El presidente estadounidense se ha convertido en un lastre para sus socios populistas, aunque el malestar que lo catapultó al poder sigue vivo en amplias capas de las sociedades occidentales

Donald Trump, junto a Giorgia Meloni en la Casa Blanca.AP
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El choque abierto entre Donald Trump y Giorgia Meloni, estrecha aliada europea con la que ha pasado de la complicidad a la desautorización pública por criticar sus ataques al Papa, es otro síntoma de erosión del liderazgo estadounidense incluso entre sus más afines. En solo unos meses, Trump ha pasado de gran referente para el populismo mundial a una suerte de activo tóxico. La propia Meloni, que desde el principio le defendió del rechazo que provocaba en las capitales europeas, se ha visto obligada a marcar distancias tras sus críticas a León XIV, que han generado enorme incomodidad a una dirigente que ha cimentado su acción de gobierno en la defensa de los valores católicos.
El cambio en la percepción del trumpismo se ha agudizado por la deriva del presidente norteamericano en política exterior. La guerra de Irán ha sido un punto de inflexión: un conflicto improvisado, con objetivos difusos y cambiantes, mensajes contradictorios y una desconexión evidente con sus aliados, que no fueron informados de la ofensiva pero a quienes a posteriori se les ha exigido implicación para desbloquear el Estrecho de Ormuz.
La operación Furia Épica, lanzada de manera unilateral y sin un plan definido, ha evolucionado de manera errática simultaneando la retórica apocalíptica con las llamadas a la negociación. El resultado es un caos no sólo gepolítico, sino también económico: tensiones en los mercados energéticos, escalada del crudo, señales de desaceleración, amenaza inflacionaria... El balance es cada vez más negativo: lejos de ofrecer estabilidad al frente de la primera potencia mundial, Trump ha multiplicado la incertidumbre y, con ella, el riesgo de recesión global.
Todo ello ha abierto una brecha en el ecosistema político que ha orbitado en torno a su figura. El caso más revelador es el de Viktor Orban, el gran peón europeo del trumpismo que había hecho de Hungría su laboratorio en el continente. Ni la implicación del vicepresidente J.D. Vance en su campaña ni la promesa de ayuda económica como la que Washington ofreció a la Argentina de Milei han evitado su derrota en las urnas.
Conviene recordar que ni la guerra de Irán ni el retroceso de Orban implican el fin del ciclo político que llevó a Trump al poder. El malestar que lo alimentó -económico, cultural, identitario- sigue ahí. En amplias capas de las sociedades occidentales persisten las dudas sobre la globalización, el rechazo a las élites y una sensación de pérdida de control. Lo que ha cambiado es que Trump ya no aparece como defensor de esos intereses, sino como factor de riesgo que puede torpedearlos. La cuestión es si los partidos convencionales serán capaces de encauzar ese caudal de descontento hacia una alternativa que ofrezca prosperidad económica y una narrativa política que no ignore las inquietudes culturales e identitarias de parte de la población.

























