





















Por razones prudenciales y circunstancias perif�ricas, apenas he tenido tratos con pol�ticos con mando en plaza. Me he especializado en perdedores. Las razones prudenciales tienen que ver con la vecindad: los t�midos lo pasamos mal cuando la proximidad compromete el juicio. Me cuesta criticar a la persona con la que acabo de cenar; que, adem�s, siempre acaba convenci�ndome de algo, porque la empat�a es enemiga de la epistemolog�a. Con decirles que nunca valoro las obras art�sticas de los amigos queda retratada mi cobard�a, o si se prefiere, mi desconfianza en la capacidad de cribar con criterio los empe�os art�sticos y, dig�moslo tambi�n, en la de los artistas de encajar cr�ticas. Prefiero el ensayismo: las razones impersonales, los argumentos desnudos.
Las circunstancias perif�ricas son m�s prosaicas: uno vive lejos de Madrid, tiene pocos tratos, y en Catalu�a, por razones diversas, a los pol�ticos locales no les caigo especialmente bien. Todo lo cual tiene una ventaja no desde�able: uno puede permitirse el lujo de pensar lo que piensa. El precio es la irrelevancia. No es un mal trato y uno hasta lo acepta gustoso. Pero Zapatero pudo ser la excepci�n.
De vuelta de impartir un curso en el extranjero, encontr� un par de mensajes en el contestador: Zapatero ten�a inter�s en hablar conmigo. Eran sus principios en la oposici�n, y �di�logo� era su palabra fetiche. Incluso apoyaba sin adversativas al Gobierno del PP en pol�tica antiterrorista; o eso proclamaba: pasado el tiempo nos enteramos de que, sin comunic�rselo a nadie y a espaldas de Jos� Mar�a Aznar, hab�a encargado contactos con ETA a Jes�s Eguiguren, hombre de inescrutables talentos.
Devolv� la llamada, pero ya no hubo manera. Me enter� de la raz�n de los mensajes a�os m�s tarde: andaba en busca de principios. En una confirmaci�n pr�ctica de la paradoja de Condorcet –ese teorema que demuestra que en ciertas condiciones puede ganar el candidato al que menos gente considera el mejor–, hab�a ganado la secretar�a general porque nadie se lo tomaba en serio, y necesitaba una mercanc�a ideol�gica que vender. Literalmente: no ten�a principios claros y quer�a ver qu� se llevaba esa temporada. Buscando en el bazar de las ideas, se cruz� con alguien que le cont� que �la �ltima moda era el republicanismo�, materia sobre la que yo ten�a publicados un par de libros. Cuando, a poco de defender el �socialismo libertario�, apareci� defendiendo el republicanismo, ignorando la trama en la que era actor involuntario, publiqu� un art�culo en El Pa�s titulado �Renovaci�n ideol�gica o de qu� se habla, que me apunto? Cont� la historia con alg�n detalle en un libro dedicado a la relaci�n entre principios, ideolog�as y pol�ticas: Sobrevivir al naufragio.
En aquel momento inicial, defensor como soy del principio de caridad interpretativa –la norma elemental seg�n la cual, para que una conversaci�n sea posible, hemos de asumir en el interlocutor un m�nimo compromiso con la verdad–, apost� por la mejor hip�tesis disponible: los valores le importaban. Y con esa disposici�n abord� los primeros tiempos de su gesti�n, incluidas las torpezas: acudir a argumentar sobre problemas agrarios ante la UE, cuando all�, como en todas las relaciones internacionales, rigen el inter�s nacional y el chalaneo negociador; abordar con el lirio en la mano conversaciones con unos nacionalistas de colmillo retorcido que rechazan por principio el axioma b�sico de cualquier deliberaci�n pol�tica, el compromiso con el inter�s com�n.
La ingenuidad tiene cierta nobleza cuando es sincera. El problema es que no distingue entre el adversario con quien se puede negociar –porque comparte al menos el terreno de juego– y el que aspira a demoler ese terreno. Confundir ambos no es generosidad: es un error con consecuencias. De primero de republicanismo: no cabe deliberar con quien ni siquiera piensa en la misma comunidad de ciudadanos; si la niega, ni les cuento. Intentando encajar estos y otros desatinos, pas� a decantarme por la hip�tesis del �bobo solemne�: estaba incapacitado para la phronesis –el buen juicio pr�ctico, la inteligencia de quien sabe traducir principios en decisiones concretas–, no entend�a nada de la compleja relaci�n entre valores y acciones. No era malo; si acaso, peligroso.
Pero, como nos ense�� Thomas S. Kuhn, cuando las anomal�as emp�ricas se acumulan, toca cambiar de paradigma interpretativo. Y siempre hay una �ltima anomal�a, la decisiva, la que reajusta y ordena mejor la evidencia disponible. En mi caso, esa anomal�a fue la conversaci�n con I�aki Gabilondo en un programa de televisi�n, cuando cre�an que ya estaban fuera de emisi�n. Despu�s de pontificar, con buenismo abacial, contra la pol�tica de crispaci�n del PP –demostrada �cient�ficamente� por los intelectuales en n�mina del Grupo Alternativas–, Jos� Luis Rodr�guez Zapatero mostraba –y no solo �l, tambi�n el �ecu�nime� periodista– su entusiasmo por la crispaci�n: hab�a que crispar. Eso ya no era tonter�a. Era doblez. Maldad, si se quiere; aunque tampoco la tonter�a quedara del todo excluida. O eso pensaban los griegos. Para Plat�n –o, m�s exactamente, para S�crates– el mal nace de la ignorancia del bien: nadie yerra voluntariamente. La tesis es hermosa y, en ocasiones, consoladora. Pero tiene un l�mite: no contempla al que sabe perfectamente lo que hace y prefiere no saberlo. Eso ya no es ignorancia socr�tica; es algo m�s parecido a lo que toda la vida de Dios en rom�n paladino hemos llamado �mala fe�.
Todo eso se pod�a soportar, quiz� como tributo obligado de la experiencia pol�tica. Muy lejos de los d�as del lirio, sin duda, pero son las cosas de ingresar en la madurez. Se pod�a asumir si era por un buen fin. El problema es que Zapatero es el arquitecto de nuestro desastre pol�tico actual, que no es menor. Bajo su mandato, los herederos de ETA no volvieron a su casa como hicieron los franquistas en su d�a –resignados, confiados en que nadie se acordar�a de su pasado–, sino que salieron reforzados, en disposici�n de dictar las sanciones morales en el Pa�s Vasco. Y los nacionalistas catalanes, cuyo objetivo proclamado es la destrucci�n de la naci�n com�n, adquirieron capacidad de veto sobre la gesti�n de su Gobierno. El Pacto del Tinell no fue una maniobra t�ctica: fue la decisi�n de rechazar la conversaci�n a quienes al menos comparten la preocupaci�n por la comunidad pol�tica y asumirlo con quienes la consideran un problema. Una extravagante interpretaci�n de la deliberaci�n, sin duda. La inversi�n perfecta de cualquier criterio republicano que Zapatero hubiera podido aprender de los libros que nunca ley�.
El resultado lo vemos hoy. La izquierda despacha con hipocres�a y malas razones la prioridad nacional com�n –no como capricho identitario, sino como condici�n misma de la ciudadan�a: el marco sin el cual no hay derechos que repartir ni demos que consultar– para defender cien prioridades nacionales, una por autonom�a. Su �ltimo refugio ideol�gico es la tribu, la tradici�n, la identidad: exactamente aquello que siempre defini� a la peor derecha, la que despreci� la Revoluci�n francesa. Ya ven: de Robespierre a De Maistre. No est� mal para un devoto de Philip Pettit.
Y no crean que el PP –siempre atento a la nueva chatarra ideol�gica facturada por la izquierda– permanece ajeno al juego: ah� est� Andaluc�a, convertida ahora tambi�n en escenario de agitaci�n identitaria. Lo que Zapatero inaugur� por ingenuidad o c�lculo, otros lo han perfeccionado por pura adaptaci�n competitiva. Y ya se sabe c�mo terminan estas cosas en los partidos con neoc�rtex plano: lo que empieza como necesidad t�ctica acaba convertido doctrina profunda.
Y sin embargo, a estas alturas, lo que m�s cuesta encajar no es el da�o –que es inmenso y visible– sino el relato que lo acompa�a en estas horas: los mantras sobre su legado, la prosa necrol�gica en vida que le dispensan quienes deber�an saberlo mejor. �Parec�a bueno.� �Ha dejado un buen legado pol�tico.� Curioso legado: una izquierda sin naci�n, unos nacionalistas con veto, y unos herederos del terror con carnet de dem�cratas. Hay legados que son cat�strofes con retraso. No hay manera de salvar a Zapatero: ninguna hip�tesis lo rescata, ni la del te�rico del socialismo, ni la del ingenuo pol�tico, ni la del constructor de legado decente. El contador de nubes nos minti� tambi�n al final. En un peque�o detalle: por lo que parece, le interesaba contar otras cosas.
F�lix Ovejero es profesor de la Universidad de Barcelona. Acaba de publicar La invenci�n del agravio. Nacionalismo y crisis de la democracia espa�ola (Alianza, 2026)
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