La apertura del juicio oral a Begoña Gómez es una decisión previsible que no tenía necesidad de acompañarse de unas medidas cautelares en apariencia desmesuradas

Begoña Gómez, en diciembre de 2024.AFP
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Tal como sucede en esas raras ocasiones -de Abel Gance a Brian de Palma- en las que un cineasta parte la pantalla en varios planos, los españoles no saben a dónde mirar: Begoña Gómez, Leire Díez y Rodríguez Zapatero se disputan su atención. Los indiscutibles highlights de esta semana han sido la apertura de juicio oral contra Begoña Gómez -una decisión previsible que no tenía necesidad de acompañarse de unas medidas cautelares en apariencia desmesuradas- y la comparecencia de Zapatero ante el juez de instrucción. Esta última fue muy instructiva: confiado en la fuerza persuasiva de su retórica buenista, el ex presidente dijo a Calama que era inocente y se fue por donde había venido.
Por más que el juez le haya evitado el bochorno de la detención preventiva, temiendo acaso que cualquier medida tajante pueda ser invocada en el futuro ante un Tribunal Constitucional dispuesto beneficiar a la familia socialista, dejó también claro que los indicios de criminalidad no desaparecen por arte de magia: aunque el propio Zapatero dijo en su momento que las palabras deben estar al servicio de la política, al Derecho las palabras no le bastan y eso incluye en primer lugar las que emplea un acusado que protesta su inocencia. De ahí que al instructor no le haya quedado más remedio -lean el Código Penal- que imputar a las hijas del político leonés y a su fiel secretaria Gertrudis.
Admítase no obstante que esa retórica buenista hizo popular a Zapatero; nada hay de sorprendente en ello tratándose de votantes españoles. Son los mismos a quienes Sánchez hizo creer que se retiraba a considerar su dimisión por la zozobra que le provocaba -justamente- la investigación penal sobre su esposa: un hombre profundamente enamorado suspendía su agenda para consultar con la almohada. Sin embargo, parece que se dedicó más bien a trazar un plan destinado a interferir en la acción de la justicia; fue mucho peor el remedio que la enfermedad.
Y si bien eso no lo sabíamos entonces, ya era obvio que aquella simulación de aires peronistas estaba lejos de ser lo que decía ser; incluso un votante español podía haberlo comprendido. Pero fueron legión quienes salieron a elogiar la honesta sentimentalidad del presidente o ponderaron la originalidad de sus recursos comunicativos. Ahora que sabemos lo que pasó en aquellos turbios días de abril, no estaría de más que sacáramos -algunos fueron más crédulos o cínicos que otros- las oportunas consecuencias de aquel delirio populista. ¡Soñar es gratis!


















