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Esclavos de la Inteligencia Artificial: el trabajo oculto...
2026-03-25 · via Tecnología

Un d�a, Laura abri� un enlace que le hab�a enviado un amigo y escuch� su propia voz saliendo de la pantalla. Pero no era ella: era un avatar llamado Chloe, con un acento irland�s neutro, ideal para audiolibros, disponible a una d�cima parte del precio de una locutora de carne y hueso. Laura lleva casi veinte a�os trabajando en publicidad, animaci�n, videojuegos y teatro, y nunca hab�a vendido los derechos de su voz a ninguna empresa de inteligencia artificial. Sin embargo, al investigar, descubri� que a�os antes hab�a firmado un contrato con una gran tecnol�gica, en el que, oculto en la letra peque�a, ced�a los derechos de su voz "a perpetuidad". La empresa luego vendi� esas grabaciones a una compa��a de IA, que clon� legalmente su voz. Y no hay nada que se pueda hacer.

La historia de Laura es uno de los siete retratos centrales de Nutrire la macchina - C�mo alimentamos la Inteligencia Artificial (Graham, Muldoon, Cant - Mimesis Ediciones), que se publica en Italia el 27 de marzo. El libro se basa en m�s de 200 entrevistas realizadas en Kenia, Uganda, Filipinas, Irlanda, Islandia, Reino Unido y Estados Unidos, y sigue siete perfiles distintos: la anotadora, el ingeniero, el t�cnico, el artista, el operador, el inversor y el organizador, reconstruidos a partir de trabajos de campo de Mark Graham y sus colegas. Graham es profesor de Geograf�a de Internet en el Oxford Internet Institute, donde dirige Fairwork, un proyecto que eval�a las condiciones laborales en plataformas digitales en m�s de 20 pa�ses.

"El debate siempre se centra en los empleos que desaparecer�n", explica Graham al Corriere. "Nosotros quisimos mirar los que ya existen y que, muchas veces, no son trabajos dignos. Pero casi nadie habla de ellos". La raz�n, dice, est� en c�mo se construye la narrativa de la inteligencia artificial: el propio t�rmino sugiere la sustituci�n de la mente humana por la tecnolog�a, borrando de la escena a las personas que realmente construyen esa tecnolog�a. "Las empresas que venden productos y servicios de IA hacen todo lo posible por ocultar la enorme cantidad de trabajo humano en sus cadenas de suministro. Pero la IA est� hecha de seres humanos hasta el �ltimo detalle".

La historia de Laura es un caso extremo, pero no excepcional. Cada vez que usamos ChatGPT, Claude, Gemini u otros modelos de lenguaje, las respuestas generadas provienen de modelos que han sido entrenados y perfeccionados por trabajadores contratados que etiquetan datos, eval�an resultados y moderan contenidos. "Muchos trabajan a trav�s de proveedores externos en pa�ses como Kenia, India o Filipinas. Reciben salarios bajos por hora, con contratos cortos o basados en tareas puntuales, y no cuentan con la remuneraci�n ni las protecciones que se asocian a empleos tecnol�gicos en Estados Unidos o Europa".

Inteligencia artificial y trabajo humano

Si OpenAI o Meta publicaran hoy toda la cadena de suministro, dice Graham, se ver�a claramente una estructura jer�rquica: "En la cima est� la empresa l�der —OpenAI o Meta— que define la arquitectura t�cnica, los est�ndares y la estrategia comercial. Debajo, una red de contratistas y subcontratistas que se encargan de la anotaci�n de datos, moderaci�n de contenidos, retroalimentaci�n para el entrenamiento de modelos, pruebas de seguridad y evaluaci�n".

Muchas de estas empresas tienen sede en centros de outsourcing como Kenia, India, Filipinas o Europa del Este. Por un lado, ingenieros bien remunerados en Estados Unidos y Europa; por otro, trabajadores realizando tareas repetitivas y a veces psicol�gicamente devastadoras, con contratos de uno o tres meses renovables a discreci�n del cliente. "Es una red global de producci�n cl�sica: el poder y las ganancias se concentran en la cima, mientras los riesgos y costos se trasladan a lo largo de la cadena".

La �tica, en este contexto, funciona m�s como marketing que como realidad. "La idea de una IA �tica, tal como la promueven las empresas y los grupos industriales, se vuelve vac�a cuando se observan las condiciones reales detr�s de escena", comenta Graham. "Las investigaciones muestran que muchos trabajadores de datos enfrentan bajos salarios, precariedad, gesti�n estricta, explotaci�n y acoso de g�nero. El lenguaje de la �tica se usa a menudo para branding y relaciones con inversionistas, pero no se traduce en condiciones laborales �ticas para quienes realizan el trabajo".

El dilema de las reglas globales

�Qui�n tiene el poder real de cambiar estas condiciones? "El trabajo que sustenta la IA es extremadamente m�vil", responde el investigador de Oxford. "Puede trasladarse de un pa�s a otro con m�nimas fricciones, creando un mercado laboral global".

Gobiernos y sindicatos en India, Filipinas y Kenia se enfrentan a una trampa: si exigen salarios m�s altos y mayores protecciones, las empresas se trasladan a otro lugar; si no hacen nada, los trabajadores quedan atrapados en bajos salarios y contratos precarios. "En la pr�ctica, la elecci�n suele reducirse a trabajos malos o ning�n trabajo".

Los autores del libro consideran que el verdadero punto de presi�n no son los subcontratistas, sino las grandes empresas en la cima de la cadena. Se necesitan m�s reglas. Por ejemplo, el AI Act europeo no regula este nivel: no fija est�ndares laborales ni protecciones para anotadores, moderadores o evaluadores en cadenas de suministro globales. "La ley se ocupa de los sistemas de IA y su impacto en usuarios y sociedad, no de las condiciones laborales de quienes los producen", aclara Graham.

�Qu� podemos hacer los usuarios? "Mucho. Si los clientes y usuarios finales exigen est�ndares cre�bles en las cadenas de suministro de la IA, las empresas tendr�n un motivo para actuar. Sin esa presi�n externa, el discurso sobre la IA �tica corre el riesgo de quedarse solo en palabras".