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Recordaran, las y los que tengan ya una cierta edad, la colección Austral de la editorial Espasa-Calpe, un alivio para los bolsillos de nuestros progenitores dado que ofrecía libros de obligada lectura curricular pero económicamente asequibles. En su serie gris, Clásicos, la colección Austral contenía un libro de lectura inevitable al menos para mi generación: El Lazarillo de Tormes, la novela picaresca por excelencia, genial y a la vez antipática. La anónima obra venía en esas ediciones precedida de un extraordinario prefacio del gran Gregorio Marañón.
No me extenderé ahora en la glosa del médico y pensador pero siempre he considerado que la reflexionada lectura de su libro El Conde-Duque de Olivares, la pasión de mandar, debería ser universalmente obligatoria para cualquier estudiante de ciencias políticas. Marañón expone con resignación en su prefacio como la inmoralidad que emana de la novela ha acabado vistiendo las patrias fechorías de "una gracia tan sutil que todo lo atenúa y que acaba por justificarlo todo." Y es que, según don Gregorio, en la picaresca española, el ladrón, el mentiroso, el informal ante la palabra suele ser algo más que un sinvergüenza simpático: es siempre "el protagonista inteligente, hábil, ingenioso, ante el cual todos los obstáculos se esfuman".
Fuimos muchos los que consideramos, ingenuamente, que con la llegada de la democracia, hace ya más de 50 años, esa percepción se atenuaría. Y en parte así ha sido pero muchas veces sin la colaboración necesaria de buena parte del establishment político y judicial surgido de la transición política. Resultado: unas sedes de nuestra soberanía popular cada vez más embrutecidas, judicializadas y una percepción de la corrupción que según el organismo independiente Transparencia Internacional sitúa a España por debajo de países como Qatar, Ruanda, Botsuana y, cómo no, de Arabia Saudita, esa autocracia tiránica que con sus regalos al "faro moral de las izquierdas españolas" nos ha hecho arquear las cejas de agria sorpresa. En definitiva, todo parece seguir igual, eso sí, sin la inteligencia, habilidad e ingenio del Lazarillo. Ingenio que acabó por seducir a no pocas generaciones contribuyendo a instalar un sentimiento trágico, pesimista y poco ético de la vida pública española. Un "y tú más" que ha estado permanentemente en contradicción con la optimista hidalguía quijotesca que ha inoculado históricamente a amplias capas de la sociedad española que, con la salvedad de la intocable integridad territorial, se ha mantenido fiel a la justicia y bondad que emanaba del héroe cervantino. Tal vez, de nuevo, las dos Españas. Las que tan bien retrató el cine de Berlanga. Como olvidar a aquel Guardia Civil del Calabuch de Berlanga que advertía a sus detenidos del cuartelillo cuando les permite salir a pasear al atardecer "que si llegáis tarde no entráis en la celda".
Precisamente esa picaresca es la que a mi entender explica la capacidad de seducción intelectual de ciertos nacionalismos excluyentes y populistas. Ya sean los de la prioridad nacional de Vox, la de los títulos de transporte solo para empadronados de Ayuso o la de Sílvia Orriols y su indocumentada argumentación de la aniquilación de una supuesta raza catalana por la inmigración. No entender un cambio demográfico inevitable y saludable pero que necesita de una potente inyección económica resultaría más grave por incapacidad intelectual manifiesta para ejercer cargo público o electo. Mucho menos se entiende la seducción ejercida por los nacionalismos de cartera, pura picaresca financiera. Apellídense Pujol o Botín, aquellos que escondieron la cartera detrás de la bandera o la senyera, en el caso del banquero santanderino más de 2.000 millones de euros en Suiza.
Por formación ideológica, fuimos muchos en Cataluña los que simpatizamos con la tradición libertaria de un catalanismo político abocado a un seductor matrimonio federalista, un matrimonio en el que una de las partes ha estado temprana y tozudamente evidenciando que le interesas pero ya no te quiere. El federalismo emocional primero y el político después tristemente se mueren. Ello no significa pasarse a la trinchera del odio estéril. Lo apuntó Carles Riba, "se'ns ha anat mig Catalunya" se dijo en su funeral, a su amigo Dionisio Ridruejo, propagandista falangista primero y después perseguido opositor franquista: "Éramos amigos para que él fuese él y yo fuese yo." Hace bien Esquerra Republicana de Catalunya en obtener legítimamente amplios beneficios económicos y de autonomía de gestión y eficacia para Cataluña a través del pacto con un PSOE necesitado y debilitado que, de motu proprio no se autolesionaría en AENA, ADIF o en Zona Franca. ¿Qué fuerza política inteligente no lo haría? Luz y taquígrafos, sin picaresca.
Acabo. Este artículo engrosaría la lista Guiness de artículos más extensos y cansinos si me pusiera a relatar todas las picarescas políticas del bipartidismo español. Las hemerotecas están para eso. Señalar sin embargo que seguramente sin la tradición literaria de la española, la picaresca también existe en Catalunya. Qué grave, burda y poco democrática resulta la picaresca del jefe político de los Mossos d'Esquadra, un tal Trapero, a la hora de infiltrar obedientes policías en asambleas de profesores en huelga devaluando unos de los debates más urgentes de nuestro precario Estado del bienestar. Qué pícara y populista suena la prolífica campaña publicitaria del Govern sobre la necesidad de más mossos y mosses en ese contexto de degradación de nuestro sistema educativo. Y sanitario. Y de falta de soluciones.
Qué es sino picaresca lo que ha hecho Junts al devaluar una moción de censura pactando con el PP una estéril enmienda para forzar una votación que exigiera la disolución de las Cortes, prerrogativa exclusiva de la Presidencia del Gobierno y blanquear así sus coincidencias de intereses. O la picaresca de los aparatos de ciertos partidos políticos que olvidando que son pilares de nuestro sistema democrático han intentado, a veces conseguido, decapitar impunemente lideres y programas contrarios a sus personales intereses de supervivencia. Casos como el del iletrado intento de derribo de Oriol Junqueras continúa fijado en nuestra retina agravado por el hecho de pertenecer al único partido ibérico que con más de 95 años de historia no ostenta ni un solo caso de corrupción y por haber operado contra él desde la indefensión de la pérdida de libertad. Vamos, que la música del derribo de Pablo Casado por Ayuso y cía. sonaba a canción de María Ostiz en comparación con la del líder independentista. España, Catalunya, han de construirse sobre valores de rigurosa ética o la picaresca continuará seduciendo y matando las esperanzas de Lorca y Martí i Pol.
Jordi Del Rio, periodista y director general de Difusión y Medios de comunicación de la Generalitat de Catalunya (2016-2024).

























