El programa Artemisa va más despacio que el Apolo, pero estamos emprendiendo una aventura mucho más ambiciosa y difícil.

Decenas de personas en Titusville (Florida) fotografían el cohete SLS poco despuésdel lanzamientoGetty/Afp
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Para unos, Artemisa 2 es el inicio de una nueva era en la conquista del espacio. Para otros, todo el programa Artemisa es demasiado caro, está yendo demasiado lentamente y su ambición es casi temeraria. En algún grado, estoy de acuerdo con ambas opiniones.
Artemisa 2 parece adolecer todavía de algunas interrogantes técnicas que revisten una enorme importancia cuando tenemos en cuenta que se trata de una misión tripulada: el escudo térmico de la cápsula Orión mostró daños en la misión anterior, lo que generó algunas dudas sobre su resistencia en la reentrada en la atmósfera a altísimas velocidades y, además, esta será la primera vez que se pruebe con humanos el sistema de soporte vital en el espacio. En una misión así, cualquier pequeño error puede llegar a ser fatal y los problemas que se han experimentado, incluso durante el mismísimo lanzamiento e inmediatamente después (cuando fallaron momentáneamente las comunicaciones) han creado, al menos en mí, cierta intranquilidad.
De hecho, muchos se preguntan por qué hay ahora tantos problemas y cómo se ha podido "retroceder así desde el programa Apolo". ¿Acaso tiene la NASA dificultades para reinventar algo que logró con aparentemente mayor facilidad hace más de medio siglo? Aquí cabe argumentar que la misión Apolo supuso un esfuerzo nacional de grandísima escala que se quiso hacer rápidamente para lograr una hazaña prácticamente puntual y de carácter simbólico. Sin embargo, aunque la complejidad sea mucho mayor y aunque esté obligada a cumplir estándares más altos de seguridad que los que se siguieron hace décadas, proporcionalmente Artemisa no supone un esfuerzo de la misma envergadura que la que tuvo el programa Apolo en su momento.
Y, lo que yo considero más importante: Artemisa tiene elementos clave reutilizables y aspira a ser sostenible a largo plazo. Es cierto que el coste del SLS (Space Launch System), un cohete de carga pesada que es escalable a versiones aún más potentes, ha sido enorme. Pero cabe esperar que utilizando alternativas de la industria privada (como, por ejemplo, los lanzadores pesados de Space X) se consiga reducir costos considerablemente, lo que favorecería establecer una estrategia que podría mantenerse de manera estable en el futuro.
El programa Artemisa va más despacio que el Apolo, cierto, pero no es menos cierto que estamos emprendiendo una aventura mucho más ambiciosa y difícil. Si con Apolo se plantó de manera muy audaz una bandera en la cima espacial, con Artemisa se está construyendo una pasarela, tan segura como sea posible, para ir y volver repetidas veces a nuestro satélite, lo que deberá permitir -en un horizonte más o menos lejano- establecer bases lunares y facilitar el salto hacia Marte.
Como decía al principio, a pesar de las opiniones críticas, también es cierto que esta misión inicia una nueva era en la ciencia espacial. Y es que cada viaje espacial tripulado es un destello que enciende la imaginación colectiva de nuestra especie. En esta época de conflictos bélicos, más que un elemento en la carrera espacial con China y más que un reflejo en el espacio de las rivalidades que asolan la Tierra, yo prefiero ver en Artemisa una invitación para unirnos como humanidad en una empresa que debería ilusionar a todo el planeta.
No me cansaré de repetir que deberíamos aspirar a que todas las agencias espaciales del mundo trabajen unidas o, al menos, de manera lo más coordinada posible, optimizando los recursos y afanándose así en empresas más ambiciosas que las que pueda permitirse una única agencia. El espacio es un entorno extremadamente difícil y muy poco indulgente, y precisamente por eso la ciencia espacial exige algo más que competición. Quizá suene ingenuo, pero creo que todos deberíamos esforzarnos en intentar que este tipo de misiones no se conviertan únicamente en otra extensión de los conflictos terrestres. Todos unidos tendríamos una capacidad colosal para cruzar una frontera tras otra hacia lo desconocido y seguir así explorando el cosmos y realizando más y más descubrimientos.
Curiosidad y cooperación: estas son las principales fuentes de conocimiento, ciencia y progreso. Al final, más allá de programas espaciales específicos, lo que está en juego es si somos capaces de avanzar no solo técnicamente, sino también como proyecto común. Pero, sin ninguna duda, esto es bastante más difícil que llegar a la Luna.
Rafael Bachiller es director del Observatorio Astronómico Nacional (Instituto Geográfico Nacional) y académico de laReal Academia de Doctores de España.


























