




















Hay combates que se equivocan de h�roe. Al dirigir esta semana una carta a Ursula von der Leyen para reclamar la activaci�n del �estatuto de bloqueo� europeo en favor de Francesca Albanese, el presidente del Gobierno espa�ol, Pedro S�nchez, no se ha limitado a elegir un bando diplom�tico: ha decidido convertir en icono a una figura cuya trayectoria, acumulada a lo largo de los �ltimos meses, bastar�a por s� sola para descalificar cualquier pretensi�n de hablar en nombre del Derecho internacional.
Que las sanciones estadounidenses decididas por la Administraci�n Trump en el verano de 2025 contra la relatora especial de la ONU planteen cuestiones jur�dicas serias es algo que nadie discute. La protecci�n de las instituciones multilaterales es un asunto leg�timo, y resulta razonable el argumento seg�n el cual un tercer Estado no puede dictar qui�n est� autorizado a ejercer, o no, un mandato de Naciones Unidas. Pero al convertir a Francesca Albanese en el rostro de ese combate, al erigirla en s�mbolo de la justicia internacional perseguida, Pedro S�nchez incurre en una falta moral y pol�tica de extrema gravedad. Porque no est� defendiendo una instituci�n: est� concediendo un cheque en blanco europeo a una militante.
Recordemos, pues, qui�n es la persona a la que el Gobierno socialista pretende cobijar bajo el escudo de la Uni�n. El pasado 7 de febrero, la se�ora Albanese acept� intervenir, por videoconferencia, en el 17� Foro de Al-Yazira, celebrado en Doha; un encuentro cuya n�mina de oradores inclu�a, entre otros, a Jaled Meshal, dirigente hist�rico de Hamas; y a Ab�s Araghchi, ministro de Asuntos Exteriores de la Rep�blica Isl�mica de Ir�n. Que la relatora especial de Naciones Unidas para los territorios palestinos haya considerado aceptable figurar en el programa de semejante tribuna, junto a representantes de dos reg�menes que llaman abiertamente a la destrucci�n del Estado de Israel, no es ni una casualidad ni un detalle log�stico. Es una toma de posici�n. Y tambi�n lo es lo que dijo all�. Describiendo la pol�tica israel� hacia los palestinos como un �genocidio� y un r�gimen de �apartheid�, sostuvo que dicha pol�tica hab�a sido �armada, apoyada y acompa�ada� por las grandes potencias y los grandes medios de comunicaci�n, antes de concluir: �Nosotros, que no controlamos grandes capitales financieros ni algoritmos ni armas, vemos ahora que, como humanidad, tenemos un enemigo com�n�. Conviene releer la frase con detenimiento. En esa construcci�n, el enemigo com�n de la humanidad no es expl�citamente Israel: lo es la supuesta convergencia entre los capitales, los medios y las armas que lo sostendr�an. Dicho de otro modo, el esquema cl�sico –y tristemente familiar– de un poder oculto que mueve los hilos del mundo en beneficio de Israel. Ya no se trata de una cr�tica pol�tica: es una matriz conspirativa, cuyos resortes hunden sus ra�ces en el imaginario antisemita m�s antiguo, el de una dominaci�n jud�a encubierta sobre las finanzas, la informaci�n y la guerra. Que semejante tesis sea formulada por la titular de un mandato de Naciones Unidas, en videoconferencia, ante un dirigente de Hamas y un ministro iran�, lo dice todo sobre el extrav�o de su funci�n.
Y no es el primer episodio. Ya en noviembre de 2022, la se�ora Albanese particip� en una conferencia en Gaza junto a cuadros de Hamas. Tras las masacres del 7 de octubre de 2023 –la peor matanza antisemita desde la Shoah–, relativiz�, e incluso puso en duda, la realidad de las violaciones y las mutilaciones sexuales documentadas por las propias organizaciones internacionales. Compar� a Israel con el III Reich. Evoc� la existencia de un �lobby jud�o�. El pasado mes de septiembre, humill� p�blicamente a un alcalde italiano por haberse atrevido a mencionar a los rehenes a�n retenidos en Gaza. He ah� el inventario. He ah� la persona a la que el jefe de un Gobierno europeo pretende proteger en nombre del Derecho internacional.
El c�digo de conducta de los relatores especiales de Naciones Unidas es, sin embargo, meridiano: imparcialidad, mesura, independencia. Un mandato de la ONU no es ni una tribuna militante, ni un salvoconducto ideol�gico, ni una licencia para el odio. Al acumular provocaciones, al codearse con Hamas y Teher�n, al relativizar los cr�menes del 7 de Octubre, Francesca Albanese no defiende ni la causa palestina –a la que perjudica profundamente al ligarla a un imaginario conspirativo– ni el esp�ritu de la ONU, cuya vocaci�n pacificadora traiciona cada d�a un poco m�s. No deber�a ser protegida: deber�a dimitir.
Es precisamente eso lo que hace tan inquietante la iniciativa de Pedro S�nchez. El presidente del Gobierno espa�ol conoce perfectamente este expediente. Lo sabe. Y, pese a ello, opta por movilizar a las instituciones europeas, por buscar una coalici�n de Estados miembros, por inscribir el asunto en la agenda del Consejo Europeo de junio, a fin de erigir en causa continental la defensa de una relatora cuyas palabras han sido condenadas incluso por las canciller�as m�s cr�ticas con la pol�tica israel�: Francia lo hizo sin reservas desde la tribuna de la Asamblea Nacional, exigiendo la dimisi�n de la se�ora Albanese. S�nchez, en cambio, hace lo contrario. Convierte a una militante en m�rtir, y el odio que profiere, en causa justa.
Esta confusi�n es peligrosa por tres razones. Lo es para los jud�os de Europa, que ven a un dirigente occidental legitimar, por contagio, un discurso que los se�ala. Lo es para la credibilidad misma de Naciones Unidas, ya debilitada por los desvar�os de varios de sus expertos mandatados. Y lo es, finalmente, para los propios palestinos, cuya causa merece algo mejor que ser portada por una voz que banaliza la matanza del 7 de Octubre y confraterniza con sus instigadores.
Europa puede, y debe, defender la independencia de la Corte Penal Internacional. Puede, y debe, rechazar que se sancione a magistrados por hacer su trabajo. Pero no puede, so pretexto de defender instituciones, amparar indistintamente a todos cuantos se escudan en ellas. Distinguir el Derecho internacional de los desvar�os personales de algunos de sus portavoces no es una concesi�n a Washington: es una exigencia de lucidez.
Al hacer confundirlo, Pedro S�nchez no eleva a Europa. La rebaja. Convierte un debate jur�dico leg�timo en aval pol�tico de una ret�rica inaceptable. Y obliga al resto de las capitales europeas –Par�s en primer lugar– a decir con claridad lo que deber�a caer por su propio peso: el Derecho internacional no se defiende parapet�ndose detr�s de quienes lo deshonran.
Manuel Valls es ex primer ministro de la Rep�blica Francesa (2014-2016)
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