Editorial
El movimiento internacional de S�nchez es temerario. Su doble cumbre "progresista" sit�a a la izquierda latinoamericana como aliado prioritario y refuerza su alejamiento del eje occidental

S�nchez, entre Lula da Silva y Petro, en Barcelona.EFE
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El desfile de mandatarios internacionales que Pedro S�nchez ha encabezado este fin de semana en Barcelona tiene un significado estrat�gico que trasciende la pol�tica dom�stica. Si bien el presidente necesita alejar el foco p�blico de los casos de corrupci�n que afectan a su entorno -desde el juicio a su ex ministro Jos� Luis �balos hasta el cierre de la instrucci�n contra su mujer, Bego�a G�mez-, la doble cumbre �progresista� ha ido m�s all�. S�nchez ha visibilizado su ambici�n de convertirse en el l�der moral y pol�tico de la declinante izquierda mundial desde el marco divisivo que ha aplicado en Espa�a.
La estrategia es confrontar abiertamente con Donald Trump, pero no uniendo fuerzas con el centroderecha liberal, sino combati�ndolo como parte integrante de la galaxia trumpista, y con la izquierda latinoamericana como aliado ideol�gico prioritario. El mensaje resultante refuerza el alejamiento del eje occidental que S�nchez ya proyect� mediante la exhibici�n de su sinton�a con Xi Jinping en su cuarto viaje a China.
El escaparate ha sido doble. En Barcelona se desarrollaron, de forma paralela, la Movilizaci�n Progresista Global, promovida por el presidente desde la Internacional Socialista; y la IV Cumbre en Defensa de la Democracia, una suerte de grupo de poder heredero del desacreditado Grupo de Puebla y del Foro de S�o Paolo. Ambas iniciativas confluyeron hasta hacerse indistinguibles. Y, si bien contaron con socialistas europeos de segundo escalaf�n, fueron el brasile�o Lula da Silva, la mexicana Sheinbaum y el colombiano Petro quienes centraron los focos.
Planteada como una r�plica de las citas de la �internacional ultraderechista� impulsadas por la CPAC estadounidense y los Patriotas europeos, la doble cumbre constituye a su vez una r�plica hacia el exterior de la estrategia que S�nchez practica desde la Moncloa: el levantamiento de un muro entre dem�cratas y autoritarios, con los partidos populistas -independentistas y de izquierda radical- ubicados en el bando de los buenos, y con los democristianos arrinconados, junto a la derecha radical, en el de los malos.
M�s que audaz, el movimiento es temerario. Porque el presidente no solo se aparta del centroderecha con el que los socialdem�cratas han edificado la UE, sino que se erige en estandarte de unos gobernantes latinoamericanos de cuestionable compromiso democr�tico, como prueba su connivencia con los reg�menes de Cuba y Venezuela.
El impacto desestabilizador de Trump es enorme. Como ha advertido el canadiense Mark Carney, afrontar el nuevo orden mundial obliga a combinar realismo con los valores irrenunciables del multilateralismo y el Estado de derecho. La apuesta por la polarizaci�n t�ctica es un camino distinto, e indeseable. La aut�ntica batalla democr�tica, como se acaba de comprobar en Hungr�a, es la que enfrenta a liberales e iliberales, tambi�n en el campo de la izquierda.


































