Los corralitos de Bud Bunny se dicen VIP porque 'apartheid' tiene una connotación un poco fuerte

María León (izda.) y Ester Expósito (centro) escuchando a Bad Bunny en Madrid.
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En el sopor azul e hirviente de la siesta / Espejeo de estío / Esperanza. Estuve una vez en la casa de Juan Ramón en San Juan de Puerto Rico, en un barrio llamado Floral Park. Estaba bien aquello: el conjunto era un poco como esos callejones de Sants que en 2026 aún parecen cosa de pueblo. No era un barrio lujosísimo, o no en 2016, pero sí que ofrecía una promesa de dulzura doméstica al estilo de la casa sevillana del poema de Cernuda.
Respecto a la vivienda de Juan Ramón en sí, la recordé el otro día por la imagen la casita de Bad Bunny, sólo que su habitante fue un poeta neurótico y no una pandilla odiosa de gente enrollada. Lo que me explicaron de esa casa es que Juan Ramón tenía subarrendada la parte de arriba a un médico al que atormentaba con su hipocondría. Cada mañana, Juan Ramón se instalaba en el jardín de entrada, de manera que el doctor tuviera que hacerle un reconocimiento diario al salir. ¡Oh triste coche viejo, que en mi memoria ruedas!/ Otoño / Poeta/ Primavera.
Saco a Juan Ramón en estas líneas por darme importancia, pero yo (yo también) vine aquí para hablar de la casita de Bad Bunny. Muy en resumen: no se me ocurre nada más carca que las imágenes de los conciertos de estos días, de sus corralitos VIP y ultraVIP que se dicen VIP porque la palabra apartheid tiene una connotación un poco fuerte. Pero eso ya está contado mil veces, de modo que voy con otra cosa: lo verdaderamente triste del concierto de Bad Bunny es que sus happy few bailan apiñados pero solos, radical y tristísimamente solos. O solas, la verdad, no vamos a engañarnos.
Aquello de «ella perrea sola» de Bad Bunny se interpretó en su momento como un mensaje de liberación. Pues me temo que no, que aquello fue un engaño: es una porquería ese bailar sola, ese bailar en la competición secreta con la vecina de porche y en el fingimiento de la alegría, al lado de los Javis que ya no son pareja pero, al parecer, no han hecho suficiente autopromoción. Es una porquería y es lo contrario de la espontaneidad y de la amistad que, se supone, está en la esencia de esa costumbre humana llamada bailar. Y, por si alguien quiere una opinión política, es la pesadilla neoliberal definitiva.
¿Podría haber dicho algo parecido de los conciertos de Oasis? Sí. Líbreme Dios de ir a un concierto de Oasis. ¿De la Final de la Champions, del Mundial? Por supuesto. Y si España gana el Mundial y hay una cabalgata triunfal, prometo escribir que vaya horror, sordina grita, insistente y mojada / huele a cok, a marisco, a salitre y a brea.
























