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Ciencia

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El kraken ya no es un mito: pulpos inteligentes del tamañ...
Ricardo F. Colmenero · 2026-04-24 · via Ciencia

Actualizado

La historia de los océanos prehistóricos acaba de dar un giro que parece sacado de una novela de ciencia ficción. Los primeros pulpos que conocieron este planeta no eran criaturas discretas de tamaño modesto, sino gigantes capaces de alcanzar los 20 metros de longitud y situarse en lo más alto de la cadena alimentaria. El hallazgo, publicado en la revista Science, obliga a replantear quién mandaba realmente en los mares del Cretácico.

Durante décadas, el relato dominante en paleontología ha sido que grandes vertebrados como reptiles y tiburones gigantes eran los dueños del océano. Pero un equipo internacional liderado por la Hokkaido University ha encontrado pruebas de que los cefalópodos también jugaron en esa liga... y no como precisamente como un actor secundario.

Los protagonistas de esta revolución son dos especies, Nanaimoteuthis jeletzkyi y Nanaimoteuthis haggarti. Sus restos, hallados en sedimentos del Pacífico Norte, han permitido reconstruir por primera vez no solo su tamaño, sino también su forma de vida. Y lo que emerge de ese análisis es que eran depredadores activos, potentes y probablemente inteligentes.

La clave está en sus mandíbulas. Los fósiles muestran un desgaste extremo, con superficies pulidas, grietas y astillamientos que solo pueden explicarse por un uso intensivo. En términos simples: estos animales trituraban conchas y huesos de manera habitual, como lo hacen hoy algunos depredadores especializados. No se trataba de carroñeros ocasionales, sino de cazadores que atacaban presas duras y resistentes.

Ese desgaste, además, no es simétrico. En ambos lados de la mandíbula se observa un patrón desigual que sugiere un uso preferente de uno de ellos. En animales actuales, ese tipo de lateralización está relacionado con funciones cerebrales complejas. Es decir, estos pulpos gigantes no solo tenían fuerza, sino que podrían haber desarrollado comportamientos sofisticados y estrategias de caza avanzadas.

El tamaño termina de completar el retrato. A partir de la relación entre la mandíbula y el cuerpo en especies actuales, los investigadores estiman que N. haggarti podía alcanzar entre 6,6 y 18,6 metros de longitud. Una cifra que los sitúa en el mismo rango que grandes depredadores marinos del Cretácico, como el mosasaurio Mosasaurus hoffmannii. En un ecosistema donde ya abundaban animales colosales, estos pulpos no eran una anomalía, sino que formaban parte del grupo dominante.

El hallazgo también aporta una nueva pieza al puzle evolutivo. Durante millones de años, vertebrados y cefalópodos siguieron caminos muy distintos, pero acabaron convergiendo en soluciones similares. Mientras los primeros reducían sus estructuras externas para ganar velocidad y eficiencia, los segundos perdían su concha y desarrollaban cuerpos blandos más ágiles. El resultado, en ambos casos, fue el mismo: depredadores más grandes, más rápidos y con mayor capacidad cognitiva.

Esta convergencia no es un detalle menor. Sugiere que la evolución favorece ciertos diseños cuando se trata de ocupar la cima de la cadena alimentaria. Y, en ese contexto, los pulpos del Cretácico representan un experimento extremo, el de invertebrados que lograron competir de tú a tú con los mayores vertebrados del planeta.

El descubrimiento rompe también con otra idea profundamente arraigada, la de que los invertebrados fueron, en esencia, las víctimas de los grandes depredadores. Durante el Cretácico, muchos desarrollaron conchas más gruesas y defensas más sofisticadas precisamente para sobrevivir a la presión de los cazadores. Sin embargo, estos nuevos datos indican que algunos de ellos no solo se defendían, sino que atacaban y dominaban.

La imagen que emerge de este nuevo escenario es la de un océano mucho más complejo, violento y competitivo. Un entorno donde tiburones, reptiles marinos y peces gigantes compartían espacio con pulpos de tamaño comparable al de una ballena, capaces de capturar presas con sus largos brazos y rematarlas con una mordida devastadora.

Queda, no obstante, una incógnita inevitable: ¿cómo interactuaban exactamente estos gigantes entre sí? El registro fósil no permite reconstruir combates ni jerarquías directas, pero sí deja claro que coexistieron y compitieron por los mismos recursos.

El estudio abre además nuevas vías de investigación. La aplicación de técnicas digitales y modelos de inteligencia artificial para analizar fósiles está permitiendo recuperar información que hasta ahora permanecía oculta. En este caso, incluso ha sido posible identificar nuevos ejemplares a partir de datos tridimensionales, ampliando el conocimiento sobre estos animales sin necesidad de hallazgos espectaculares en campo.

A medida que estas herramientas se perfeccionen, es probable que aparezcan más sorpresas. Porque si algo deja claro este descubrimiento es que la historia de la vida en los océanos está lejos de estar completamente escrita.

En otras palabras, el kraken no era solo un mito, al menos hace 70 millones de años, y en un mundo dominado por gigantes, sino que era un recuerdo distorsionado de una realidad mucho más antigua y, a la vista de las pruebas, mucho más aterradora.