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"¡Como regreses a Irán te matan!": las futbolistas que ha...
AFP · 2026-03-17 · via Crónica

El pitido final del encuentro del domingo pasado en la Copa de Asia femenina entre Irán y Filipinas supuso la eliminación de Las Leonas; también marcó el inicio del plan de escape de cinco de sus jugadoras: Fatemeh Pasandideh (21), Zahra Sarbali (32), Atefeh Ramezanizadeh (33), Mona Hamoudi (32) y Zahra Ghanbari (34), la capitana y máxima goleadora histórica de la selección.

Durante la estancia en Australia, su entorno estuvo dominado por los llamados cuidadores, miembros de seguridad de la delegación que no perdían de vista a las futbolistas. Al menos hasta que se abrió la grieta que sembró el pánico entre estos centinelas del régimen, vinculados directamente a la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC) y considerados «patrocinadores del terrorismo» bajo la ley australiana.

Al frente, Mohammad Salari, miembro de la Federación de Fútbol de Irán y brazo duro de la comitiva. Bajo su supervisión, el marcaje a las mujeres fue intenso y convirtió el hotel ubicado en Gold Coast en una versión reducida de la realidad social que viven en el país. Tenían prohibido salir del complejo, usar los baños públicos en el lobby, no podían caminar solas y alguien las escoltaba siempre que abandonaban el fortín de las dos plantas que ocupaban. Según testigos, las medidas de seguridad del régimen eran «extremas». Sus teléfonos estaban pinchados, ni siquiera tenían permiso para cenar en el restaurante y sólo podían hacerlo tras ser llevadas a una sala generalmente destinada a convenciones. Ante semejante régimen carcelario, hubo algo que se escapó del radar de los cuidadores: los susurros con los que las jugadoras barruntaban su huida.

El himno de la discordia

Reinó el quorum mientras sonaba el himno de Irán antes del primer partido frente a Corea del Sur. El silencio de aquel lunes 2 de marzo fue ensordecedor y dio la vuelta al mundo. «La luz en los ojos de quienes creen en Dios, la verdad y la justicia (...) tu mensaje, Oh imán, de independencia y libertad da forma a nuestras vidas (...) ¡Oh, mártires! Vuestro clamor resuena en los oídos del tiempo (...) duradera, continua, eterna: República Islámica de Irán».

Sus labios no se movieron un ápice durante este acto de protesta que, en tiempos de guerra, es considerado una traición en su país y podría acarrear pena de muerte. Sentenciadas por la televisión pública de su nación, el yugo a las futbolistas se apretó de tal manera, que en los dos partidos siguientes, frente a Australia y Filipinas, no sólo entonaron el himno, también hicieron el saludo militar. La presión de los guardianes sobre las chicas aumentó en los intramuros del hermetismo hasta que la intimidación de tomar represalias contra sus familiares fue acobardando la rebeldía.

Varias de las futbolistas el día del partido contra Filipinas.

Varias de las futbolistas el día del partido contra Filipinas.EFE / EPA

Muy de cerca, la Policía Federal Australiana y activistas de la extensa comunidad iraní no perdían detalle. Durante días, el triángulo formado por cuidadores, autoridades y miembros activos de la diáspora estaban pegados a las jugadoras dentro del hotel, de camino al estadio y a las sesiones de entrenamiento. La única manera que las chicas tenían para comunicarse con el exterior era a través de señales hacia los manifestantes, quienes mostraban su apoyo constante y exigían al Gobierno que no las dejara marchar a Irán.

El pulgar en la palma de la mano y cuatro dedos que lo abrazaban de manera intermitente. Contracción y extensión, así una y otra vez. Hacían el gesto de «alarma» con el que, desde dentro del autobús, algunas jugadoras pedían ayuda. Sus compatriotas elevaron el tono para liberarlas de un peligro inminente. Hace tan sólo un mes y medio, se produjo la peor masacre de la historia moderna de Irán, que dejó alrededor de 30.000 manifestantes contrarios al régimen fallecidos. ¿Por qué sería distinta la suerte de estas futbolistas?

Era tan notoria y constante la presencia de los activistas que Salari llegó a amenazar a una de ellas. «No vengas a salvarlas». Acto seguido, pasó el dedo índice por su garganta «como diciendo: 'Te voy a asesinar'». Esto ha denunciado una mujer, que no ha querido revelar su identidad por seguridad, ante la Policía de Queensland.

"Vete de nuestro jodido país, IRGC"

Salari, reconocido por los activistas, fue el centro de la ira de los iraníes residentes en Australia que acompañaron a las chicas a donde fueron. Un vídeo publicado en redes sociales muestra cómo, este lunes, el hombre corría escaleras arriba, escaleras abajo, nervioso porque había perdido de vista a las cinco jugadoras. «Vete de nuestro jodido país, IRGC», le dijo una mujer ante la desesperación de Salari.

Una pequeña grieta en el férreo sistema de control fue suficiente para la huida. Un día antes, el domingo pasado, cuando Irán jugó su última cita del campeonato, un soplo llegó al ministro de Interior australiano, Tony Burke: algunas chicas estaban interesadas en pedir asilo en Australia. Viajó de Canberra a Gold Coast y la presencia de agentes se intensificó. Comenzó la cuenta atrás para liberarlas y para tantear a otras compañeras.

La huida de las cinco jugadoras

El lobby del hotel tenía más actividad de lo habitual durante el lunes por la tarde. El plan de las cinco ya estaba en marcha. La corresponsal de la BBC, Katy Watson, se encontraba en el recibidor y percibió algo extraño.

«Noté que [algunas jugadoras] hablaban con activistas iraníes (...). Los cuidadores habían estado vigilando al equipo y no estaban interactuando con gente externa a su comunidad inmediata», señala. «Hablaban de manera casual, se reían y parecía muy natural. En un momento dado, la seguridad del hotel se unió, pero parecía una conversación normal».

Algunas de las mujeres que solicitaron asilo en Australia.

Algunas de las mujeres que solicitaron asilo en Australia.@TONYBURKEEFE

Acto seguido, algunas chicas salieron del hotel, «algo que no era habitual». Watson explica que, 20 minutos después, dos miembros de la delegación iraní «aparecieron corriendo por el lobby». Afirma que estaban en «pánico». Intentaron ir al aparcamiento mientras varias personas grababan todo. Eran pasadas las seis de la tarde y el sol ya se ponía. El equipo había quedado para romper el ayuno de Ramadán y las cinco jugadoras se habían esfumado tras burlar a los servicios de seguridad iraníes. No había rastro de ellas gracias a la ayuda de la Policía Federal. Siete horas más tarde, a la 1.30 de la madrugada hora local, ya habían firmado los papeles de la visa humanitaria que les abre las puertas para la residencia permanente.

«¿Lograremos trabajar en Australia sin saber inglés? ¿Estaremos bien? ¿Qué pasará con nuestras familias?», las preguntas se acumulaban para estas cinco chicas que firmaron bajo el riesgo de que sus seres queridos fueran víctimas de su decisión. Hablaron con ellos. Aceptaron su nueva realidad.

El gol sin velo de la capitana

El único atisbo de libertad de Ghanbari, la estrella del seleccionado, hasta la petición de asilo sucedió durante una cita clave de la Champions League femenina de Asia. En octubre de 2024 anotó el tanto de la victoria en el minuto 93 para que su equipo anterior, Bam Khatoon, accediera a cuartos de final. Su velo se había deslizado al cuello antes del remate y había dejado su pelo al descubierto. Gol. Éxtasis. Abrazos. Júbilo. Liberación. La opresión desapareció en aquel estadio de Vietnam, al menos durante unos instantes en los que no notó la mirada juiciosa de la policía moral que más tarde acabaría enjuiciándola. Fue suspendida temporalmente y obligada a pedir disculpas en público si quería volver a los terrenos de juego. No tuvo más remedio que hacerlo.

Pasandideh, Hamoudi y Ramezanizadeh comparten equipo, Bam Khatoon, con el que ganaron la liga de Irán en febrero para dejar una imagen histórica. La represión iraní contra su población había llegado a su punto más álgido. Aquello provocó otro silencio, esta vez sobre la tarima de campeonas, otro semblante serio. «Ser campeonas es un gran honor para nosotras y es el resultado de una temporada de duro trabajo, pero la verdad es que estos días tenemos el corazón encogido cuando nuestra gente llora la pérdida de sus seres queridos, es difícil ser feliz». La capitana del conjunto, Ramezanizadeh, publicó un vídeo donde se le ve levantando el trofeo y liderando esta protesta de labios sellados.

Últimas horas de urgencia y confusión

Con las cinco en un lugar secreto, el tiempo se acababa el martes para que sus compañeras hicieran lo mismo. Por la noche, la delegación tenía previsto volar a Kuala Lumpur desde Sídney. La contrarreloj se inició durante la mañana. La diáspora iraní se congregó en las inmediaciones del hotel de Gold Coast. La selección se dirigió al autobús y una de las jugadoras no quería avanzar. Una compañera tiraba de ella por la muñeca y otra la empujaba desde atrás mientras uno de los cuidadores le indicaba que debía dirigirse al colectivo.

La tensión aumentó entre los presentes. Los manifestantes bloquearon el autocar y la policía intervino. «¡Sálvenlas, no las dejen partir a Irán!». Algunas futbolistas lloraban. Fueron al aeropuerto y de ahí volaron a Sídney. Era la última esperanza. Otro autobús las esperaba a pie de pista para trasladarlas a la terminal. Cientos de manifestantes habían tomado el aeropuerto mientras exigían que no las dejaran volar. Algunas organizaciones urgían al Gobierno australiano que frenaran su partida argumentando que eran víctimas de tráfico de personas. Dentro del bus, varias jugadoras encendían y apagaban la linterna de sus celulares en un gesto que se interpretó como la enésima petición de auxilio.

Cuatro jugadoras de la selección iraní de fútbol femenino.

Cuatro jugadoras de la selección iraní de fútbol femenino.EFE / EPA

Una activista en Sídney confesó que una de las jugadoras decidió quedarse inicialmente, pero que cambió de opinión. Estaba asustada por la suerte que correría su familia en Irán. La manifestante quería a toda costa que la joven futbolista escuchara un mensaje que su propia madre había enviado a una iraní residente en la ciudad australiana. La consigna a su hija era clara: «No regreses, te matarán». Nunca pudo hacérselo llegar. «No sabemos realmente lo que está ocurriendo entre bastidores en Irán, pero lo único que sé es que [la jugadora] ha cambiado de decisión... y básicamente corrió hacia el avión en el último momento», afirmó a un medio local preocupada por la presión a la que fue sometida.

Arrepentimiento de una de las jugadoras

El aeropuerto se fue vaciando cuando la expedición pasó los controles de seguridad y migración. En aquel momento se produjo el último intento de las autoridades australianas para persuadir a las chicas. «Nos hemos reunido con todas a solas. Las que han querido, han hablado con sus familias, hemos hecho todo lo que hemos podido», confirmó a Crónica esa misma noche el ministro de Interior australiano. Expresó que dos personas más habían pedido asilo. Más tarde se supo que era una integrante de la comitiva, Zahra Soltan Meshkeh Kar, y otra jugadora, Mohaddeseh Zolfi (21). Nunca llegaron a subirse al autobús en Gold Coast. La joven centrocampista, sin embargo, cambió de opinión el miércoles, contactó con la embajada de Irán en Australia y la fueron a buscar al lugar secreto en el que estaba junto a sus compañeras. Con su seguridad comprometida, tuvieron que cambiarlas de ubicación.

Desde el régimen afirman que recibirán a su selección con los «brazos abiertos» y acusan a Australia de mantener a sus ciudadanas como «rehenes». Durante su escala en Kuala Lumpur, las jugadoras están convencidas de que serán premiadas a su regreso a Teherán. Mientras tanto, el secretismo rodea a las seis lejos del patíbulo en su nueva vida. Protegidas en libertad, con certezas e incertidumbres y, quizás, con menos miedos.