


























Hay tres razones por las cuales las pr�ximas elecciones generales pueden suponer un cambio dr�stico del tablero pol�tico: la radicalizaci�n del PSOE, cuyo electorado se ubica ahora donde lo hac�a el de Pablo Iglesias hace una d�cada (en el tres de la escala ideol�gica); el realineamiento de las bases tradicionales de la socialdemocracia, que se han alejado del PSOE y han optado por cambiar de bando ideol�gico; y el realineamiento de los territorios como consecuencia de la alianza de la izquierda con partidos soberanistas que condicionan su colaboraci�n con el Gobierno al establecimiento de relaciones bilaterales que ponen en cuesti�n el marco auton�mico y la paridad de estatus que, al menos en materia econ�mica, hab�an tenido hasta ahora las comunidades aut�nomas de r�gimen com�n. Esta nueva situaci�n ha culminado tras la investidura de Salvador Illa como presidente de la Generalitat con el apoyo de ERC, a cambio de un concierto fiscal para Catalu�a y una hacienda propia. Este tipo de iniciativas garantiza a Pedro S�nchez el apoyo de los partidos nacionalistas, pero tiene un considerable coste electoral en los territorios que se sienten agraviados por este trato preferente a Catalu�a, con el consiguiente desplazamiento de los apoyos electorales.
A fin de ilustrar este desplazamiento territorial de los apoyos conviene observar el indicador de preferencia por el candidato a presidente y su evoluci�n a lo largo de los �ltimos trimestres. Como es bien sabido, el liderazgo bic�falo del PP (N��ez Feij�o/D�az Ayuso) tiene especial tir�n en Galicia y Madrid (respectivamente), compensando as� el rechazo que ambos reciben en Catalu�a y Euskadi. Se trata, en cualquier caso, de un liderazgo con un anclaje territorial muy estable, que contrasta con la fluidez que se observa en el lado izquierdo del espectro ideol�gico, a ra�z del progresivo eclipse de Yolanda D�az, quien ha dejado paso, por un lado, a la irrupci�n de Gabriel Rufi�n fuera de Catalu�a y, por otro, al reforzamiento de Pedro S�nchez en Catalu�a. En consecuencia, la balcanizaci�n de la pol�tica espa�ola lleva, por un lado, a que las derechas consigan cada vez m�s apoyo en las regiones del centro, en tanto que las izquierdas buscan por su parte respaldo a sus pol�ticas en la periferia soberanista.
Durante alg�n tiempo, Andaluc�a se mantuvo en el fiel de la balanza, pero la mayor�a absoluta de Juanma Moreno en 2022 ha ido decantando la regi�n a favor de las derechas, de tal manera que no se trata solo de que la actual candidata socialista no pueda competir en ninguno de los indicadores electorales con Moreno (valoraci�n: 5,5 vs 3,7; preferencia como presidente: 40% vs 17,6%, etc.), sino que la comparaci�n entre los niveles de aprobaci�n del Gobierno andaluz y del nacional se convierte en una mochila demasiado pesada para la ex vicepresidenta Montero. Pues as� como el Ejecutivo de Moreno presenta un saldo positivo de cinco puntos porcentuales entre opiniones favorable y desfavorables, el del Gobierno de Pedro S�chez arroja un saldo negativo de 32 puntos (Bar�metro de marzo del Centra). Con estas premisas, el empe�o de S�nchez por nacionalizar la campa�a andaluza deja a la candidata Montero en una situaci�n complicada, dada la dificultad de vender a los andaluces una financiaci�n auton�mica que no est� pensada para ellos o una gesti�n ferroviaria que les tiene entre traumatizados e incomunicados. As� las cosas, se entiende el alivio que supone para ella que Salvador Illa y el ministro Puente se hayan descolgado de la campa�a.
Cuatro meses despu�s de las elecciones extreme�as, est� claro que el nuevo ciclo electoral no pudo empezar peor, cuando las interferencias de Pedro S�nchez para proteger a su hermano de la acci�n de la justicia desembocaron en una debacle sin precedentes en la regi�n: el PSOE perdi� la mitad de los votantes que Guillermo Fern�ndez Vara hab�a conseguido en 2023, la mitad de los cuales (uno de cada cuatro) se refugi� en la abstenci�n, provocando una ca�da de siete puntos porcentuales en la tasa de participaci�n. Es verdad que Vox creci� a costa del PP, pero tambi�n que este compens� dicha p�rdida con entradas equivalentes de votantes socialistas, lo que tuvo como consecuencia un desplazamiento de los partidos a la izquierda. Ahora bien, este desplazamiento tiene un efecto asim�trico, pues as� como, por un lado, acerca a Vox y al PP al votante medio; por otro, aleja al PSOE del mismo y lo lleva a competir con Sumar o Podemos por los votantes de extrema izquierda. Tras la debacle, parec�a que el PSOE extreme�o sal�a de la crisis mediante unas primarias bien resueltas que ten�an como trasfondo una tortuosa negociaci�n de Mar�a Guardiola con Vox. Pero, llegada la hora del Congreso de proclamaci�n del nuevo l�der regional, la incomparecencia de S�nchez dio paso a un Zapatero siempre dispuesto a cabalgar las contradicciones y a defender la financiaci�n a la catalana donde haga falta.
Con estos antecedentes, no es un secreto para nadie que el PSOE se conformar�a con que Moreno perdiera la mayor�a absoluta, pero esta posibilidad est� condicionada por tres tipos de factores. Por lo pronto, el PSOE vuelve a ser v�ctima de su propia contradicci�n: �Vox es un peligro, pero los socialistas no vamos a impedir que llegue al Gobierno de la Junta� (absteni�ndose, por ejemplo), contradicci�n que en 2022 propici�, por un lado, una fuga de votantes socialistas que acudieron en auxilio de Moreno para que su Gobierno no quedara condicionado por Vox y, por otro, una abstenci�n masiva que dej� la tasa de participaci�n en el 56%. Tras esta doble sangr�a, el PSOE se qued� con un electorado envejecido y ruralizado, cada vez m�s alejado de las capitales y las clases medias.
En segundo lugar, Vox est� pasando por una crisis de identidad, como consecuencia de transitar demasiado r�pido desde una agenda conservadora dominada por temas de unidad nacional y defensa de la familia a una agenda nativista que utiliza la inmigraci�n como bander�n de enganche de nuevos votantes. Con ello, Vox se va desprendiendo de su perfil moral y religioso, lo que le ha permitido ser beligerante incluso con la jerarqu�a eclesi�stica en estos temas, sin aparente coste electoral. Ahora bien, este giro, que ha sido �til para capitalizar el voto de protesta, ha supuesto tambi�n ambig�edad a la hora de tomar decisiones estrat�gicas, limitando as� su potencial de crecimiento y abocando a un problema de gesti�n de expectativas que se ha puesto de manifiesto en las elecciones de Castilla y Le�n. A la vista del pinchazo del 15-M, el sector conservador de Vox ha aprovechado para reclamar una vuelta a los principios fundacionales, as� como un congreso de reflexi�n sobre el rumbo del partido. En cualquier caso, mal momento para dudas estrat�gicas en medio del ciclo electoral, por no hablar de las purgas internas.
Por �ltimo, conviene recordar que si la sorpresa del 15-M fue ver al t�ndem Ma�ueco-Feij�o como triunfadores de la noche electoral no fue s�lo porque su campa�a fuese mejor que la de Vox, sino porque los esfuerzos del primero en presentarse como un gestor aburrido y previsible (�Certezas�) encontraron sentido justamente cuando la guerra de Ir�n amenazaba con resucitar el fantasma inflacionario de la invasi�n de Ucrania, momento propicio para que los votantes indecisos corriesen a refugiarse en el PP, dada su capacidad para capitalizar la incertidumbre econ�mica. Hay que insistir en esto porque las pasadas elecciones del 15-M ilustran bien el divorcio que a veces se produce entre opini�n p�blica y publicada, de tal forma que mientras el foco medi�tico estaba puesto en el No a la guerra y la movilizaci�n de la izquierda, nadie pareci� percatarse de que hab�a una movilizaci�n simult�nea pero de sentido contrario provocada por el voto econ�mico que ahora puede reforzar las opciones de Moreno en Andaluc�a.
Juan Jes�s Gonz�lez es catedr�tico de Sociolog�a de la UNED y autor de Las razones del voto en la Espa�a democr�tica (1977-2023), La Catarata
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