
Retrato de Raúl Castro en una clínica de La Habana.AP
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La dictadura cubana, consciente de su propia agonía, intenta sobrevivir mudando de piel antes de que el derrumbe económico y el agotamiento social la arrastren por completo. El castrismo apenas logra administrar la decadencia: Cuba vive entre apagones, escasez y emigración masiva que han erosionado definitivamente la vieja legitimidad revolucionaria. En ese marco, la presión estadounidense ha acelerado la decadencia del régimen con una mezcla de asfixia económica, deterioro energético y movimientos militares. Un escenario similar al de Venezuela que, sin embargo, es difícil que se reproduzca de manera exacta en territorio cubano. La caída del castrismo mediante una intervención norteamericana no parece, de momento, el horizonte más probable.
El futuro de Cuba parece estar hoy en manos de tres actores más interesados en una negociación dura que en una explosión descontrolada: Gaesa (el conglomerado empresarial controlado por la élite militar), las Fuerzas Armadas y la Administración Trump. Por un lado Gaesa concentra los sectores capaces de generar divisas: turismo, comercio exterior e infraestructuras estratégicas. El hundimiento económico amenaza directamente esos intereses, por lo que su prioridad es un nuevo equilibrio político que garantice su supervivencia. Por otro, el ejército -obsoleto, incapaz de movilizar a la población y en infinita desventaja con el estadounidense- no tiene incentivos para una resistencia extrema. Y finalmente Trump, pese a su retórica agresiva, tampoco parece interesado en un vacío político que genere otro foco migratorio caótico en el Caribe. De ahí que busque interlocutores en el aparato cubano, especialmente los vinculados al complejo militar-empresarial.
El riesgo de ese cálculo compartido es que Cuba acabe entrando en una transición diseñada para salvar al régimen de sí mismo. Un relevo controlado, con nuevos gestores y cierta apertura económica, pero sin democratización real. Es decir que no haya una continuidad pura del castrismo, sino una transformación cosmética que hurte al pueblo cubano el derecho a decidir su futuro tras casi siete décadas de tiranía.





















