

























El primer "héroe espacial" chino fue un piloto de combate de la Fuerza Aérea llamado Yang Liwei. El título formal, emitido por el Partido Comunista, marcó un hito simbólico: la irrupción de China en la era de los vuelos tripulados. Yang, en 2003, fue el primer astronauta de su país en orbitar la Tierra a bordo de la misión Shenzhou 5. Desde entonces, las publicaciones occidentales comenzaron a usar el término taikonauta, derivado de taikong —"espacio exterior" en mandarín— mientras que en Pekín se sigue hablando de hángtinyuán, que se traduce literalmente como "miembro del personal de navegación espacial".
Más de dos décadas después, 28 ciudadanos chinos han viajado al espacio. Pekín ha construido su propia estación en órbita baja, Tiangong, y ha logrado hazañas inéditas: en 2019, la misión Chang'e 4 alunizó en la cara oculta de la Luna; un año después, Chang'e 5 regresó con 1.731 gramos de rocas y suelo lunar, la primera misión de retorno en casi 44 años, después de las soviéticas Luna 24 y las estadounidenses Apolo.
Mientras ahora todas las mirada están puestas en el cielo, en los cuatro astronautas de la misión estadounidense Artemis 2 que ha sobrevolado la Luna, en Pekín recuerdan que mantienen con firmeza su plan más ambicioso en la carrera espacial entre las dos superpotencias: enviar su primera tripulación a la superficie lunar para 2030.
"Estados Unidos impulsa su programa lunar con una urgencia inusual, lo que refleja ansiedad estratégica. Parte de esa ansiedad proviene del progreso constante y metódico de China, que ha agudizado la sensación de competencia en Washington", explica Kang Guohua, profesor de Ingeniería Aeroespacial y miembro destacado de la Sociedad China de Astronáutica.
Kang subraya un cambio de paradigma en la carrera espacial: "Antes se trataba de plantar la bandera primero, de obtener una ventaja simbólica. Hoy, la contienda real es quién puede permanecer en la Luna y desarrollar capacidades de exploración sostenibles a largo plazo. Pekín ha dejado claro que no buscará una confrontación estilo Star Wars, ni participará en una carrera armamentística espacial. Avanzará a su propio ritmo, sin ceder a presiones externas".
El experto sigue la línea de la narrativa que se lee y escucha estos días en los medios estatales chinos ante la gran expectación que ha generado (también en el país asiático) la misión del Artemis 2. Millones de usuarios de redes sociales siguen cada novedad del primer vuelo tripulado lunar en más de cinco décadas, preguntándose si Pekín podría adelantarse a Washington, que proyecta presencia humana en la Luna durante Artemis 4, entre 2028 y 2029. "China se mantiene firme en su objetivo de llevar astronautas a la Luna para 2030", confirmaba recientemente una nota del Diario del Pueblo, portavoz oficial del Partido Comunista.
El plan de Pekín contempla enviar varios astronautas en la nave Mengzhou, con una cápsula de tamaño similar a la de Artemis 2. En febrero se realizó el primer vuelo de prueba no tripulado. Antes de fin de año, la Mengzhou realizará otra misión a la estación espacial Tiangong.
Según un estudio publicado en marzo en Nature Astronomy, el aterrizaje lunar tripulado se ubicaría en Rimae Bode, una región volcánica diversa en la cara visible de la Luna. Jun Huang, profesor de la Universidad China de Geociencias en Wuhan, señala que el área combina valor científico y seguridad: terreno relativamente plano y baja latitud, lo que garantiza energía solar suficiente. "Los depósitos de manto oscuro —ceniza volcánica y microesferas de vidrio expulsadas del interior lunar hace miles de millones de años— actúan como mensajeros, ofreciendo una oportunidad única para analizar la composición química profunda de la Luna", explica Huang.
Más allá del primer alunizaje tripulado, China ha revelado un ambicioso plan lunar de la mano de Rusia: la creación de una red de instalaciones lunares repartidas entre el polo sur, el ecuador y la cara oculta del satélite, con el objetivo de combinar la experiencia rusa en exploración robótica con la capacidad china de construcción de estaciones y naves tripuladas.
El polo sur, rico en depósitos de hielo, sería prioritario para experimentos de extracción de agua y generación de combustible, mientras que el ecuador serviría como punto de logística y tránsito, conectando las diferentes bases con módulos orbitales y vehículos de transporte. La cara oculta, por su parte, se plantea como un laboratorio para observación astronómica. Para Pekín y Moscú, el acuerdo no solo tiene un valor científico, sino también estratégico: permitiría consolidar un frente conjunto en la Luna frente a la presencia estadounidense, explorando recursos y tecnologías que podrían ser determinantes para futuras misiones tripuladas y la explotación de minerales lunares.
La construcción de estas bases podría comenzar en 2035, combinando lanzamientos tripulados y misiones robóticas para establecer infraestructura básica, paneles solares, sistemas de comunicación y hábitats modulares. A largo plazo, para 2050, se proyecta una estación orbital lunar, similar a Tiangong, que serviría como centro de transporte, almacenamiento y coordinación de las actividades en superficie.
En apenas 20 años, China ha pasado de soñar con el espacio a proyectar una presencia permanente la superficie lunar. Mientras los cuatro astronautas de Artemis 2 circunnavegan la Luna, un hito que revive la memoria de la era Apolo, Pekín observa con cálculo estratégico. La diferencia fundamental, subrayan algunos expertos, no está solo en la tecnología, sino en la estructura política que sostiene estos proyectos: un sistema de partido único capaz de planificar décadas de exploración, asignar recursos sin interrupciones electorales y mantener la continuidad de los programas espaciales a largo plazo.
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