





















La crisis de Ormuz y las consecuencias de esta guerra trampa en la que se ha metido Donald Trump ocupan el debate p�blico global y, de forma especial, en Europa, que debe administrar un nuevo estatus de orfandad y marginaci�n sistem�tica. Todo ello fruto del permanente desprecio mostrado por la actual Administraci�n estadounidense tanto de la Uni�n como del pilar europeo en la Alianza Atl�ntica.
Desde M�nich –sede de la pasada Conferencia de Seguridad– hasta el Palacio de Egmont –sede de la pr�xima cumbre sobre seguridad y defensa en junio–, pasando por La Granja –reunidos por el Instituto Espa�ol de Estudios Estrat�gicos–, son numerosos los foros, conferencias y congresos que, ante esta nueva soledad inexorable, muestran su preocupaci�n por el futuro de la seguridad colectiva europea, condicionada sobremanera por la probable victoria rusa en la guerra de Ucrania, consecuencia de la nueva alianza entre Washington y Mosc�. Pero, sobre todo, por el riesgo estructural presente y futuro que suponen las ambiciones imperiales de Putin.
Como premisa b�sica, para saber el lugar que puedan ocupar los distintos actores estrat�gicos –tambi�n la UE– es necesario reflexionar sobre el modelo o modelos de paz que pueden resultar m�s beneficiosos para la seguridad colectiva europea y para el conjunto de la humanidad. Concretamente, en la guerra de Ucrania preocupa la capacidad de Rusia para amenazar pr�ximamente el centro de Europa, de forma especial a los pa�ses b�lticos de Estonia, Letonia y Lituania. Una propuesta como la actual –marginados los socios europeos y transatl�nticos, y reconocidas las ambiciones fronterizas de Putin– nos avocar�a a un acuerdo de paz tipo Yalta de contenci�n geoestrat�gica fronteriza, con disuasi�n nuclear limitada, establecida a lo largo de un nuevo muro de acero en el que un acuerdo de paz provisional como el que se negocia ponga fin al actual conflicto hoy, pero tambi�n traiga consigo y encierre el germen del siguiente. Una din�mica de sobra conocida en el escenario europeo.
Es evidente que el orden internacional liberal actual no puede sobrevivir a la ausencia del poder estadounidense e, hist�ricamente, desde hace m�s de cinco siglos, el sistema internacional siempre ha tenido como principal matriz el equilibrio europeo. Y por ello, el mantenimiento del actual intervencionismo unilateral depredador de Estados Unidos, de alta carga autoritaria, y la ruptura de las alianzas hist�ricas pueden tener no s�lo un coste para el liderazgo estadounidense, sino para el conjunto de Occidente y para el pacto liberal que lo sustenta. La respuesta a lo largo de estos dos �ltimos a�os ante distintos conflictos ha sido tan vol�til, y el giro de Trump respecto a la relaci�n hist�rica con los Estados europeos tan err�tico y decisivo, que ha dejado al descubierto lo que es m�s evidente desde el nacimiento de la OTAN en 1949: la desproporcionada dependencia europea de la seguridad estadounidense y el acta de defunci�n de la actual Alianza Atl�ntica; incluso aunque dicho finiquito se quiera enmascarar, por parte del obsecuente secretario general, bajo el eufemismo de una supuesta �reforma profunda� de su concepto estrat�gico.
Esta situaci�n m�s que evidente hace que tanto la Europa de la Defensa como la continuaci�n en el apoyo militar a Ucrania sean objetivos urgentes a corto, medio y largo plazo. El acuerdo de paz unilateral impuesto por parte de la Administraci�n Trump a los socios europeos, en el fondo, puede ser una gran oportunidad para introducir cambios significativos en el sistema de seguridad colectiva de nuestro continente, poniendo el centro de gravedad permanente en la consecuci�n urgente de una irrenunciable soberan�a estrat�gica que rompa de una vez con la subordinaci�n y la tutela en la que vive Europa desde hace m�s de un siglo. Defender los intereses de la UE en un entorno geopol�tico hostil, mitigar la dependencia respecto a Estados Unidos y de las cadenas de suministro extracomunitarias, as� como el desarrollo progresivo de la actualmente olvidada Br�jula Estrat�gica, son elementos centrales de una �autonom�a estrat�gica� que ha pasado de ser un concepto en boga en el discurso pol�tico y diplom�tico –una moda pasajera– a ser una capacidad necesaria y urgente para los europeos.
Eso necesita la Uni�n de forma urgente: dar el paso de mayor calado pol�tico e integrador en los �ltimos 30 a�os; y conseguir, de una vez por todas, ser un actor estrat�gico cre�ble y confiable: hacer de la soberan�a geoestrat�gica el punto de b�veda de la construcci�n futura del proyecto federal europeo. Y cumplir, entre otros, los objetivos de competitividad y de avance en el mercado �nico que se�alan los informes Draghi y Letta respectivamente. Algo parecido a lo que pas� con el nacimiento del euro y su efecto en la consolidaci�n del poder econ�mico, comercial y financiero –por tanto, pol�tico– de la reci�n UE nacida en Maastricht para hacerla cre�ble y m�s potente ante el resto de los actores. Debemos aprovechar la unidad en el rechazo al expansionismo autoritario de Putin y el nuevo protagonismo germano para avanzar en mecanismos r�pidos de cooperaci�n solidaria en materia de seguridad y de defensa entre aquellos socios que as� lo consideren, d�ndole a la vez naturaleza jur�dica acorde con el art�culo 44 del Tratado de la Uni�n. Es insostenible seguir manteniendo el criterio de la unanimidad –m�s o menos matizada– en el proceso de toma de decisiones; ni tampoco una Europa de la Defensa al men� de 27 comensales caprichosos con sus respectivos intereses y traumas nacionales.
Esta nueva arquitectura europea basada en la comunitarizaci�n de la PESC/PESD –el ansiado paso de la cooperaci�n intergubernamental a la supranacionalidad cooperativa– exigir�a jur�dicamente una reforma del actual Tratado de la Uni�n y dicha modificaci�n parece un obst�culo insalvable al requerir la unanimidad de los 27 y, antes de ello, pasar por el rosario de consultas directas a las que est�n obligados algunos de los Estados miembros. La �nica salida es convocar una conferencia intergubernamental –como ya se hizo de forma previa a Maastricht– capaz de alumbrar un acta o tratado anexo que d� naturaleza pol�tica y personalidad jur�dica a esta nueva autonom�a estrat�gica principalmente basada en el �mbito de la seguridad y de la Europa de la defensa.
Sin embargo, dicha autonom�a estrat�gica tiene que ser abierta a otras regiones globales. En esta imprescindible apuesta para abrir Europa a otras alianzas estrat�gicas, m�s all� de los marcos diplom�ticos declarativos, es imprescindible volver nuevamente los ojos hacia el denominado Sur Global. Parece clara la distancia, por no decir cierto rechazo, de los pa�ses del Sur Global respecto a la denominada causa occidental en el actual conflicto de Ucrania y en la guerra proxy que estamos librando por el liderazgo global.
Para ello, Europa debe constituirse en un �Smart Power� (Suzanne Nossel, 2004), una v�a intermedia entre el poder hard (duro) y el soft (blando) con muchas mayores capacidades militares, plena autonom�a y resuelta ambici�n mediadora multipolar entre los distintos intereses y bloques. Basado todo ello en sus valores hist�ricos, tanto los cl�sicos como los de su contempor�nea postmodernidad. El �xito o el fracaso en estos objetivos definir� la seguridad colectiva europea y la resurrecci�n o defunci�n definitiva de la OTAN, as� como las futuras relaciones de EEUU con los aliados europeos. Todas ellas cuestiones vitales para afrontar las principales din�micas derivadas de la transformaci�n profunda del actual r�gimen internacional.
Gustavo Palomares Lerma es director del Instituto General Guti�rrez Mellado, catedr�tico europeo en la UNED y profesor en la Escuela Diplom�tica de Espa�a
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