Los indicadores adelantados llevan tiempo mostrando un pesimismo que parecía augurar el peor devenir posible para la economía española, pero en la práctica el PIB sigue creciendo de forma sostenida, sorprendiendo incluso al alza

Pedro Sánchez escucha la intervención de Alberto Núñez Feijóo.EFE
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Los llaman indicadores adelantados. Son señales de alerta a las que inversores, empresas e instituciones prestan mucha atención, ya que apuntan por dónde irán los tiros los próximos meses. Históricamente han sido muy útiles. De hecho, cuando caían bruscamente, sólo había que esperar unos meses para que lo hicieran al unísono los mercados financieros, el crecimiento económico o el empleo.
Su utilidad, sin embargo, se ha puesto en cuestión en los últimos años. Estamos hablando de los índices PMI, por ejemplo, elaborados a partir de encuestas realizadas a los gestores de compras de las principales empresas de cada país -tanto del sector servicios como del manufacturero-. Otro ejemplo son los índices de confianza de consumidores y empresas, elaborados también a partir de preguntas a personas y compañías. Ambos llevan tiempo mostrando un pesimismo que parecía augurar el peor devenir posible para la economía española, pero en la práctica el PIB sigue creciendo de forma sostenida, sorprendiendo incluso al alza.
Quienes han dado mucho peso a estos indicadores se han equivocado estrepitosamente en sus pronósticos. De ahí que algunos hayan recurrido a datos alternativos, como el consumo en tiempo real con tarjeta de los clientes en el caso de las entidades financieras.
¿Por qué ya no son útiles esos farolillos rojos? La respuesta no es económica, sino política y social: es la polarización. Esa que ha pedido rebajar el Papa, al que todo el hemiciclo aplaudió sin saber muy bien por qué.
Más allá de que el nivel de participación en este tipo de encuestas ha bajado -nadie tiene tiempo para nada-, la clave está en el sentimiento de quien responde, que curiosamente está muy determinado por el partido que gobierne en ese momento. Si ahora respondiera a la encuesta un votante del PSOE, probablemente sería excesivamente optimista sobre la marcha de la economía y el futuro más inmediato, mientras que si simpatiza con alguno de los partidos de la oposición, se mostraría mucho más pesimista de lo que corresponde.
Este fenómeno, que complica la vida a los economistas, se ha exacerbado en los últimos años a medida que iban subiendo los decibelios de la crispación social. Bajarla sería bueno para todos, incluso para saber realmente cuándo dejará de crecer España a tan buen ritmo.























