Aunque aleja el riesgo de una escalada tras casi cuatro meses de ofensiva israeloestadounidense, el cese de las hostilidades no solapa el fiasco de Trump en su doble intento de derrocar al abyecto régimen de los ayatolás y desmantelar su programa nuclear

Donald Trump, presidente de EEUU, a su llegada a la cumbre del G-7.EUROPA PRESS
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El acuerdo entre EEUU e Irán para poner fin a la guerra es un alivio para la comunidad internacional, atenazada por sus efectos geopolíticos y económicos, pero no ofrece garantías de estabilidad en la región. Aunque aleja el riesgo de una escalada tras casi cuatro meses de ofensiva israeloestadounidense, el cese de las hostilidades no solapa el fiasco de Donald Trump en su doble intento de derrocar al abyecto régimen de los ayatolás y desmantelar su programa nuclear. No estamos ante una solución duradera, sino ante un frágil pacto cuya materialización depende de que Netanyahu detenga los ataques israelíes en el sur del Líbano, extremo al que se opone frontalmente.
El memorando de entendimiento anunciado por Washington y Teherán, cuya firma formal está prevista para este viernes en un contexto de profunda desconfianza mutua, es, en esencia, un acuerdo de mínimos epítome de la improvisación de Trump desde el inicio de este conflicto. Además de confundir los objetivos iniciales, incomodó a los aliados con una fallida petición para sumarse a la ofensiva en medio de sospechas de enriquecimiento por parte de su familia. Su falta de rumbo ha sido tan clamorosa que ha dividido a los republicanos. En amplios sectores de la ciudadanía estadounidense, el acuerdo será visto como una derrota militar, minando así la figura del presidente en vísperas de las elecciones de medio mandato.
Aunque los detalles del pacto no se han hecho públicos, su consecuencia más clara es la reapertura plena del Estrecho de Ormuz, por donde transita una quinta parte del petróleo mundial, un impacto que explica el repunte que ayer registraron las Bolsas. Trump se ha visto apremiado por la necesidad de contener las turbulencias económicas, incluida la inflación. Se desconoce si la dictadura teocrática ha logrado regular el tráfico del Estrecho mediante el cobro de un peaje. Lo que sí se contempla, con el apoyo de las potencias europeas, es suspender las sanciones a la venta de petróleo iraní y liberar 24.000 millones de dólares de activos iraníes congelados.
El levantamiento de las sanciones económicas resulta crucial para garantizar el fin de la guerra. Pero, a tenor de lo que ha trascendido, el acuerdo pospone a una posterior fase negociadora una cuestión decisiva: el programa nuclear iraní. Teherán habría conseguido dejar fuera del memorando su programa de misiles balísticos y su apoyo a grupos como Hamas o Hizbulá. Tampoco ofrece certezas la situación futura de Oriente Próximo, condicionada por el empeño del primer ministro israelí en ampliar la ocupación del Líbano, lo que aboca a este a una delicada situación después de que afloraran sus diferencias con el mandatario estadounidense.
Al margen de la posición de Tel Aviv, lo cierto es que, a cambio de reanudar rutas marítimas que ya estaban abiertas antes de la guerra, Irán salda este conflicto sin renunciar a ningún activo estratégico clave. Más que disipar el horizonte del tablero global, el acuerdo entre Trump y los ayatolás da inicio a una nueva etapa de incertidumbre.






















