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Hay pocas cosas que democraticen más el desayuno que unos buenos churros. Gustan a niños y mayores y su aroma tiene algo de canto de sirena: basta con percibirlo para que entren ganas de acercarse al mostrador.
En Barcelona siguen existiendo churrerías de toda la vida, pero muy pocas han logrado dar el salto de negocio de barrio a fenómeno de internet, atrayendo cada día a curiosos, turistas y seguidores.
La churrería es J. Alpuente, el negocio familiar que hoy dirige Juan Alpuente y que se ha convertido en una de las direcciones más populares de Barcelona para comer churros con chocolate. El puesto está en el Fort Pienc, en la zona de la calle Padilla, 161, con Ribes, cerca del Teatre Nacional de Catalunya, L'Auditori y el Mercat dels Encants, una ubicación que también explica parte de su éxito.
El negocio abrió en 1963 en el entorno del antiguo Mercat dels Encants. Lo puso en marcha el padre del actual propietario, que llegó desde la Comunidad Valenciana y trabajó durante décadas en la churrería. El relevo generacional llegó después de una trayectoria poco habitual: antes de dedicarse de lleno al oficio, el actual dueño estudió FP de Administración y un grado superior de Informática. Con el tiempo, regresó al negocio familiar y asumió el relevo de un puesto que ya forma parte del paisaje gastronómico de la zona.
La fama actual ha llegado sobre todo por redes sociales. Su responsable acumula 134.000 seguidores en Instagram y 675.000 en TikTok, donde enseña el día a día de la churrería, la elaboración de sus productos y escenas de la barra. Esa presencia digital ha cambiado el perfil de parte de la clientela: a los vecinos de siempre se han añadido visitantes que llegan después de haber visto sus vídeos y personas que se acercan expresamente para probar los productos que han descubierto a través de sus publicaciones.
El trabajo de Juan empieza bastante antes de que levante la persiana. Se despierta sobre las 3.15 horas de la madrugada y abre a las 6.00 horas en los días de inicio más temprano. Según él mismo ha explicado en sus vídeos, necesita esas horas previas para preparar la masa, dejar listos los churros, las porras y otras elaboraciones, y organizar una jornada que se concentra en la mañana, cerrando a las 13.00 horas.
Su semana laboral va de miércoles a lunes, con descanso los martes. La rutina combina producción, atención al público, limpieza y grabación de contenidos para redes cuando el trabajo lo permite. El churrero aprovecha los ratos libres para grabar y después monta los vídeos en casa, una dinámica que mantiene el negocio visible y que ha convertido tareas habituales de una churrería en material seguido por cientos de miles de personas.
La limpieza y el aceite son dos puntos importantes en su forma de trabajar. Al terminar la jornada, dedica alrededor de dos horas a limpiar la churrería con agua caliente y productos con bioalcohol. El miércoles arranca con aceite limpio y lo mantiene dos o tres días, según el uso y el consumo. Si antes del fin de semana el nivel queda demasiado bajo, lo retira y prepara aceite nuevo para viernes, sábado y domingo, los días de más movimiento.
Esta forma de trabajar deja ver una realidad que muchas veces pasa desapercibida para los clientes. Detrás de cada ración de churros hay jornadas que empiezan de madrugada, horas de pie frente a la freidora, frío en invierno y una gestión constante de costes e ingredientes. Entre ellos, el aceite ocupa un papel clave: Alpuente utiliza orujo de oliva porque considera que permite una fritura más estable y ayuda a que los churros queden crujientes sin absorber un exceso de grasa.
La base de la churrería sigue siendo el churro tradicional, elaborado con agua, harina y sal, aunque Juan tiene especial aprecio por los churros finos, conocidos en su familia como churros de papa, porque eran los que preparaba su padre. Las porras llegaron después, incorporadas por él, y hoy forman parte de una oferta que combina productos clásicos de churrería con algunas piezas menos habituales.
En el mostrador también hay xuxos, buñuelos, patatas chip, cortezas, café y chocolate caliente. El chocolate a la taza es uno de los reclamos de la casa y el dueño utiliza una prueba muy simple para controlar el punto de espesor: coloca una cuchara en el centro del vaso y, si se mantiene recta, considera que está listo. También adapta la textura cuando el cliente lo pide más ligero.
La parte salada ha ganado peso con propuestas como los xuxos salados, entre ellos versiones de jamón y queso, que se han hecho famosos también a través de sus vídeos. Esa mezcla de receta tradicional, trato de barrio y contenido en redes ha hecho que J. Alpuente pase de ser una churrería conocida en su entorno a convertirse en una parada buscada por vecinos, turistas y seguidores que quieren probar en persona lo que han visto tantas veces en pantalla.
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