Trump ha logrado erosionar la credibilidad de su país desde dentro a través del capricho convertido en método

El presidente estadounidense, Donald Trump, en el Despacho Oval.AFP
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Donald Trump no es un mero charlatán. Es algo más incómodo: un populista que ha acertado en algunos diagnósticos que la élite liberal llevaba décadas negando. Que China no era un socio, sino un rival al que Occidente estaba financiando. Que el libre comercio enriquecía a países mientras destruía ciudades. Que la OTAN era un club donde unos pagaban y otros se fotografiaban. Tres verdades que Obama vio y no tocó. Trump las dijo a gritos y las usó para legitimar todo lo demás. Ahí está la paradoja real. Es, en el sentido clásico, un idiotes griego: incapaz de comprender la complejidad del mundo o las consecuencias de sus actos. Lo cual lo hace bastante más peligroso.
Ha logrado erosionar la credibilidad de su país desde dentro a través del capricho convertido en método. En este segundo mandato actúa sin frenos. La guerra con Irán resume esa patología: lo ha empeorado todo sin que EEUU haya ganado nada. Al contrario, ha perdido influencia en la región. Arabia Saudí y los Emiratos han acelerado sus acuerdos con China; Irak ha profundizado su alineamiento con Teherán y los hutíes siguen fuertes en el mar Rojo. La disuasión estadounidense se ha evaporado: nadie en el Golfo cree ya que Washington sea un socio fiable. El jueves anunció un acuerdo inminente con Teherán: documentos casi cerrados, reapertura de Ormuz y firma próxima en Europa. «Acabamos de lograr un gran acuerdo», proclamó. Pero ya van decenas de anuncios similares que se evaporan tan pronto como se pronuncian. Con Trump, la diplomacia es como una serie con falsos finales de temporada.
También afirmó sin rubor «I love the inflation» ante el IPC más alto en tres años. El mismo que atacó ferozmente a Joe Biden por una inflación menor y prometió bajarla, ahora la celebra como logro. En el trumpismo no existen contradicciones, solo el presente emocional del líder.
Trump tensa la cuerda -aranceles frente a todo el mundo, amenazas sobre Groenlandia, giros en Oriente Medio- y, ante la resistencia real, recula. El patrón es siempre el mismo: intimida y retrocede, dejando solo desconfianza.
No es idiota por falta de astucia, sino porque ignora el límite, la coherencia y el bien común. El drama es shakespeariano: la gran república cumple 250 años bajo un presidente que ha convertido el poder en capricho. Un idiotes que, al final, solo ha conseguido una cosa: que el mundo haya comenzado a organizarse al margen de EEUU.























