Y el día en que llegue el trance de mi muerte, yo quiero ser como mi amigo Jorge: no dar la plasta a nadie con mi final, tratar de disparar una sonrisa cuando en la trinchera se te acaban las balas, saber perder así.

Nuestro amigo Jorge.
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Y el día en que llegue el trance de mi muerte, yo quiero ser como mi amigo Jorge: no dar la plasta a nadie con mi final, tratar de disparar una sonrisa (y otra y otra) cuando en la trinchera se te acaban las balas, saber perder así, mostrando una generosidad inagotable, diciendo cosas hermosas con los ojos cuando en la mirada de los demás asoma el miedo: aquí está papá, chicos, tranquilos.
Ahora que lo pienso, amigo, qué poco te pegaba ya este mundo de odiadores, de desesperanzas, de resabiados. Tú, que jamás hablabas mal de nadie. Tú, que ya con la enfermedad avanzada transfundías esperanza a todos. Tú, que -en un mundo de gente encopetada y que se mira demasiado- nos hacías reír con unas camisas decididamente criminales, Jorge (¿dónde comprabas esa ropa, en serio?). Unas camisas suicidas, aberrantes, execrables, qué se yo... Pero alegres como tú.
Y aquí me tienes. Unas horas antes de tu funeral. Recortando recuerdos que se me vienen a la cabeza y volviéndolos a pegar, un poco como en aquella escena final de Cinema Paradiso. En el Cinexin de la memoria, sales disfrazado de cien personajes (tratante de ganado incluido), un remedo de Mortadelo. Sales con esa forma tuya de reír tan salvaje, que era lo mismo que un amoroso fuelle roto. Sales con tu actitud pantagruélica ante todo: la amistad, tu familia, la ilusión de las pequeñas cosas, también la comida. Salimos los dos como entrenadores de los chicos en la final del frontón del pueblo (putos amos), donde volvimos a ganar y tú decías que el nuestro era el fútbol garrapiñao. Salimos los dos aquella mañana en que fuimos hasta Zamora por los caminos a comer una tapa y un vino, y al final no fueron uno, sino cuatro, o seis, y ya no nos acordamos de quién fue la persona que tuvo que ir a buscarnos... Sales tú diciéndome "¿y qué tripa se te ha roto ahora con la informática, caminante blanco?, que no sabes ni encender el ordenador". Sales tú grabándome pinchos con Los Zigarros, y con Tom Waits, y con Bon Iver, y descubriéndome a Extremoduro.
Ayer te enterramos y fue muy extraño, porque el cielo de Madrid estaba nublado. Otra prueba más de lo que, paseando por Sayago, discutíamos sobre Dios: si existiera, ¿lo ves?, hoy debería de haberte concedido un buen sol.
Y cuánto te alegrabas cuando nos pasaba algo bueno a los demás. Y cuánto te preocupabas por los mil dolores pequeños de los otros. Y qué poco te gustaba discutir con los amigos.
Qué agradecerte hoy, qué advertirte, qué decirte: decirte que algún día me atreveré a pedirle a Trini la camisa tuya de Bob Esponja. Que queda a buen recaudo tu exclusiva receta de la mejor salsa brava del mundo. Que ahora Valeria y Gonzalo tendrán que podar la parra y escarbar tu sonrisa.
Qué decirte hoy, si mucho nos lo enseñaste tú. Que a pesar de los últimos meses que has sufrido, a pesar del fentanilo y de la morfina, a pesar de que no pudiste llegar a debutar en ese proyecto que tanta ilusión te hacía; a pesar de todo -tal y como aventurabas con esa carcajada dinamitera, Jorge-, la vida es bella.





















