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Pedro Sánchez es afortunado. Un día dice que sopesa dimitir porque una cloaca derechista quiere echarle del poder a base de causas de corrupción falsas y, en cuestión horas, un grupito de fieles que vienen corruptos de fábrica acude a su llamada. Por su cuenta y riesgo, estos héroes sin capa van a dedicar todos sus esfuerzos a intentar resolverle los problemas con el más absoluto de los sigilos.
Es verdad que se reúnen en la sede del PSOE con el secretario de organización y el dircom del partido y con un alto cargo de Presidencia del Gobierno, pero el pacto de silencio será sagrado. Y así se lanzan a una actividad frenética para torpedear la acción de la Justicia en las investigaciones que le torturan: Ábalos, su hermano, su esposa... La jerarquía es clara: el partido paga, su mano derecha dirige y una tal Leire Díez se remanga. Durante dos años largos, desde aquel abril de 2024 en el que Sánchez convoca al rezo y hasta que la detienen en diciembre de 2025, a la fontanera la reciben fiscales –aún no sabemos si la propia Fiscalía General–, guardias civiles -y su directora-, abogados, empresarios... Les pide trapos sucios y les ofrece dinero, ascensos o la ayuda de la Fiscalía, y todo en nombre del PSOE y de una cruzada: salvar al presidente. Lo extraordinario es que su principal beneficiario no es consciente de nada.
Hay que comprender que Sánchez ya lo desconocía todo sobre Ábalos y Cerdán. Sin embargo, su ceguera sobre las «andanzas» de Leire es aún más fabulosa; literaria. A mí me recuerda al cuento El sastre de Gloucester. Trata de un sastre muy hábil pero muy pobre que un día recibe el encargo de su vida: confeccionar un elegante traje para la boda del alcalde.
El sastre trabaja mucho, pero cae enfermo antes de terminar el traje y necesita descansar. El asunto es que esa noche, mientras duerme, unos pequeños ratones que viven en su taller salen de sus escondites y, agradecidos porque el sastre nunca les ha tratado mal, se ponen, como un ejército, a coser el traje. A la mañana siguiente, el hombre no sale de su asombro: mientras dormía, alguien ha terminado su tarea. Poco después comprende que han sido los ratones. Y colorín colorado: gracias a ellos, entrega el traje a tiempo, obtiene el reconocimiento y la prosperidad que merecía y, junto a los generosos ratones, come perdices hasta el fin de sus días.
No sabemos si el final de Sánchez será tan feliz; no lo parece. Pero sí sabemos dos cosas: que su traje fue cosiéndose y que es imposible que él no viera las puntadas.
El presidente tuvo que saber que un oscuro ex juez estaba intentando tumbar la instrucción contra su hermano. Tuvo que estar perfectamente informado de los movimientos de Ábalos y Koldo con sus abogados, y de las maniobras de Pérez Dolset con los audios de Villarejo en defensa del PSOE. Es imposible que no advirtiera la perfecta sincronía con que la sanchezfera atacaba a la UCO. Y etcétera. Sin embargo, a diferencia del sastre, cuando se levantaba de la cama y descubría un nuevo botón, un nuevo dobladillo, no se asombraba.
El sumario del caso Cloacas no resuelve este misterio, aunque sí permite inferir una hipótesis basada en la explicación más sencilla: quizá en este cuento los ratones, además de cobrar del taller, trabajaban por orden del sastre.
Como todo se repite, ahora estamos enfrascados en las libretas de Leire, como antes en las de Bárcenas o Villarejo. Lo primero que hay que decir es que su veracidad debe ser cogida con pinzas: entre otras cosas, porque es una delincuente. Pero asomarse a sus páginas no deja de parecerse a un paseo por las tripas de los años locos de Sánchez. Indra, El País, la Sepi, Telefónica...
Aunque, aparte de los cientos de notas y los audios que ella misma se grababa, hay más similitudes con Villarejo. Para empezar, el material fundacional de la presunta trama fueron las famosas grabaciones del ex comisario, incluida una relativa a las saunas y prostíbulos de los Gómez que a Sánchez le permitió denunciar diez años de espionaje (2014-2024).
Dos: Leire utilizó un pseudomedio, Crónica Libre, para esparcir sus bulos, como Villarejo el suyo, y a ello le ayudaron periodistas que se decían justicieros contra la corrupción. En este caso, Patricia López, hoy fallecida, y firmante del manifiesto de periodistas y activistas que acudieron a la llamada para la intifada.
Tres: ha habido no una Policía pero sí una Guardia Civil «patriótica», la de los mandos políticos y la directora contra la UCO.
Y cuatro: me temo que en la memoria colectiva ya ha quedado grabada la «Reunión con P. S.».
Aun así, hay razones para estar contentos. Por un lado, porque el Estado funciona. La UCO resistió, los jueces resistieron, los fiscales anticorrupción aguantaron. El auténtico manual de resistencia lo han escrito ellos –también algunos periódicos, como el nuestro–.
La segunda razón es la creación de la plataforma ReActiva: son socialistas críticos que hablan libremente, que están encabezados por jóvenes sin miedo y que piden la salida de Sánchez y la restauración de la responsabilidad política. De gente como ellos dependerá que el PSOE resurja algún día de las cloacas.
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