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Los comienzos de �balos
2026-04-09 · via Opinión

El primer cruce

Hay documentados 13 viajes en los que J�sica acompa�� a �balos, y cobr� por cada uno de ellos

Pantallazdo del exministro Jos� Luis �balos, en el banquillo de los acusados.

Pantallazdo del exministro Jos� Luis �balos, en el banquillo de los acusados.EL MUNDO

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En el arranque de El fin del affaire, Graham Greene se�ala que una historia no tiene principio ni final. Cada uno elegimos el momento desde el que mirar hacia delante o hacia atr�s. La memoria conspira en esta ficci�n, tamizando el principio escogido y nublando momentos que, bajo otra mirada, podr�an haber cristalizado como comienzos naturales. Con los finales ocurre algo similar: uno puede marcar en el calendario la fecha en que dijo adi�s, pero no es f�cil determinar cu�ndo termin� la historia.

Sin embargo, hay ocasiones en que la vida, con claridad indecorosa, arroja un comienzo inapelable. Se puede decir con precisi�n cu�ndo un ministro que frisa los sesenta se cita por primera vez con una mujer treinta a�os m�s joven. Sus vidas no se entrecruzan por casualidad, ni su afecto crece por el roce de las rutinas compartidas. El de �balos y J�sica fue un comienzo concertado, abrupto. Hay un d�a y una hora en que �balos eligi� a J�sica.

S�, de �balos me interesan los comienzos. Porque el esc�ndalo est� en el origen: en decisiones personales y pol�ticas, que fueron visibles, deliberadas y toleradas. Se especula sobre los motivos de su cese, pero la gran inc�gnita sigue siendo su nombramiento. Si en lo personal era un desconocido y en lo t�cnico un novato, su nombramiento es un misterio. Y en el comienzo estaba J�sica, la joven que lleg� a formar parte del s�quito ministerial pero cuya presencia pasaba inadvertida.

El v�deo que J�sica envi� a �balos con motivo de su 60� cumplea�os es tanto un �lbum sentimental como un dossier de los viajes oficiales del entonces ministro. Hay documentados 13 viajes en los que J�sica acompa�� a �balos, y cobr� por cada uno de ellos. Y mientras, ingresaba dinero de empresas p�blicas en las que no trabajaba y viv�a en un piso de lujo pagado por la trama. Con estos mimbres se teji� esta historia de amor. Los esc�ndalos no se entienden por c�mo terminan, sino por c�mo empiezan; y en este caso, el comienzo ya conten�a todas las lacras que hoy fingimos descubrir.

Es curioso que apenas haya preocupaci�n porque J�sica rinda cuentas por el dinero p�blico que se embols� injustamente. Ese descaro de la dentista colegiada es la clave de esta historia. No debemos olvidar a J�sica. Descartado que el Guernica se exponga en el Guggenheim de Bilbao, podr�amos llevar Mujeres en la ventana, de Murillo, al ministerio de Transportes: una escena en la que todo est� a la vista, pero se finge no entender lo que se est� viendo.