vez, una infrecuente aglomeración. Una curiosa estampa en el ciclocross, que se caracteriza por la diseminación de los corredores.
En homenaje a su padre, Mathieu se esforzó especialmente. Lo habitual es que, conseguida una sustancial ventaja, se relaje un poco al final. En esta ocasión, mantuvo un ritmo altísimo y terminó con 1:20 de ventaja sobre Tibor del Grosso, Niels Vandeputte y Thibau Nys. Felipe Orts pasó por meta en la sexta posición, un nuevo top-10 en su ascendente trayectoria.
Van der Poel, inabordable por costumbre, obtuvo su duodécima victoria de la campaña y, de paso, un récord de 51 en la Copa del Mundo. Rompió así el tope de 50 que ostentaba el inolvidable Sven Nys, padre de Thibau. Se apresta, además, a apropiarse de otro récord. El próximo domingo tomará la salida en pos de su octavo título mundial. Su condición de favorito es absoluta.


























