Editorial
Que Mar�a Jes�s Montero ocultara en el Senado la existencia de comunicaci�n formal cuando s� hab�a documentos, registro de entrada e intercambio con Sepides agrava a�n m�s las sospechas

Mar�a Jes�s Montero, en su comparecencia en el Senado
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La documentaci�n revelada sobre la Sepi a�ade una pieza especialmente significativa al entramado de influencia levantado en torno a Jos� Luis �balos, Koldo Garc�a y V�ctor de Aldama. Koldo llev� en persona al registro de Sepides la oferta de 250 millones de euros con la que Aldama pretend�a adquirir el cuartel general del holding p�blico empresarial del Estado. La magnitud de la operaci�n sit�a la verdadera dimensi�n del problema�: la capacidad de un presunto corruptor para penetrar en centros neur�lgicos del poder econ�mico del Estado.
Que una operaci�n inmobiliaria de ese volumen se cursara con la intermediaci�n directa del asesor de �balos retrata hasta qu� punto la trama se mov�a con naturalidad por las estructuras p�blicas. Y que Mar�a Jes�s Montero ocultara en el Senado la existencia de esa comunicaci�n formal cuando s� hab�a documentos, registro de entrada e intercambio con Sepides agrava a�n m�s las sospechas. No se entiende esa familiaridad con Aldama sin una cobertura pol�tica previa. Y esa cobertura remite, una y otra vez, al ascendiente extraordinario que �balos acumul� sobre el resto de ministros del PSOE por decisi�n de Pedro S�nchez: titular de un ministerio clave y, al mismo tiempo, secretario de Organizaci�n del partido.
Eso es lo que explica que la trama se extendiera. No porque Koldo o Aldama fueran genios de la infiltraci�n, sino porque se les dej� la puerta abierta. Cuando un personaje de ese perfil puede llegar al gabinete de Hacienda, reunirse con el entorno de Industria o moverse por distintos despachos ministeriales como facilitador de negocios, lo que queda en evidencia es una quiebra pol�tica de primer orden.
Tambi�n resulta significativo que el ex jefe de gabinete de Reyes Maroto haya reconocido ahora que la ministra se reuni� con Aldama. Otra vez el mismo patr�n: contactos que primero se minimizan, despu�s se admiten a medias y finalmente aparecen como un hecho consumado.
Los hechos no dejan de confirmarlo. La trama no se expandi� por arte de magia, sino porque el Estado se abri� a intereses particulares. Eso es exactamente lo que hoy vuelve a reflejar la Sepi.
























