El acuerdo firmado por Trump otorga un balón de oxígeno económico al régimen iraní, que sale fortalecido y con un margen más amplio de maniobra

Macron aplaude a Trump tras la firma del pacto con Irán.AFP
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El acuerdo entre Estados Unidos e Irán que pone fin a una guerra improvisada y sin objetivos claros supone una capitulación estratégica de Donald Trump que no solo refuerza a la despiadada teocracia. Tras resistir los ataques de la primera potencia militar del mundo, el régimen iraní sale más robusto, mejor financiado y con una mayor capacidad operativa. Mientras tanto, Occidente queda relegado a una posición más débil que antes de la contienda.
El núcleo del pacto se apoya en cesiones cuantificables del lado estadounidense. La activación de un «plan de reconstrucción» de 300.000 millones de dólares, sumada a la progresiva eliminación de las sanciones a Irán y a la devolución de activos congelados, entrega un enorme balón de oxígeno económico a un régimen criminal que ha estado aislado durante años por sus aspiraciones nucleares, su capacidad de desestabilización regional a través de milicias aliadas -Hamas, Hizbulá o los hutíes- y la salvaje represión de su propio pueblo.
Frente a esos compromisos concretos, las obligaciones de Irán quedan formuladas de manera imprecisa. La dimensión nuclear se traslada a futuras negociaciones sin exigencias inmediatas de verificación estricta. Tampoco se fijan mecanismos de control que permitan medir avances o incumplimientos a corto plazo. La arquitectura del pacto descansa así sobre compromisos diferidos y de interpretación abierta.
El impacto político que el acuerdo está teniendo en EEUU es expresivo de esa asimetría. Sectores relevantes del Partido Republicano lo están cuestionando en medio de fuertes tensiones. La reapertura del Estrecho de Ormuz es un ejemplo: estabiliza el comercio energético internacional pero otorga a Irán una inquietante influencia sobre los flujos del petróleo. El alivio de las sanciones refuerza esa posición, ampliando el margen de maniobra de los ayatolás mediante recursos financieros y tecnológicos que incluyen el desarrollo de sistemas de drones y misiles bajo una supervisión limitada.
En paralelo a esa claudicación, Trump continúa reordenando el tablero global de manera caótica, esta vez con el anuncio de una «OTAN 3.0» que revisará la presencia militar de EEUU en Europa. El examen de bases y despliegues apunta hacia una relación transatlántica condicional, en la que el compromiso de seguridad dejará de ser automático y pasará a depender de criterios de contribución y alineamiento político. Una erosión de la Alianza muy peligrosa en una fase volátil de la guerra de Ucrania en la que Kiev ha intensificado sus ataques de largo alcance sobre el entorno de Moscú.
Tanto las cesiones de Trump a Irán como su cuestionamiento de la OTAN debilitan a Occidente en un momento crítico de asalto autocrático al orden democrático liberal. El tiempo se agota: Europa está obligada a actuar con unidad y firmeza en defensa de sus valores y de su propia pervivencia.






















