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El Mundo
Jacobo Bergareche · 2026-06-22 · via Opinión

Todos hemos querido a alguien que se arruinó por el vino, por el sexo, por la cocaína o por la fiesta

Ábalos  te cae bien,  y lo sabes

TRIBUNAL SUPREMO

Actualizado

Si los escándalos fueran años, y nos hicieran envejecer, seríamos todos ancianos ya, y recordaríamos a Ábalos y Koldo como los granujas con cuyas andanzas reíamos en nuestra dorada juventud. A diferencia de los corruptos que les siguieron, estos llegaron incluso a caernos simpáticos. Pregunten y verán: muchos confesarán debilidad por estos golfos, sus Jéssicas y sus chistorras.

Ábalos es un pícaro, emparentado con el Lazarillo, con El Buscón, con esa estirpe que atraviesa nuestra literatura sobreviviendo a fuerza de ingenio y escasa disciplina moral. También conecta con otra tradición reciente: la España del destape, de Pajares, Esteso y Ozores, la del hombre feo y zafio que persigue el placer por encima de sus posibilidades. No es casualidad sino destino que Ábalos haya nacido precisamente en Torrente. Como todos estos personajes, Ábalos no encarna una forma sofisticada del mal, sino un hombre incapaz de gobernar su pulsión hedonista. Pero quien más le define no es español: Ábalos es Falstaff.

El personaje de Shakespeare es un gordo vividor, aficionado a las tabernas, los burdeles y a las juergas con malas compañías. Miente y roba para financiar sus excesos. Pero Shakespeare lo retrata con tanta humanidad que resulta imposible no sentir simpatía por él y reírse de sus debilidades. Sabemos que Falstaff podría haber sido mejor: conserva la cultura, el ingenio y una enorme capacidad para seducir mediante la palabra, pero sus vicios han tomado el control de su vida.

La comparación se hace más sorprendente si recordamos la relación entre Falstaff y el príncipe Hal, futuro Enrique V. Durante años comparten excesos y travesuras. Hasta que al príncipe le toca ser rey. Orson Welles filmó ese momento de forma magistral en su película Campanadas a medianoche. Falstaff, convencido de que su gran amigo lo colmará de favores una vez rey, corre a su encuentro entre la multitud, el día de su coronación. Entonces el nuevo rey lo mira con frialdad y, al igual que hizo P.S., actúa como si no le conociera y como si no hubiera habido una amistad: Falstaff ya solo puede entorpecer su reinado.

Muchos excusamos a Ábalos más de lo que merece porque el mecanismo de su caída nos suscita indulgencia. ¿A quién no le tientan los placeres, quién no ha tenido que enfrentarse a ellos? Todos hemos querido a alguien que se arruinó por el vino, por el sexo, por la cocaína o por la fiesta.

En cambio, nos cuesta mucho más entender otras pulsiones de nuestros corruptos. El discurso moralista de Zapatero nos repugna cuando vemos que no es más que la máscara de la codicia. La ambición desmesurada por el poder de P.S. nos aterra, pues no conoce límites morales en su afán por conservarlo. Son los verdaderos monstruos que engendra el poder, y que también pintó Shakespeare para prestarle un espejo al gobernante: ahí están Macbeth, que es la insaciabilidad de la ambición; o Ricardo III, que esconde sus crímenes tras un discurso hipócrita de fingimiento de virtud. Ellos son tenebrosos personajes de tragedia, pero Falstaff pertenece siempre a la comedia.