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M�xico: el espejo roto
Manuel Garcí · 2026-05-21 · via Opinión

El viaje de Isabel D�az Ayuso a M�xico ha generado, como suele ocurrir con cualquier gesto que roce la memoria colonial, una tormenta de indignaci�n calculada. La presidenta madrile�a reivindic� la figura de Hern�n Cort�s, lo cual era previsible que encendiera las alarmas del indigenismo institucional mexicano. La presidenta Claudia Sheinbaum respondi� con la gravedad de quien custodia una herida hist�rica. Y, sin embargo, qued� flotando una pregunta inc�moda que nadie quiso formular con claridad: �con qu� autoridad moral condena un Estado las masacres del siglo XVI mientras permite, por acci�n u omisi�n, una violencia sistem�tica y masiva contra sus propios ciudadanos en pleno siglo XXI?

Conviene detenerse un momento en Cort�s, no para rehabilitarlo ni para condenarlo, sino para situar el debate en sus t�rminos correctos. Naci� en Medell�n, Extremadura, en 1485, en el seno de una hidalgu�a menor con m�s honor que hacienda. Era un hombre de su tiempo: formado en la violencia como instrumento leg�timo de conquista, imbuido de una religiosidad que no distingu�a entre evangelizar y someter, y dotado de una inteligencia pol�tica excepcional que le permiti� leer las fracturas internas del Imperio mexica con una lucidez que todav�a asombra. Aprovech� el odio que los pueblos sometidos por los aztecas -tlaxcaltecas, totonacas, cholultecas- acumulaban contra Tenochtitl�n. La conquista de M�xico no fue una invasi�n espa�ola contra los mexicanos: fue una guerra civil mesoamericana en la que los espa�oles actuaron como catalizador y beneficiario final. Esto no absuelve nada. La Matanza del Templo Mayor, perpetrada por Pedro de Alvarado durante la ausencia de Cort�s, fue una carnicer�a innecesaria incluso en los t�rminos militares de la �poca. La destrucci�n de Tenochtitl�n fue una p�rdida civilizatoria irreparable. Pero reducir cinco siglos de historia compleja a un duelo entre h�roes y villanos es una operaci�n pol�tica, no hist�rica.

Lo verdaderamente revelador no es lo que se dijo sobre Cort�s. Lo revelador es lo que no se dijo sobre M�xico.

Porque mientras la presidenta Sheinbaum invocaba el dolor de los pueblos originarios ante ofensas cometidas hace cinco siglos, en su pa�s se produc�an, con una regularidad que ya no escandaliza a nadie, algunas de las violaciones m�s graves de los derechos humanos que registra el mundo contempor�neo. M�xico lleva m�s de una d�cada entre los pa�ses m�s violentos del planeta sin estar formalmente en guerra. En 2023 se registraron en torno a 30.000 homicidios dolosos. Desde 2006, cuando Felipe Calder�n declar� la guerra al narcotr�fico con resultados que nadie en su sano juicio puede calificar de exitosos, se calcula que han muerto cientos de miles de personas en contextos de violencia vinculada al crimen organizado. Una magnitud que rivaliza con las bajas civiles de numerosos conflictos armados convencionales del siglo XX.

Pero la muerte es solo la parte visible del horror. Las desapariciones forzadas constituyen quiz�s el cap�tulo m�s siniestro de esta cat�strofe. El Registro Nacional de Personas Desaparecidas supera las 110.000 personas. Ciento diez mil. No es una cifra abstracta: es una naci�n entera de ausentes, de familias destruidas, de madres que buscan durante a�os restos en fosas clandestinas con sus propias manos porque el Estado no lo hace. Las fosas comunes se descubren con una regularidad espantosa en Veracruz, Jalisco, Tamaulipas, Guerrero. En algunos estados, los c�rteles no compiten con el Estado: son el Estado. Gobernadores, alcaldes, jueces, polic�as y militares forman parte de estructuras criminales que operan con una impunidad que ya no necesita ocultarse.

Para entender por qu� M�xico lleg� hasta aqu� hay que entender el PRI, que gobern� el pa�s de forma ininterrumpida durante 71 a�os, desde 1929 hasta el a�o 2000. No fue exactamente una dictadura. Fue algo m�s sofisticado y en cierto modo m�s perverso: un sistema de dominaci�n hegem�nica que combinaba elecciones formalmente competitivas con un control absoluto de los resultados, una ret�rica revolucionaria con una corrupci�n estructural institucionalizada, y una gesti�n de la violencia que no la eliminaba, sino que la regulaba. Los c�rteles no nacieron a pesar del PRI sino en parte gracias a �l: la corrupci�n como sistema de gobierno gener� los canales, las complicidades y la cultura de impunidad sobre los que el crimen organizado construy� posteriormente su infraestructura. Cuando el PRI perdi� el poder, lo que colaps� no fue solo un partido pol�tico sino el �rbitro corrupto que manten�a cierto orden entre las facciones criminales. El resultado fue una guerra entre c�rteles por los territorios y las rutas que el viejo sistema hab�a gestionado durante d�cadas.

La llegada de Andr�s Manuel L�pez Obrador en 2018 gener� esperanzas genuinas. Prometi� atacar la corrupci�n desde la ra�z y adopt� una estrategia de seguridad resumida en el eufemismo de �abrazos, no balazos�. El resultado fue un desastre documentado: la violencia no descendi�, la impunidad se consolid�, y el gobierno termin� siendo acusado por sus propios cr�ticos de haber alcanzado acuerdos t�citos con algunas organizaciones criminales. El C�rtel de Sinaloa, el C�rtel Jalisco Nueva Generaci�n y una docena de organizaciones menores consolidaron durante el sexenio un poder territorial que en algunas regiones es sencillamente absoluto. Hay municipios en Michoac�n, en Guerrero, en Tamaulipas, donde el Estado mexicano no entra. Donde la recaudaci�n la hacen los c�rteles, donde los alcaldes piden permiso, donde los periodistas locales tienen una esperanza de vida que se mide en meses.

M�xico es, por este motivo, uno de los pa�ses m�s peligrosos del mundo para ejercer el periodismo. Desde el a�o 2000 han sido asesinados m�s de 150 periodistas y la mayor�a de los casos permanecen impunes. El Mecanismo de Protecci�n para Personas Defensoras de Derechos Humanos y Periodistas ha resultado ser una estructura insuficiente, cuya eficacia ha sido cuestionada sistem�ticamente por organizaciones internacionales.

Todo esto tiene consecuencias migratorias de una magnitud que el debate europeo raramente contextualiza con precisi�n. M�xico no es solo un pa�s de tr�nsito para los centroamericanos que huyen hacia Estados Unidos: es tambi�n un pa�s de origen de una emigraci�n masiva motivada no por la pobreza exclusivamente sino por el terror. Las clases medias y altas mexicanas con recursos han construido en los �ltimos a�os una di�spora significativa en Miami, Madrid, Barcelona y Nueva York. No son los sin papeles que cruzan el desierto de Sonora: son profesionales, empresarios, m�dicos, abogados que han decidido que el riesgo de secuestro, extorsi�n o asesinato hace imposible una vida digna en su propio pa�s. El fen�meno tiene hasta un nombre coloquial: �los que se fueron�. Y no vuelven.

Hay una iron�a terrible en todo esto que merece ser nombrada. El discurso oficial mexicano, heredero de la Revoluci�n y del indigenismo institucional, ha construido durante d�cadas una narrativa de victimizaci�n hist�rica centrada en la Conquista como trauma fundacional. Espa�a como culpable. Cort�s como s�mbolo del mal. Esta narrativa ha tenido una utilidad pol�tica evidente: permite al Estado mexicano desplazar hacia afuera, hacia el pasado y hacia el otro, una parte de la responsabilidad por los males que lo aquejan. Es m�s c�modo exigir disculpas a un rey de Espa�a por lo que ocurri� en 1521 que explicar por qu� en 2024 siguen apareciendo fosas con cientos de cad�veres en Jalisco. Es m�s rentable emocionalmente invocar a Cuauht�moc que rendir cuentas ante las madres de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, desaparecidos en 2014 en circunstancias que implican a fuerzas del orden y cuyo caso permanece, diez a�os despu�s, sin una verdad oficial cre�ble.

Hern�n Cort�s fue, en efecto, un hombre de su tiempo. Brutal, genial, contradictorio, hijo de una �poca en la que la violencia era el lenguaje universal de la pol�tica y la conquista era considerada no solo leg�tima sino gloriosa. No necesita ser reivindicado ni execrado: necesita ser comprendido en su complejidad hist�rica, que es lo �nico que la historia honesta puede ofrecer. Pero lo que M�xico necesita con urgencia no es revisar la memoria de Cort�s. Lo que M�xico necesita es un Estado capaz de garantizar a sus ciudadanos lo m�s elemental: no ser asesinados, no desaparecer, no ser extorsionados, poder vivir sin miedo en su propio pa�s. Eso que en Europa llamamos, con cierta complacencia, el m�nimo civilizatorio.

Mientras ese Estado no exista, la indignaci�n hist�rica suena a lo que es: una distracci�n.

Manuel Garc�a Castell�n es juez jubilado de la Audiencia Nacional y autor de Habla, para que se conozca (Deusto).