El presidente habría ido más allá al suscribir el "principio de una sola China", la formulación con la que el régimen chino afirma que Taiwán forma parte inseparable de su territorio y que la "reunificación" es un objetivo legítimo, incluso por la fuerza

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La lectura que Pekín ha hecho del último encuentro entre Pedro Sánchez y Xi Jinping sitúa a España en una posición diplomática tan delicada como injustificable. No porque China practique, como toda potencia autoritaria, una interpretación interesada de sus contactos internacionales, sino porque el presidente español ha vuelto a ofrecerse como un socio útil para la estrategia global de Xi. Y esta vez el problema no es sólo comercial ni retórico: afecta a una cuestión de soberanía, seguridad y alineamiento geopolítico de primer orden.
Según el comunicado oficial chino, Sánchez no se habría limitado a reiterar la tradicional «política de una sola China», la fórmula ambigua con la que la mayoría de democracias occidentales se refieren a Pekín sin asumir expresamente su pretensión sobre Taiwán. Habría ido más allá al suscribir el «principio de una sola China», es decir, la formulación con la que el régimen chino afirma que Taiwán forma parte inseparable de su territorio y que la «reunificación» es un objetivo legítimo, incluso por la fuerza. El matiz semántico es decisivo. Y el hecho de que Pekín lo haya introducido en boca de Sánchez, junto al apoyo español a las «cuatro iniciativas globales» de Xi, revela hasta qué punto China considera a España un peón útil en su batalla por dividir a Occidente.
Moncloa, que todavía no se ha pronunciado sobre este asunto, podrá escudarse en las asimetrías habituales de estos comunicados. Pero por eso resulta aún más grave que el Gobierno se preste a una escenificación que China utiliza para presentarlo como aliado de sus designios imperiales. Porque no estamos ante una simple política de diversificación comercial, sino ante el riesgo de que España aparezca avalando la agenda estratégica de una dictadura alineada con Putin, hostil a las libertades occidentales y señalada por la propia Comisión Europea como amenaza para la seguridad del continente.
El contraste con Bruselas resulta especialmente hiriente. Mientras los técnicos de la Comisión alertan de que la presencia de compañías e inversores chinos en sectores críticos de energía limpia puede incluso facilitar apagones sistémicos en la Unión Europea, Sánchez insiste en retratar a China como un socio fiable. Mientras la UE trata de reducir dependencias sensibles, España se ofrece como puente. Y mientras nuestros aliados preservan la máxima cautela con Taiwán, el presidente permite que Pekín difunda una posición que ningún país occidental relevante asumiría en esos términos.
Lo que Sánchez presenta como autonomía estratégica empieza a parecer otra cosa: la subordinación de la política exterior española a su afán de singularizarse por encima de la posición común europea. Pero con China no caben frivolidades. Ofrecer a Xi la imagen de una España complaciente equivale a debilitar a Europa, comprometer a nuestros aliados y someter el interés nacional a una peligrosa operación de propaganda al servicio de Pekín.






















