Editorial
Ni los pedidos de soja, carne o aeronaves corregir�n el desequilibrio bilateral, ni una mesa de comercio eliminar� la rivalidad profunda entre ambos modelos

Donald Trump y Xi Jinping, en su encuentro de octubre.AFP
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La cumbre que Donald Trump y Xi Jinping celebran esta semana en Pek�n no apunta a un gran acuerdo hist�rico entre las dos mayores potencias del planeta, sino a algo m�s revelador: evitar que su rivalidad desemboque de nuevo en una crisis comercial, tecnol�gica y geopol�tica de consecuencias imprevisibles. Ambos llegan m�s condicionados que nunca. Trump necesita exhibir una victoria exterior ante su electorado, debilitado por la guerra en Ir�n, por el desgaste arancelario y por los l�mites que la Justicia ha impuesto a su poder. Xi comparece sin la presi�n de las urnas ni de una prensa libre, pero con la necesidad de preservar la estabilidad econ�mica de China.
El mero hecho de que ambos se sienten a hablar ya constituye un dato positivo. Hace un a�o, EEUU y China se encontraban al borde de una guerra comercial de enormes proporciones, con anuncios de aranceles por parte de EEUU del 145% sobre productos chinos y controles de Pek�n sobre las tierras raras capaces de paralizar sectores enteros de la industria global. La tensi�n se rebaj�, pero no se resolvi� el problema de fondo: la desconfianza mutua estructural. Washington quiere frenar el avance chino en semiconductores, IA y tecnolog�a militar. Pek�n utiliza su dominio sobre minerales cr�ticos como instrumento de presi�n.
El encuentro no debe alimentar ilusiones ingenuas. China busca garantizar un marco de previsibilidad, contener nuevos aranceles y consolidar su imagen de actor racional. Trump buscar� compras de productos agr�colas, aviones Boeing y alg�n mecanismo comercial que pueda vender como victoria. Pero ni los pedidos de soja, carne o aeronaves corregir�n el desequilibrio bilateral, ni una mesa de comercio eliminar� la rivalidad profunda entre ambos modelos.
A ello se suma la dimensi�n estrat�gica. La guerra en Ir�n ofrece a Xi margen para explotar la debilidad de Trump. Taiw�n sigue siendo un punto explosivo en la relaci�n. Pek�n intentar� arrancar de Washington alguna se�al de moderaci�n sobre la isla, mientras refuerza su relato de que la reunificaci�n forma parte de su destino hist�rico. Europa, por su parte, no puede perder de vista que la dictadura china combina pragmatismo econ�mico con ambiciones expansionistas incompatibles con las democracias liberales.
La cumbre ser� �til si estabiliza temporalmente una relaci�n que afecta al conjunto de la econom�a mundial. Lo que une hoy a Trump y Xi no es una visi�n compartida del orden internacional, sino el temor a que una ruptura abierta perjudique a ambos. Por eso el �xito real no ser� un pacto grandilocuente, sino impedir una escalada que arrastre al mundo a una nueva sacudida. En la pugna entre Washington y Pek�n ya no se negocia s�lo en t�rminos comerciales, sino que se ajusta el precio de una competencia llamada a definir el siglo.

























