























La oposición se debate, se diría, entre dos cursos de acción posibles: moción o cocción

Alberto Núñez Feijóo, presidente del PP, en la celebración del Corpus, en Toledo.EFE
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Ante la fronda tremenda de casos de corrupción que acosan al Gobierno, la oposición se debate, se diría, entre dos cursos de acción posibles: moción o cocción. La primera vía parece avalada por cierta atmósfera de urgencia moral: con independencia de su alcance judicial, pocos dudan ya de que la corrupción ha sido real, extensa y acumulativa. El Gobierno echa los bofes, la opinión sonriente ya no le sonríe y darle la puntilla parece casi un acto de misericordia. Hay un problema: la moción de censura solo puede prosperar con munición parlamentaria nacionalista y lo último que quiere el elector de centroderecha es ver a PNV y Junts convertidos de nuevo en árbitros de la política española y travestidos de inverosímiles adalides de la decencia pública. Como suele decirse, con algunas compañías, ni a heredar. Más bien, la querencia es la contraria: por una vez, nacionalistas vascos y catalanes deben pagar por sus pecados y arder en la pira reparadora con toda la tropa inverecunda. Por lo demás, confiar en su palabra es desvarío con todas las trazas de salir mal. Camino cegado, por tanto. La segunda vía que se le ofrece al Partido Popular es la cocción. Mantener el fuego encendido, no desperdiciar ninguna oportunidad de recordar al votante la degradación rampante, ofrecer una alternativa razonable al marasmo actual y dejar que el elector haga su trabajo. Las elecciones no son una abstracción lejana: el horizonte de 2027 está ya a la vuelta de la esquina. Aquí, el riesgo real no es tanto que Sánchez aguante, sino que España se cueza en el mismo caldo. Dejar que todo vaya a peor para ganar después tiene algo de apuesta incómoda, pero no está en manos populares acortar el sufrimiento y los españolitos debemos aprender a pechar con nuestras elecciones colectivas. Para el PSOE, en cambio, la única estrategia posible para conservar el Gobierno pasa por la conmoción: esperar que algún suceso extraordinario reencuadre el relato, haga olvidar los escándalos e inyecte combustible emocional a su base. La conmoción exterior -el advenimiento de Trump II- dio por ahí algo de oxígeno. Pero si los escándalos se olvidan, los ogros se gastan y las turbulencias geopolíticas tienen un efecto electoral limitado. Agotada la conmoción exterior, el riesgo es que el Gobierno nos aliñe una conmoción doméstica de fabricación propia. En esa dirección se perfila el espectro de unas elecciones plebiscitarias que obliguen a los españoles a dirimir en la próxima cita con las urnas un duelo existencial, gratuito y groseramente dicotómico. Atención.
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