Mientras el presidente agitaba una vez más el espantajo del pasado, aparecía nuevo material incriminatorio que refuerza la hipótesis de que Zapatero actuó como un comisionista internacional

Pedro Sánchez, este miércoles en el Congreso.
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Cada sesión de control al Gobierno debería servir para que el presidente rindiera cuentas sobre los asuntos que más preocupan a los ciudadanos. La celebrada ayer produjo exactamente el efecto contrario. Mientras en el Congreso Pedro Sánchez desplegaba una nueva exhibición de victimismo, relativismo moral y ataques a la oposición para eludir cualquier responsabilidad por la corrupción que asedia a su entorno político, la Policía remitía a la Audiencia Nacional otro informe demoledor sobre José Luis Rodríguez Zapatero.
La coincidencia temporal no hace sino agravar la sensación de irrealidad política en la que vive instalado el Gobierno. Sánchez dedicó buena parte de su intervención a acusar a Alberto Núñez Feijóo de representar «el regreso de la corrupción», y volvió a presentar como episodios aislados los numerosos escándalos que afectan al PSOE, a su partido, a su familia y a quienes han sido sus colaboradores más estrechos. Pero mientras el presidente agitaba una vez más el espantajo del pasado, aparecía nuevo material incriminatorio que refuerza la hipótesis de que Zapatero actuó durante años como un comisionista internacional que monetizaba su ascendencia política y sus contactos institucionales.
La Udef atribuye ahora al ex presidente el cobro de 200.000 euros a través de una sociedad pantalla por realizar gestiones ante las más altas autoridades de Bolivia en beneficio de un conglomerado empresarial peruano. A ello se añaden unas agendas y conversaciones que dibujan un retrato inquietante de su verdadera posición de poder: reuniones sistemáticas con ministros, encuentros periódicos con Sánchez, interlocución permanente con Santos Cerdán y Félix Bolaños, y un protagonismo decisivo en las negociaciones con Junts. «No puedo tener inglés. Lío con Junts», escribió el propio Zapatero a su secretaria. En otra conversación anunciaba que, tras verse con «el presi», se reunirá con Bolaños, María Jesús Montero y Juanfran Serrano.
Todo ello confirma que Zapatero no era un ex dirigente retirado dedicado a actividades privadas, sino un ministro tácito del sanchismo, una figura con acceso privilegiado al núcleo duro del poder mientras desarrollaba una intensa actividad internacional hoy sometida al escrutinio judicial. Y ayuda a explicar la llamativa seguridad con la que se movía y la conciencia de impunidad que exhibía de manera impúdica.
Ante semejante acumulación de indicios, Sánchez volvió ayer a optar por la fuga hacia delante. La cuestión ya no es cuánto tiempo resista sino cuánto puede soportar la credibilidad de las instituciones españolas un presidente empeñado en convertir cada sesión de control en un ejercicio de propaganda mientras la realidad judicial desmiente, una tras otra, todas sus coartadas.





















