El Gobierno y el partido de Sánchez no se pueden distinguir de esa organización criminal descrita y condenada por el Tribunal Supremo

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Las agendas de Gertrudis, secretaria del beato José Luis de Calcuta, revelan una arquitectura institucional que desconocíamos. Hasta ahora, siguiendo la Constitución, creíamos tener un jefe del Estado, el Rey, votado por aplastante mayoría de la nación en el referéndum constitucional de 1978, y un presidente del Gobierno elegido por el Parlamento y que jura ante el Rey guardar y hacer guardar la Constitución. Las funciones del Gobierno, su composición y funcionamiento, están también fijados en el texto constitucional, y su desempeño hasta 2004, mal que bien, se ajustaba a lo previsto.
Tras el 11M y la llegada al poder de Zapatero, todo cambió, pero Bambi fingía respetar la legalidad del régimen que subvertía, ora desde el Tribunal Constitucional, convertido en Supremo del Supremo, ora desde la Fiscalía General del Estado, en manos de Pumpido, ganzúa para robar las joyas de la soberanía nacional. Pero leyes como la de Memoria Histórica, que atenta radicalmente contra las libertades, iban a ser abolidas, o eso prometió Rajoy, cuando cambiara el Gobierno. Y la mayoría absoluta que le dio el pueblo no sirvió de nada. Nada cambió, salvo la hora de la siesta, que se alargó considerablemente. Y la llegada a la Moncloa de Sánchez nos devolvió, corregido y aumentado, aquel estado de Excepción permanente que había insaturado Zapatero. En él seguimos. Con un cambio inesperado.
Pero en los comienzos del sanchismo, el PSOE consideraba que ZP le daba mala imagen, porque su gestión de la economía, los brotes verdes convertidos en números rojos, nos arruinó. Sin embargo, ayer, Moncloa lamentaba que se le tratase como un apestado. Justo cuando apesta.
¿Qué ha pasado? Que si el Gobierno y el partido de Sánchez no se pueden distinguir de esa organización criminal descrita y condenada por el Supremo, el presidente del Gobierno, sin el que ninguna de las fechorías de sus subordinados habría podido cometerse, es, a su vez, una pieza esencial, pero ni única ni superior, de la organización criminal internacional que el juez Calama retrata en su auto y que considera, sin duda alguna, dirigida por Zapatero. Su hiperactividad delictiva, que nace de su predicamento en Moncloa, está descrita con todo detalle en las agendas de Gertrudis, el ama de llaves de este Manderley, sin Rebeca y ardiendo.
Zapatero, por encima de todos los ministros, primus inter pares, está en todos los negocios políticos de Sánchez. Él va a Waterloo a negociar con Puigdemont, aunque en la foto salga Cerdán. Él estaba en Rabat. Él mete a Sánchez en el maletero de Delcy. Él acabó con Ábalos. Y él acabará con Sánchez, en Soto del Ferraz. Al tiempo.

























