Sin acritud
Que Roig fuera uno de los nombres m�s citados en un acto dedicado a frenar el fascismo dice menos sobre �l que sobre quienes lo invocan

Juan Roig, durante una celebraci�n del Velencia Basket.EFE
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En la ret�rica de cierta izquierda espa�ola, siempre necesitada de antagonistas n�tidos, el mal tiene nombre y apellidos. En el segundo acto protagonizado por Gabriel Rufi�n para unir a las izquierdas, titulado Qu� s'ha de fer? (claro gui�o leninista), el republicano comparti� escenario en Barcelona con Irene Montero. Ambos apelaron a construir un frente antifascista. La amenaza fue presentada como inminente y existencial. Pero, acto seguido, el verdadero enemigo fue se�alado por Montero: el empresario Juan Roig.
La secuencia resulta casi perfecta en su iron�a. Tras alertar del apocalipsis pol�tico, el foco se desplaza al esc�ndalo real: que un empleado de Mercadona vote lo mismo que su jefe. Rufi�n lo formul� con nitidez: ��Por qu� un currela de Mercadona vota lo mismo que Juan Roig? �Qui�n se equivoca, el currela o Roig?�. Traducci�n: si eso ocurre, �algo no funciona�. Alguien est� votando mal. Lo que subyace es una idea antigua e inquietante: el voto deber�a ser coherente con la posici�n econ�mica, como si viniera impreso en la n�mina junto a las retenciones. Desviarse de ese guion no es una elecci�n leg�tima, sino una anomal�a que merece correcci�n.
Mientras se invoca con gravedad la lucha antifascista, el enemigo concreto pasa a ser el empresario que emplea a m�s de 115.000 personas, paga salarios por encima de la media del sector, reparte cientos de millones en primas y abarata, con sus productos, la cesta de la compra para millones de espa�oles. Del drama hist�rico al lineal de supermercado, sin soluci�n de continuidad. Esta fijaci�n con Roig es un patr�n recurrente en Podemos y la izquierda anticapitalista. Una insistencia casi enfermiza. En su l�gica late un aroma bolchevique al que Rufi�n se sum� (no en vano, Xavier Dom�nech lo present� como �el Robespierre de la izquierda catalana�). Que Roig fuera uno de los nombres m�s citados en un acto dedicado a frenar el fascismo dice menos sobre �l que sobre quienes lo invocan. Es m�s f�cil indignar contra el rico exitoso que reconocer la complejidad del voto moderno o proponer soluciones cre�bles a problemas estructurales.
La realidad, terca, se niega a encajar en el guion: que un trabajador y un empresario coincidan en su voto no es una disfunci�n, sino una expresi�n normal de la libertad individual. Quiz� el verdadero problema no sea que �algo no funcione�, sino que funcione precisamente as�: que los ciudadanos se nieguen a aceptar el papel que otros les han escrito.




















