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Psicoan�lisis o hacer el amor con uno mismo
Rebeca Yanke · 2026-04-30 · via Opinión

La cari�tide

Psicoan�lisis  o hacer el amor con uno mismo

Actualizado

Audio generado con IA

La primera vez llor� durante m�s de una hora. Delante de m� aquella desconocida me miraba como si no estuviera echando l�grimas, como si no me quejara, lamentara mi vida, despotricara de ella y de m� misma, mostrando en cada frase un dolor distinto.

Tiene tantas grietas el dolor, tanta hondura el sufrimiento, que a veces cuesta horrores describirlo sin caer en obviedades o clich�s. C�mo explicar que uno no est� c�modo en ning�n sitio, que pr�cticamente nadie consigue sacarte del letargo, que prefieres otros tipos de tortura antes que, pongamos por caso, adentrarte en los interminables pasillos del metro de Cuatro Caminos.

Llorar, dicen, es muy sano. Pero algunos hemos llorado tanto que llegamos a neg�rnoslo, porque sabemos hasta d�nde puede llegar. Hasta d�nde puedo llegar yo, de noche, en soledad, rezando a mis muertos y pensando si alg�n d�a podr�a escapar de ellos, o de su historia. �C�mo hacer para que esa historia deje de ser m�a? �C�mo hacer para tener la fuerza suficiente para crear tu propia historia, en tus propios t�rminos y s�lo bajo tus condiciones?

Ahora que la se�ora que me miraba llorar no es una extra�a, sino alguien con quien comparto un objetivo -el bienestar de m� misma-, soy capaz de hablar de la intensidad del proceso psicoanal�tico. De la diferencia que hay entre una terapia tradicional y la que cre� Freud hace ya mucho tiempo. Perdura, creo, porque funciona. Y eso ya es mucho decir en estos tiempos. Ahora bien, es posible que no sirva a todo el mundo, sino a un tipo concreto de persona, una capaz de mirar muy adentro

Leo Freud. Esbozo del alma (Editorial Blaupan), un ensayo de Stefan Zweig, y siento que me encamin� por el �ngulo correcto. Quiero decir, c�mo no va a ser correcto y hasta correct�simo elegir un camino que te lleva a ti mismo. Mi psicoanalista no opina, no me dice ni s� ni no ni lo contrario, no me juzga y pocas veces me pregunta algo.

Sin embargo, en la conversaci�n, en el di�logo, en las palabras y a veces en las miradas o en los lapsus todo comienza a verse m�s claro. Por ejemplo: he entendido que durante mucho tiempo no me di lo que necesitaba, y no por masoquista sino porque no identificaba siquiera lo que precisaba. Pero estaba completamente alerta a los deseos y necesidades de cualquier otro. Nadie se merece que deje al margen mi deseo. Y nadie merece, tampoco, que deje usted al margen el suyo. Valoremos nuestro anhelo, en definitiva.