






















«Cuando dejé de ser presidente del Gobierno se me había olvidado leer». Estas palabras, dichas con austera ironía al poco de salir de la Presidencia, retratan como ningunas al presidente Calvo-Sotelo. Los libros eran para él el armazón de su talante humanista, y haberlos postergado y en parte desaprendido, el mayor de los sacrificios que su dedicación política le exigió. Era consciente de que, al dar el tiempo de uno mismo, había dado el todo.
Sus orígenes familiares son una metáfora de la España que le tocó gobernar: sobrino del ministro de Hacienda de Primo de Rivera, José Calvo Sotelo, asesinado en julio de 1936, también estaba emparentado por vía materna con el Clan de los Bustélidos, que surtió de varios políticos socialistas y socialdemócratas a la España de la Transición: Francisco Bustelo, Carlota, Carlos...
Calvo-Sotelo se educó en la enseñanza pública, de la que estaba orgulloso. Algún cristiano oficial se lo afeó en los medios, en defensa de la enseñanza confesional. Para su formación superior, optó por la Ingeniería de Caminos, Canales y Puertos. Su apego radical a la realidad era tan intenso como el deseo de transformarla para mejor, y su cabeza de ingeniero fue el instrumento eficaz para actuar sobre aquella realidad que le tocó afrontar y moldear.
Se autocalificaba de eterno aficionado a la filosofía, y gozaba con la historia de las ideas, la poesía y cualquier forma de buena literatura. Amaba la música clásica, de la que era un cultivado melómano, aunque negaba ser un buen pianista: «Creo que eso de que yo he sido un pianista bastante aceptable es la única cosa buena que han inventado de mí los periodistas», afirmó con su inconfundible sorna. Huérfano prematuro, aprendió de muy joven a escribir bien corrigiendo galeradas de una editorial a tantos céntimos la línea para ayudar a la economía familiar. Escribir bien es a la vez, pensar bien, hablar bien y sentir bien.
Para entender la España que recibió, tenemos que regresar en el recuerdo a aquel instante, las 18:23 de la tarde del 23 de febrero de 1981, en que el coronel Tejero y sus huestes irrumpen a tiros en la votación para elegir presidente del Gobierno al candidato Calvo-Sotelo.
Un coloso de la política como Adolfo Suárez, sabiamente tutelado por el Rey Juan Carlos I, había llevado a cabo una transformación formidable de «nuestra madre España / este país de todos los demonios...» por el que lloraba Gil de Biedma. Proveniente del franquismo crepuscular, Suárez entendió como nadie el encargo del Rey, buscó el consenso de todas las fuerzas democráticas y desmontó piedra a piedra el viejo castillo de la dictadura para construir con esas mismas piedras y otras nuevas la casa de la nueva democracia en la que todos habrían de caber: una Constitución democrática y una Monarquía parlamentaria similares a las de nuestro entorno europeo. Calvo-Sotelo, conservador, liberal y monárquico, con una vocación política que había tomado cuerpo en el tránsito del franquismo al suarismo, fue requerido por Adolfo Suárez desde la primera hora para colaborar en esa ingente labor.
Pero en la transición de la dictadura a la democracia Suárez no pudo contentar a todos todo el tiempo. Poco a poco los habitantes del viejo castillo franquista, civiles y militares, se revolvieron y se organizaron, los partidos de izquierda, centro y derecha -incluido el suyo propio- perdieron la confianza en él, y las dos Españas, azuzadas por los nacionalismos históricos, volvieron a las andadas. La guerra civil de los espíritus estaba en el ambiente, y Suárez, un demócrata sobrevenido, decidió en diciembre de 1980 aplicarse una regla de oro de la democracia que en la España de hoy ha caído en desuso: aceptar la responsabilidad política y dimitir. Suárez propuso a Calvo-Sotelo, su ministro y portavoz parlamentario de aquellos años, como candidato para sustituirle.
El intento de golpe de Estado del 23 de febrero es un resumen de la España que recibió Calvo-Sotelo: un Parlamento y un candidato a presidente del Gobierno secuestrados y sometidos por las armas ante un país que se asomaba al abismo. En una pésima coincidencia, la economía estaba estancada, con una inflación del 15%, una tasa de paro del 12% y un déficit público del 5,5% del PIB. La tercera y más aguda púa de este tridente eran la violencia criminal de ETA que durante el último año del mandato de Suárez se había cobrado 96 víctimas mortales. No es de extrañar que, derrotado el intento golpista con la intervención inestimable del Rey Juan Carlos, y restablecida una normalidad precaria, Calvo-Sotelo dudara sobre si aceptar la presidencia, y sondeara a Suarez sobre su posible continuidad. Al fin y al cabo, la duda es uno de los nombres de la inteligencia, como nos dice Borges.
Tardó poco en comprender que la coyuntura histórica ya había depositado sobre sus espaldas la responsabilidad de sacar a la España democrática de tan difícil encrucijada. Leopoldo Calvo-Sotelo fue elegido presidente del Gobierno el 25 de febrero de 1981, dos días después del intento de golpe. Desde el primer minuto Calvo-Sotelo desplegó su política en dos direcciones: por un lado, procuró restaurar las heridas causadas al sistema democrático, y por otro, con igual o mayor esfuerzo, completó la Transición llenando algunos vacíos que Suárez no había querido o sabido abordar en el ámbito internacional y el de las libertades.
Derrotados los golpistas, el nuevo presidente aseguró la supremacía del poder civil sobre el estamento militar. Nombró al primer ministro de Defensa no militar, y prometió que los sublevados serían juzgados en última instancia por el poder civil, como así ocurrió. La hidra de ETA vivía los terribles años de plomo, pero el presidente no escatimó recursos para las Fuerzas de Seguridad, y se comprometió moralmente con las víctimas, asistiendo en persona a los funerales y atendiendo a sus familiares. Sus colaboradores cercanos jamás olvidaremos la imagen seria, la mirada alta y los ojos enrojecidos del presidente detrás de un cortejo fúnebre y una familia destrozada.
En el plano internacional, era necesario anclar definitivamente a España entre las democracias occidentales, algo que Suárez no acabó nunca de ver claro. En aquel momento, aquello quería decir entrar en la OTAN y entreabrir la puerta de la entonces Comunidad Europea. Intentó convencer de la conveniencia de entrar en la OTAN a Felipe González, el otro gran coloso de la política española, pero este no cedió, e hizo campaña en contra. Al poco de acceder a la presidencia del Gobierno, González rectificaría.
En el plano doméstico, España carecía de divorcio civil desde que Franco lo abolió en 1938 restituyendo el matrimonio canónico como única fórmula. Restablecer el divorcio era una reivindicación pendiente de la democracia que Calvo-Sotelo encomendó a Fernández Ordóñez, ministro de Justicia. A pesar de la fuerte resistencia de los sectores democristianos de la UCD, la nueva ley del divorcio vio la luz en julio de 1981.
En agosto de 1982, a los pocos días de comprobar que carecía de mayoría parlamentaria para aprobar los Presupuestos de 1983, Calvo-Sotelo anunció que convocaba elecciones y que no se presentaría como candidato a la presidencia. Las elecciones consagrarían a Felipe González con una victoria abrumadora. Tras un traspaso de funciones modélico entre dos personas que habían trabado amistad desde la discrepancia política e ideológica, se iniciaría una larga presidencia del líder socialista que confirmó la alternancia y dió lugar a un extenso periodo de progreso social y económico.
Al hombre ecuánime, de firmeza tranquila, que nunca persiguió las sombras sino los ideales de la razón, las ciencias y el humanismo; al hombre que buscaba en Pilar, su mujer y compañera, la paz, el afecto y la energía que a veces le faltaban; al hombre que nunca titubeó entre su conveniencia personal o de partido y los intereses de su país, solo le conocimos dos líneas rojas: el rechazo a las personas que muestran una irrefrenable predilección por los bribones, y el desdén frente a la mentira y a los que la practican. Entre dos colosos, Suárez y González, Calvo-Sotelo rescató la monumental obra de Suárez de las cenizas del tejerazo, y entregó a Felipe González, y con él a la otra media España, las llaves de un país reconciliado, democrático y asentado en Occidente. Mañana se cumplen cien años de su nacimiento, pero su forma de estar en la política y en el mundo es tan necesaria como entonces.
Matías Rodríguez Inciarte fue ministro de la Presidencia con el presidente Calvo-Sotelo. Eugenio Galdón fue jefe de Gabinete del presidente Calvo-Sotelo
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