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Una clase magistral de derecho penal vista para sentencia
Marisa Cruz · 2026-05-10 · via Opinión

Actualizado

El juicio sobre el caso Mascarillas, esc�ndalo de infausto recuerdo, ha quedado visto para sentencia. En breve todo dejar� de ser presunto y habr� culpables. Probablemente, ning�n inocente aunque, a la vista de las penas, alguno hasta pudiera eludir el trullo.

Cuando el Tribunal Supremo anuncie su veredicto se levantar� un coro disonante de aplausos y cr�ticas. Es inevitable. Se trata de un caso, no s�lo de gran trascendencia social -en el momento de las golfadas, el Covid se cobraba miles de vidas-, sino tambi�n de enorme relevancia pol�tica: de los tres acusados, uno formaba parte del c�rculo m�s alto del poder y otro estaba encamado en el mismo como asesor y ejecutor para todo. El tercero, un comisionista sin escr�pulos, decidido a colarse por cualquier rendija para obtener beneficios.

Es una pena que los ciudadanos no hayamos podido asistir en directo a las sesiones del juicio que han sido una clase magistral de los vericuetos del derecho penal y procesal, y las sorpresas que albergan.

De un lado, la actuaci�n de un fiscal, Alejandro Luz�n, correoso, duro y valiente frente a las presiones. De otro, un abogado, Jos� Antonio Chocl�n, defensor de V�ctor de Aldama -el �nexo corruptor�- que enhebr� una estrategia sagaz en favor de su cliente.

Luz�n, le gustara o no, asumi� la fuerza que en Derecho se otorga a quien confiesa el delito y proporciona elementos para desentra�arlo. Aldama, bien aconsejado por su abogado, se autoincrimin�. No ten�a ninguna posibilidad de salir indemne declar�ndose inocente y por eso el camino adecuado era confesar y colaborar. Eso le valdr�a una rebaja sustancial de la pena. Basta comparar: de los 24 a�os que se piden para �balos y los 19 que se reclaman para Koldo -ambos entregados al victimismo asegurando, pese a los s�lidos elementos probatorios, no ser culpables-, a los siete que se piden para Aldama.

Luz�n, adem�s, ha ofrecido otros dos ejemplos de integridad: rechaz� de plano la acusaci�n lanzada por Aldama contra el presidente del Gobierno, al que se�al� sin pruebas como el �n�mero uno� de la trama, y se plant� en su disertaci�n final frente a las presiones de la fiscal general del Estado para que no considerara merecedora de una �atenuante muy cualificada� la confesi�n y colaboraci�n de Aldama.

De su lado, la estrategia de Chocl�n, defensor del comisionista, se complet� aprovechando mejor que bien el punto d�bil de la acusaci�n popular ejercida por partidos pol�ticos y/o sus tent�culos. Que su defendido incluyera en su declaraci�n ante la Sala afirmaciones, insinuaciones e incluso se�alamientos que daban cancha sabrosa a los adversarios del Gobierno era una forma clara de atraerse el benepl�cito de quien, en principio, ten�a como labor acusarle. Una manera espectacular de voltear la tortilla poniendo en pr�ctica eso del enemigo de mi enemigo es mi amigo.

Dos conclusiones: una, la acusaci�n popular pide a gritos una revisi�n para impedir su uso pol�tico; y dos, ahora, la decisi�n final e intransferible es del tribunal, que no podr� imponer penas m�s altas que las pedidas por las acusaciones. Para Aldama -el corruptor que, primero, se benefici� del aparato del Estado y, despu�s, se enfrent� a �l, siempre por conveniencia-, como mucho, siete a�os. Y hasta es posible que ninguno. Es el resultado de una defensa brillante y un fiscal libre y apegado a la ley. Asombroso.