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Placer y problema en los toros
Juan Claudio de Ramón · 2026-05-31 · via Opinión

Los toros perviven por ser un residuo de vitalismo dionisiaco en un mundo crecientemente organizado por esa razón ilustrada que busca expulsar el sufrimiento inútil del mundo

El diestro Pablo Aguado, en la Feria de San Isidro.

El diestro Pablo Aguado, en la Feria de San Isidro.EFE

Actualizado

Termina en Madrid la Feria de San Isidro, la feria taurina más importante del orbe (la Plaza de las Ventas, tengo oído a Orson Welles, es como La Scala en el mundo de la ópera). Yo no me he enterado de nada porque, como la mayor parte de los españoles, no voy a los toros, y el admirable lenguaje de las crónicas taurinas me resulta esotérico. De toros, en fin, no sé y, por si acaso, prefiero no saber: para una parte de mis amigos, los toros son un placer, y para otros, un problema -la vida se reparte en estas dos provincias- y yo he llegado a mis cuarenta y pocos con ambos cupos cerrados: no me cabe ni un problema ni un placer más. Entonces uno lee la columna de mi compañero de página Manuel Arias Maldonado (Sobre la persistencia de la fiesta nacional, 9 de mayo) y siente el aguijón de la mala conciencia. Porque una cosa es no sentir curiosidad por los toros, y otra más grave no sentir curiosidad por uno mismo: ir por el mundo sin preguntarse: oye, ¿y yo qué pienso de esto? Mi punto de partida en la materia es un lejano diálogo de un verano en Ginebra aprendiendo francés. Mi profesor era un ginebrino joven que volvía de los sanfermines, donde había visto por primera vez una corrida. El espectáculo le había parecido «salvaje». Como me vio azorado e improvisando tópicos exculpatorios de mis compatriotas, corrió a aclararme que no lo decía con ánimo de censura: «salvaje» era para él más sinónimo de honesto que de cruel, y la corrida una vivificante comparecencia de lo real que le había hurtado su educación calvinista. Entendí entonces que los abolicionistas no yerran en sus argumentos, sino en la jurisdicción. Ante el tribunal de la razón, tienen la discusión ganada desde Jovellanos. Pero los toros perviven por ser un residuo de vitalismo dionisiaco en un mundo crecientemente organizado por esa razón ilustrada que busca expulsar el sufrimiento inútil del mundo. Sé que los taurinos disponen de un arsenal de argumentos de todo tipo para justificar su afición -de la ecología ganadera a la sublimación artística- pero a mí me basta para explicar mi tolerancia saber que los toros son un estilizado recordatorio de que la vida tiene un fondo trágico que la razón ilumina y amortigua pero no erradica. Lucha, riesgo, sufrimiento, sacrificio y muerte son parte de la vida. Uno puede no ir a los toros y aun así sospechar que en esa plaza se representa algo que no tiene otro escenario en el mundo moderno, como me hizo entender el ginebrino. Y que suprimirla no resolvería la tensión entre razón y vida sino que simplemente la dejaría sin sitio.