Editorial
El PP ha entregado a Vox un marco pol�tico de cariz identitario que se�ala al inmigrante como el principal causante del deterioro de los servicios p�blicos y de la crisis de la vivienda. Ambas premisas son falsas

El presidente del PP, Alberto N��ez Feij�o, en el Congreso.EFE
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Con la asunci�n de la �prioridad nacional�, que la direcci�n de Alberto N��ez Feij�o considera �muy f�cilmente� asimilable por los electores, el PP se est� dejando arrastrar por Vox a un terreno peligroso de deshumanizaci�n del inmigrante que desv�a al partido de los valores liberales que lo vertebran.
El contexto pol�tico no puede obviarse. En primer lugar, la coalici�n entre PP y Vox responde a la mayor�a social expresada en las urnas tanto en Extremadura como en Arag�n, donde Mar�a Guardiola y Jorge Azc�n se aseguran una legislatura estable al haber comprometido a Vox con la aprobaci�n de cuatro presupuestos. Adem�s, en el sistema de bloques impuesto por Pedro S�nchez los populares no tienen otra alternativa que pactar con la derecha radical. Sin embargo, ni el qu� ni el c�mo de esos acuerdos son intrascendentes.
El PP ha priorizado las razones estrat�gicas, con la confianza de que, implicando a Vox en la gesti�n real, lo desactivar�. El escenario es equiparable al que S�nchez vivi� con Pablo Iglesias, pero no deber�a olvidarse que si el presidente aplac� a Podemos no fue s�lo institucionaliz�ndolo, sino tambi�n haciendo suyas buena parte de sus banderas ideol�gicas. Ese riesgo es al que se enfrenta Feij�o.
Desde G�nova afirman que el endurecimiento de su posici�n migratoria no es una cesi�n a Vox, sino fruto de sus convicciones. En efecto, ese giro se ha dado en todo el centroderecha europeo e incluso en los socialdem�cratas Keri Starmer y Mette Frederiksen. En cambio, S�nchez no solo ha optado por basar nuestro crecimiento econ�mico en la incoporaci�n de poblaci�n inmigrante, sino que se ha desentendido de su gesti�n mientras imped�a el m�s m�nimo debate. Por eso, es razonable que el PP exija un mayor control de la inmigraci�n, que rechace el car�cter masivo de una regularizaci�n que va en contra del consenso europeo, o que exija m�s severidad con los delincuentes multirreincidentes. Sin embargo, la �prioridad nacional� es otra cosa: no es pol�tica migratoria, sino demagogia.
Si bien la aplicaci�n efectiva de muchos de los compromisos suscritos es poco viable, el PP ha decidido entregar a Vox un marco pol�tico de cariz identitario que se�ala al inmigrante como el principal causante del deterioro de los servicios p�blicos y de la crisis de la vivienda. Son premisas falsas. Primero, porque ambos problemas son multicausales y mucho m�s complejos. Y en segundo lugar, porque ninguno de ellos se arreglar� replicando el America first trumpista, sino ejecutando pol�ticas que dimensionen los servicios p�blicos al aumento de la poblaci�n.
A la confusi�n que desprende el PP se suma la deslealtad de Santiago Abascal, que se ha apresurado a desbordar lo pactado hasta exigir la �remigraci�n� en el Congreso. Atado a dos gobiernos auton�micos, Vox sit�a ahora su prioridad en desgastar a Feij�o, en perfecta concordancia, una vez m�s, con los intereses del Gobierno al que dice combatir.

























