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Ciencia

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Así vivió la astronauta Sara García el despegue de Artemi...
ESA · 2026-04-03 · via Ciencia

No tuve el privilegio de ver el lanzamiento de Artemisa 2 desde Cabo Cañaveral, como algunos de mis compañeros, pero, a través de sus mensajes en nuestro chat común (sí, los astronautas también tenemos grupos de WhatsApp), se respiraba la emoción de los allí presentes. Imaginábamos qué estaría sintiendo la tripulación dentro de la cápsula Orión y, de alguna forma, esa emoción también era nuestra.

Quienes nos estamos preparando para volar al espacio nos proyectamos ahí arriba, sentados sobre un cohete con más de dos mil de toneladas de combustible a la espalda, a punto de convertir la física más violenta en un movimiento preciso; tan potente que, al entrar en ignición, más que elevarse parece hundir la tierra a su alrededor.

Yo lo vi desde un lugar mucho más mundano: un bar, a7.000 kilómetros de distancia, rodeada de amigos poco entusiastas del espacio. Tras pedir el mando de la TV y poner la retransmisión en directo (en silencio, para no romper la música de medianoche), ocurrió algo curioso. A medida que avanzaba la cuenta atrás, el silencio fue creciendo. La tensión propia de cualquier lanzamiento empezó a contagiarse y, durante unos minutos, todo el bar aparcó sus conversaciones para mirar en la misma dirección.

Cuando Artemisa 2 despegó, lo hizo también una especie de orgullo colectivo; la sensación de que, cuando combinamos conocimiento, tecnología y ambición, el ser humano es capaz de cosas extraordinarias. Han pasado más de 50 años desde que pisamos la Luna por última vez y, sin embargo, no hemos dejado de explorar. En la última década hemos fotografiado un agujero negro, observado galaxias primigenias gracias al telescopio James Webb y recorrido Marte con robots que buscan huellas de vida pasada. Nunca habíamos sabido tanto de lo que hay ahí fuera ni habíamos llegado tan lejos sin movernos de la Tierra.

Y, aun así, faltaba algo. Mi generación no había vivido todavía un gran hito humano en el espacio; uno de esos momentos que detienen el tiempo y se recuerdan durante décadas; que hacen que millones de personas miren en la misma dirección. Hace medio siglo, el programa Apolo iluminó el camino. Aquella gesta no solo invalidó la expresión «pedir la Luna» como sinónimo de lo imposible; nos regaló imágenes icónicas como Earthrise (Salida de la Tierra), despertó una nueva conciencia sobre la fragilidad de nuestro planeta y provocó un salto tecnológico sin precedentes cuyo eco aún sostiene nuestra vida cotidiana. Pero, sobre todo, inspiró a miles de científicos, ingenieros y soñadores.

Hoy, su hermana gemela, Artemisa, toma el relevo y marca un punto de inflexión. Como diosa de la caza, su arco y su flecha simbolizan una ingeniería tensada por décadas de conocimiento, capaz de impulsar el propósito, el valor y la voluntad del ser humano. Como diosa de la Luna, apunta a un destino en el que las visitas efímeras darán paso a una presencia sostenida; una plataforma desde la que aprender a vivir más allá de la Tierra.

Siendo científica y astronauta, me fascina la precisión con la que encajan dos dimensiones indisociables: la técnica y la humana. Lo que parece un simple despegue, una nave que viaja y una tripulación que regresa es el resultado de décadas de investigación, miles de decisiones críticas y sistemas diseñados para anticipar el error antes de que ocurra. En Artemisa 2 se ponen a prueba aspectos clave como la navegación en el espacio profundo, la comunicación a largas distancias, la protección frente a la radiación y la habitabilidad en un entorno hostil.

Y todo eso, con personas a bordo. Seres humanos que depositan su confianza en el equipo, en la ingeniería y en sí mismos. Al subir a una nave así, aceptas que existen variables fuera de tu control; sabes que llevas tu cuerpo y tu mente a un entorno para el que no estamos diseñados. Y, aún así, decides ir. Esa impulso de explorar es, probablemente, uno de los rasgos más definitorios de nuestra especie.

Al imaginarme en una misión así no pienso en un instante concreto, ni tan siquiera en la imagen icónica de la Tierra alejándose por la ventanilla. Sino en todo el proceso previo: años de preparación, simulaciones y entrenamientos en condiciones extremas. Es aprender a decidir bajo presión y asumir que nunca se sabe lo suficiente. Por eso, la exploración espacial nunca es un logro individual. Cuando despegó Artemisa 2, lo hizo el trabajo de miles de ingenieros, científicos, médicos y técnicos; generaciones enteras que han construido el conocimiento necesario para llegar hasta aquí.

En esta nueva etapa, la exploración espacial se aborda desde una perspectiva más colaborativa e inclusiva. Durante el programa Apolo, las misiones estaban limitadas a perfiles muy homogéneos. Hoy, cabe preguntarse qué sentiremos cuando, por primera vez, una mujer deje su huella en la superficie lunar. Qué significado nuevo le dará ese pequeño paso femenino al gran salto colectivo de la humanidad. No será solo un hito tecnológico, sino el símbolo de una sociedad que evoluciona, se reconoce diversa y entiende que el progreso también depende de quién forma parte de él.

Escoger ir a la Luna ya no es solo una cuestión de que sea fácil o difícil, como clamó Kennedy en 1962, sino de propósito. Las tecnologías desarrolladas, desde nuevos materiales hasta sistemas de soporte vital o avances en inteligencia artificial, tienen un impacto directo en nuestra vida en la Tierra. Pero hay algo aún más importante: cada misión nos inspira y nos recuerda que el conocimiento es nuestra mejor herramienta de transformación.

La Luna no es solo un destino, es un símbolo de nuestra capacidad para comprender e imaginar. Como española y como parte de una nueva generación de astronautas europeos, vivir este momento implica la gran responsabilidad de estar a la altura de lo construido y la oportunidad de contribuir a lo que está por venir. No sé si algún día ocuparé uno de esos asientos, pero sé que todos los que nos dedicamos a esto ya formamos parte de ese viaje en cada entrenamiento y en cada experimento.

El 1 de abril despegó Artemisa 2 y, con ella, esa idea profundamente humana de que siempre hay algo más allá que merece la pena ser explorado. Avanzar, como individuos y como sociedad, empieza siempre con un pequeño paso valiente hacia lo desconocido.

*Sara García Alonso es astronauta reservista de la ESA e investigadora oncológica