Rechina imaginarse en otoño a Doña Leonor dándole el galardón a un futbolista que fue condenado por millonarios delitos contra la Hacienda Pública española

El futbolista argentino Lionel Messi.AFP
Actualizado
La creación en 1980 de los Premios Príncipe de Asturias, naturalmente hoy rebautizados como Princesa de Asturias, fue una brillante ocurrencia en un tiempo en el que no sólo la democracia estaba dando sus primeros pasos en España, sino que todo sobre la misma Corona se iba inventando para suplir la falta de usos y costumbres que caracterizaban al resto de Monarquías europeas, que habían gozado de continuidad temporal. La Fundación encargada de los galardones quiso consolidar los vínculos del Heredero con el Principado y, de paso, establecer unos reconocimientos con vocación internacional que proyectaran a la vez la imagen de Asturias y España en el mundo impulsados por el prestigio que para entonces ya rodeaba al reinado de Juan Carlos I, y no había llegado todavía el 23-F. La aprobación de la Constitución y el desmontaje de la dictadura hasta la consolidación de una democracia plena casi en tiempo récord era entonces una hazaña que maravillaba a quienes nos miraban desde fuera y no fue pequeño en todo ello el papel de la Corona.
No se quiso que los Premios Príncipe de Asturias fueran una mala imitación de los Nobel, aunque casi inevitablemente surgieron las comparaciones enseguida. El caso es que, con el tiempo, se han convertido en los más importantes de nuestro país, y el palmarés tiene una nutrida lista de personalidades más que admirables en distintas disciplinas.
Pero, a diferencia de lo que ocurre con los mencionados Nobel, por desgracia los Princesa de Asturias a veces no se resisten a las garras del populismo y al puro impacto mediático. Y se dan paradojas tan difíciles de digerir como que se acabe de otorgar el galardón en la categoría deportiva a Messi. El argentino es, al parecer, el futbolista vivo con más trofeos relacionados con el balón, lo que le convierte en merecedor de muchos premios. Pero la filosofía de los Princesa de Asturias no debiera ser competir con el Balón de Oro, o con los Grammy Latinos, o con los Oscar o con el Pritzker de Arquitectura. Dada su ligazón con la Corona, por más que ésta no tenga nada que ver con el otorgamiento de los premios, de estos se espera que reconozcan trayectorias inspiradoras, intachables en lo ético, que primen valores humanitarios, que tengan en cuenta ante todo modelos de ejemplaridad. Y ahí ya es cuando rechina imaginarse en otoño a Doña Leonor dándole el galardón a un futbolista que fue condenado por millonarios delitos contra la Hacienda Pública española, y del que el Tribunal Supremo dijo que su actuación no fue "un caso de error invencible en el conocimiento de la norma, sino de la inteligencia que busca anular las dificultades que el desconocimiento de ésta suponía para lograr el objetivo de burlarla", subrayando que optó por una "ignorancia delibrada" en la gestión de sus ingresos por derechos de imagen creando una estructura que plasmaba "los más típicos mecanismos de los defraudadores fiscales".
Pagó con la Justicia y pelillos a la mar. Y al poco se convirtió en embajador de Turismo del sanguinario régimen de Arabia Saudí, que esas cosas también constan en su currículum. Y no debieran transmitir unos Premios como los Princesa de Asturias que este es el modelo de personalidades a ensalzar. Incluso en los últimos años se destaca de Messi cierta labor humanitaria y hasta el que acabara abanderando algunas campañas por ejemplo contra la discriminación. Bien está. Pero no se olvide que ello le habría caracterizado en todo caso en la etapa final de su carrera deportiva. Durante muchos años, las futbolistas mujeres por ejemplo predicaron en el desierto cuando pedían a esa generación de Messi, Cristiano Ronaldo o Ibrahimovic que aprovecharan su notoriedad para abrazar la lucha igualitaria. "¡Estas grandes estrellas no participan en nada cuando hay tantos problemas en el fútbol masculino! ¿Tienen miedo de perderlo todo?", les espetaba Megan Rapinoe, capitana de la selección de Estados Unidos, al recoger un trofeo. Lo de Messi ahora recuerda a otros precedentes chocantes como cuando se le concedió a Fernando Alonso el Príncipe de Asturias tan precipitadamente. Unos galardones de tanto prestigio vinculados a la Heredera del trono no deben caer en tal papanatismo.

























