





















Rugieron los motores, tembló la tierra y el tiempo, incapaz de respirar por la emoción, se paró cediendo todo el protagonismo por una vez al espacio. El ser humano acaricia de nuevo, medio siglo después, la Luna.
A las 18.34 hora local del miércoles, poco después de la medianoche de España, el Space Launch System (SLS), el cohete más potente de la historia, lanzó la nueva y flamante nave Orión. Después de dos cancelaciones y retrasos por problemas con fugas de combustible y una obstrucción en el flujo de helio del cohete, de las dudas sobre el clima y complicaciones de última hora con el sistema de autodestrucción y una batería del mecanismo de eyección, Artemisa 2 lleva ya a los estadounidenses Reid Wiseman, Christina Koch, Victor Glover y al canadiense Jeremy Hansen más lejos de lo que nunca nadie ha viajado.
"Se llevan consigo el corazón de este equipo, el espíritu audaz del pueblo estadounidense y de nuestros socios en todo el mundo, así como las esperanzas y los sueños de esta generación. Buena suerte. Que Dios les acompañe, Artemisa 2", dijo emocionada Charlie Blackwell-Thompson, la responsable del lanzamiento al activar la cuenta atrás final. "La luna está saliendo hermosa y nos dirigimos directamente hacia ella", respondió Reid Wiseman, comandante de la misión, mientras ascendía el cohete en busca de una órbita elíptica.
Queda inaugurada la carrera lunar del siglo XXI, y al menos de momento, va ganando EEUU. "Hoy comienza la próxima era de la exploración espacial", afirmó orgulloso el máximo responsable de la NASA, Jared Isaacman.
El día comenzó con buenas perspectivas. La meteorología no era perfecta, pero casi, en el Centro Kennedy, con un 80% de posibilidades de que todo saliera adelante hoy. Las pruebas técnicas realizadas en las primeras horas habían salido bien, incluyendo las que afectan a los tanques de hidrógeno del Space Launch System (SLS), que impulsarán a la tripulación tras salir de la atmósfera de la tierra, y que dieron problemas durante el primer ensayo general.
Pero eso no ha evitado que la cuenta de atrás fuese de vértigo. En las dos horas previas al despegue, los técnicos de la NASA han solucionado dos problemas técnicos vinculados con sistemas de seguridad. El primero surgió en el Flight Termination System, un mecanismo de seguridad que destruiría deliberadamente el cohete si se desviara de su trayectoria, para evitar que los escombros pongan en peligro a personas o propiedades en la zona de impacto. Afortunadamente, se solucionó rápidamente.
Poco después surgió otro contratiempo con una batería del Sistema de Aborto de Lanzamiento, un sistema que se activa si algo sale mal en la plataforma o durante los tres minutos posteriores al lanzamiento, y aleja la cápsula de la tripulación del peligro. Sólo se usa si hay un problema real pero no la misión no puede lanzarse si no funciona perfectamente.
La ventana de lanzamiento se abrió oficialmente a las 18:24 hora local (0.24 horas en la Península Ibérica), pero el despegue no comenzó hasta unos minutos después. Había, en cualquier caso, dos horas para lanzar, que no ha hecho falta apurar.
Sobre las 14.30 hora local (seis horas más en España), la tripulación llegó a la plataforma de lanzamiento, mostrando o al menos aparentando confianza y relajación, toda la que se puede tener al sentarse sobre 2,6 millones de litros de combustible y un cohete tan alto como un edificio de 32 plantas que pondrá rumbo a lo desconocido (al menos una parte de la Luna) durante 10 días.

Los astronautas, dentro de la nave 'Orión'NASA TV/ REUTERS
Tres de los astronautas tienen amplia experiencia en el espacio, y la motivación con escenas épicas de Top Gun y Le llaman Bohdi pareció surtir efecto en todos para descomprimir. El equipo de salida se encargó de ajustar sus trajes, revisar las escafandras y los anclajes a los incomodísimos asientos donde pasarán las próximas horas, las previas y las posteriores al lanzamiento. A esa habitación blanca, dentro de la cápsula Orión, la han bautizado Integridad. "Hoy es un gran día para nosotros y un gran día para este equipo", señaló escuetamente Wiseman, el comandante. "Es hora de volar". Y no se equivocaba.
Cientos de periodistas de todo el planeta están acreditados para seguir de cerca el 'primer' paso de un proyecto que, si sale todo bien, llevará de nuevo a humanos a la superficie de nuestro satélite en 2028. La misma ansiedad, ambición y sensación de competición que en la época del Apolo.
"Nos encontramos en el umbral de un regreso histórico, con seres humanos poniendo rumbo a la Luna una vez más. Más de medio siglo después del Apolo 17, la NASA volverá a hacer historia. Es sumamente emocionante, y en esta ocasión, dado que esta misión constituye una iniciativa verdaderamente internacional, Europa se sitúa en su mismo núcleo. La Agencia Espacial Europea (ESA) no se limita a posibilitar la misión; la impulsa desde su misma esencia", celebró cinco horas antes de que el reloj llegue a cero Josef Aschbacher, director general de la ESA.

"Esto es histórico. Sólo puedo pensar en los nervios de los astronautas ahora mismo. Recuerdo los momentos previos, cuando alguien cierra la escotilla y te das cuenta de que no hay marcha atrás", coincidía el aventurero español Jesús Calleja, invitado por la NASA a asistir al lanzamiento. Calleja logró completar un viaje espacial en el New Shepard de Blue Origin el año pasado. Y también ha tenido oportunidad de ver cómo se construía el módulo Orión: "Esto es muy grande, increíble", añadía ilusionado.
Las horas previas a un lanzamiento son las más críticas. Las siguientes, casi peor, sin margen de maniobra. Hay decenas de miles de piezas que pueden fallar, infinitos parámetros y variables que vigilar. Siete personas pueden abortar la misión, entre ellos el español Carlos García-Galán. Estaban todos en Cabo Cañaveral, pero en cuanto el cohete salió de la tierra se subieron a un avión con destino a Houston, desde donde la NASA controlará la misión hasta el regreso.

Ir al espacio es algo único, que no admite fallos, pero volver a la Luna toca de lleno el corazón de la agencia espacial estadounidense, casi su razón de ser. Es algo que trasciende lo científico, lo político y lo filosóficos. Algo que apela a lo más único de la especie humana , ese afán, esa necesidad exploradora de ir siempre más allá, de buscar respuestas y descubrir preguntas. También al orgullo nacional y el patriotismo en este país herido y dividido.
Cada componente de cada parte, desde el cohete a la cápsula de la misión Artemisa 2, está pensado, medido y pesado al detalle. Pero entre lo imprescindible se han colado también intangibles, como un trozo de tela de apenas una pulgada del avión utilizado en el primer vuelo motorizado de los hermanos Wright en 1903, o la bandera estadounidense que ondeó en las últimas misiones del transbordador espacial. También las barras y estrellas destinadas al Apolo 18, cuya misión fue cancelada. Cincuenta y cuatro años después, irá por fin a la Luna.
Ayer se podía percibir la misma ansiedad, ambición y sensación de competición que en la época gloriosa, legendaria, del Apolo. Pero hoy, mientras una nueva generación busca modelos, sueños e ilusión, la retransmisión en directo y con cámaras en el espacio es accesible para miles de millones de seres humanos en tiempo real que la siguieron con la respiración contenida, como aquellas noches de 1969.
John F. Kennedy quería que su país fuera el primero, a toda costa, en llegar, para superar la afrenta de que los soviéticos pusieran a un hombre en órbita antes. La ciencia no era en absoluto una prioridad. A Donald Trump le pasa lo mismo. En 2017 sentó las bases para que los norteamericanos regresaran antes de que China logre un alunizaje. Todo lo demás, es secundario. «Estamos GANANDO, en el espacio, en la Tierra y en todas partes: económica, militarmente y ahora, MÁS ALLÁ DE LAS ESTRELLAS. ¡Nadie se nos acerca! EEUU no solo compite, DOMINA, y el mundo entero está observando", escribió ayer Trump en su red social. Pero no se puede evitar que a veces la gente haga lo correcto por las razones equivocadas.
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