

























En el teatro griego, cuando la trama se volv�a irresoluble, pod�a aparecer un dios suspendido por una m�quina para facilitar el desenlace. Ese era el deus ex machina, una soluci�n llegada desde fuera para resolver aquello que los personajes no hab�an sabido encauzar por s� mismos. Con ese esp�ritu se ha ido enredando el debate p�blico sobre las transformaciones demogr�ficas que vive Espa�a (ca�da de los nacimientos y el envejecimiento), confiando en que la inmigraci�n compense nuestros desequilibrios internos. La fe en esta soluci�n es tal que hace unos d�as hemos sabido que, al valorar la regularizaci�n extraordinaria de inmigrantes, el �nico beneficio que reconoce la mayor�a de espa�oles es su efecto sobre la �natalidad� (Fuente: 40dB para El Pa�s).
Como toda buena mentira, la inmigraci�n como deus ex machina demogr�fico tiene una parte de verdad. Ha sido decisiva para sostener el crecimiento de la poblaci�n, ampliar la fuerza de trabajo, transformar barrios, escuelas, empresas y familias. Sin inmigraci�n, Espa�a ser�a hoy un pa�s con menos poblaci�n, m�s vieja y con a�n menos ni�os. Pero tambi�n ha ayudado a retrasar el momento en que la sociedad espa�ola afronte el principal de sus problemas sociales, la dificultad de los j�venes para iniciar o avanzar en sus proyectos familiares.
Reconocer sus beneficios demogr�ficos a corto plazo no impide cuestionar que sea una soluci�n de largo plazo. En realidad, la inmigraci�n solo ha permitido comprar tiempo, pero no corregir las causas profundas de nuestro desajuste demogr�fico. Es un disparate pensar que esta soluci�n m�gica pueda sustituir la pol�tica de vivienda, la familiar o las medidas de mantenimiento de rentas. Afrontar todo ello saca de su espacio de confort a quienes gobiernan con objetivos de corto plazo y prefieren invocar al deus ex machina para que solucione la papeleta.
Durante los �ltimos 25 a�os, la inmigraci�n ha impulsado un descomunal cambio social. En t�rminos relativos, Espa�a es el principal receptor de inmigraci�n de la Uni�n Europea. En t�rminos absolutos, solo Alemania ha recibido m�s inmigrantes. En 2025, el 19% de los residentes en Espa�a ya hab�a nacido fuera, frente a una media europea del 14%. Hasta hace poco, el debate p�blico sobre inmigraci�n hab�a logrado mantenerse fuera de la contienda electoral, pero esta excepci�n ib�rica ha ido desdibuj�ndose a medida que los populismos de izquierda y derecha han metido sus manazas en el asunto, basculando entre dos simplificaciones. Una presenta la inmigraci�n como un man� econ�mico y una soluci�n casi m�gica para la escasez de nacimientos y el envejecimiento, capaz de sostener, sin costes asociados, nuestro Estado de bienestar, adem�s de otros beneficios que sonroja enumerar (�qu� remplacen a los fachas!). La otra concibe la inmigraci�n casi exclusivamente como un problema y, al situarse en una l�gica de suma cero, no considera ninguno de sus beneficios. Ambas posiciones impiden elevar el debate t�cnico y nos atan a objetivos cortoplacistas y emocionales. Lo hemos visto ya en otros pa�ses de Europa, y est� pasando ahora en Espa�a.
No proponemos aqu� sustituir un deus ex machina por otro, sino hacer tres puntualizaciones para orientar el debate sobre la contribuci�n de la inmigraci�n a nuestra demograf�a.
En primer lugar, Espa�a debe superar la l�gica reactiva en materia de inmigraci�n. Con matices, el modelo migratorio de todos los gobiernos ha consistido en gestionar las llegadas recibidas a trav�s de mecanismos ordinarios de descompresi�n de la irregularidad como el arraigo y, cuando esto no era suficiente, con regularizaciones extraordinarias. Adem�s, hemos ignorado el debate sobre la ciudadan�a civil, dando derechos a trav�s del empadronamiento a regulares e irregulares y haciendo sostenible, e incluso rentable para algunos, la existencia de bolsas de irregularidad. Es necesario evaluar la din�mica de llegadas y asentamiento. Espa�a atrae mucha inmigraci�n, pero no todos los que vienen se quedan. Entre 2002 y 2024 iniciaron su residencia en Espa�a casi 15 millones de personas nacidas fuera, mientras que la poblaci�n solo aument� en alrededor de siete millones. Un modelo de baja retenci�n desincentiva la formaci�n de familias en destino, as� como la inversi�n en capital humano espec�fico de los que llegan. En resumen, un modelo fr�gil que exige mantener flujos de entrada cada vez m�s elevados, cuando muchos de los pa�ses de origen de nuestra inmigraci�n est�n tambi�n viendo caer sus nacimientos y envejeciendo. Hacia el futuro, Espa�a debe decidir cu�nta inmigraci�n necesita, c�mo canalizarla y, por qu� no, seleccionarla, reconociendo que la aportaci�n al sistema de bienestar es un continuo en el que ciertos perfiles punt�an m�s alto que otros.
En segundo lugar, hay que saber que la inmigraci�n no compensa la ca�da de los nacimientos porque no se dan las condiciones suficientes para que la gente joven, de cualquier origen, vea posible crear hogares y familias. Pensar que los inmigrantes superar�n cualquier obst�culo y, ellos s�, tendr�n m�s hijos que los aut�ctonos es casi esencialista (�por qu� tendr�an que tener m�s determinaci�n que los dem�s para tener hijos?). La experiencia internacional muestra que los patrones reproductivos de los migrantes tienden r�pidamente a converger con los de la sociedad en la que viven porque sobre ellos opera el mismo mercado, con las mismas dificultades, incluso aunque tengan otras expectativas reproductivas. Hoy, hasta un 40% de los nacimientos en Espa�a es de origen inmigrante, pero esto se debe a que hay muchos inmigrantes en edad reproductiva, no a que tengan m�s hijos por hogar que los aut�ctonos. Entre 2009 y 2024, los nacimientos pasaron de casi 500.000 a menos de 320.000. En ese mismo periodo, el n�mero de mujeres inmigrantes en edad f�rtil creci� en alrededor de un tercio, pero sus nacimientos se redujeron un 10% y su fecundidad cay� un 32%. M�s que importar fecundidad inmigrante, Espa�a asimila r�pidamente a quienes llegan a su implacable r�gimen de muy baja natalidad.
El tercer ajuste necesario es reconocer que, por todo ello, la inmigraci�n solo rejuvenece temporalmente nuestra estructura poblacional. Ampliar el tama�o de las cohortes entre los 25 y los 45 con llegadas desde el exterior rejuvenece cualquier sociedad de acogida, pero, sin que los reci�n llegados tengan m�s hijos, ese efecto solo se mantiene si las llegadas se incrementan de forma sostenida. De lo contrario, a medida que los inmigrantes envejecen, al igual que sus coet�neos espa�oles, el efecto se diluye. Hoy, el 22% de los inmigrantes residentes en Espa�a tiene 55 a�os o m�s, es decir, est� en los �ltimos a�os de su vida laboral o ya fuera y tambi�n fuera de su periodo reproductivo. Adem�s, el peso de los inmigrantes que entran en el pa�s en esas edades es cada vez mayor. Entre 2021 y 2025 la poblaci�n nacida fuera de 55 a�os o m�s ha crecido en 615.000 personas, el equivalente a toda la ciudad de M�laga. El 80% de este incremento se corresponde con ciudadanos extracomunitarios. De hecho, la poblaci�n de ese grupo de edad se increment� en ese periodo un 42%, mientras que la de 20 a 54 a�os solo lo hizo en un 25%. Que una parte relevante de la inmigraci�n llegue en esas edades implica que su contribuci�n al rejuvenecimiento y a la fecundidad es necesariamente limitada, y tendr� consecuencias obvias a medio plazo sobre los sistemas de salud y dependencia.
En definitiva, el impacto demogr�fico de la inmigraci�n no depende tanto del volumen de llegadas como de su encaje en el sistema socioecon�mico receptor. La pol�tica migratoria no puede asumir responsabilidades que pertenecen a otros �mbitos de la acci�n p�blica.
Aunque a�n cuente con defensores, la estrategia de aplazar el debate maduro y realista sobre la inmigraci�n en Espa�a se agota. Dado que, por desgracia, todo indica que el populismo de izquierda y derecha seguir� jugando un papel central en Espa�a, nunca habr� mejor momento para abrir el mel�n que el actual. Renunciar al an�lisis sosegado e informado deja el escenario libre a discursos infantiles y cada vez m�s emocionales. En el teatro antiguo, el deus ex machina pod�a salvar el desenlace de una obra, pero no pod�a dar coherencia a una trama mal planteada. Es tarea de la sociedad espa�ola construir su propio relato demogr�fico.
H�ctor Cebolla es investigador cient�fico en el Instituto de Econom�a, Geograf�a y Demograf�a del CSIC. Mar�a Miyar es Directora de Estudios Sociales de Funcas y profesora titular de Sociolog�a de la UNED
此内容由惯性聚合(RSS阅读器)自动聚合整理,仅供阅读参考。 原文来自 — 版权归原作者所有。