De la Transición a Barcelona 92, la Prevostíada figura ya en los delgados anales del optimismo español

Espectáculo en la Sagrada Familia con motivo de la visita del Papa a Barcelona.AP
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Naturalmente que volverán las oscuras golondrinas a colgar de los balcones de los periódicos sus nidos de mierda, corrupción y enfrentamiento. Pero eso no hará que olvidemos el puñado de hermosas imágenes y sabias palabras y testimonios conmovedores que la escena española ofreció al mundo durante la semana papal. Para percibir los efectos benéficos del paso de León por nuestro país no hace falta otra fe que la que habíamos perdido en nosotros mismos. En nosotros, los españoles. Que habíamos olvidado la Escuela de Salamanca.
Vamos a reconocer, desde un punto de vista exclusivamente profano, el éxito indiscutible de un viaje que representaba un serio desafío organizativo. Tres sedes distintas, administraciones de signo opuesto involucradas, Iglesia y Estado, un clima político tóxico: todo hacía presagiar lo peor. Y sin embargo todo ha salido bien. El mismo Estado de las autonomías que habíamos juzgado disfuncional (siendo suaves) para afrontar la pandemia, los incendios, la dana de Valencia y hasta la minicrisis del hantavirus resulta que sí funciona cuando colabora lealmente, cuando se compromete en pos de un objetivo compartido. De la Transición a Barcelona 92, la Prevostíada figura ya en los delgados anales del optimismo español.
Recordaremos quizá estos días en que Madrid puso el pueblo, Cataluña la estética y Canarias el corazón. Cada cual ha aportado lo mejor de sí, con la única excepción de doña Miriam Nogueras, que seguro que puede saludar a un Papa sin graparle el brazo para someterlo a su turra identitaria. La misa masiva de Cibeles, tras de la cual no se vio un papel en el suelo. El espectáculo sublime de la Sagrada Familia, ejemplo de arte total. La entrega a fondo perdido de los canarios, samaritanos antes, durante y después. Este alzamiento nacional (con perdón) de la mirada nos devuelve algo de la autoestima disuelta en alguna cloaca. Y no habrá sido el menor de los rendimientos espirituales de la Prevostíada esta rehabilitación puntual del orgullo patrio, con lo mucho que nos cuesta hablar bien de España sin que otro español salga herido del elogio. Por primera vez en tanto tiempo que no sabría decir cuándo, no solo no dimos motivos para el bochorno sino que los dimos para el asombro, y basta un paseo por las portadas de la prensa internacional para constatarlo.
Hay una España futura esperando a que la España de hoy se reconcilie con la mejor España de ayer para volver a hacer historia.























