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Crónica

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Los que nunca regresaron de América: ancianos, vulnerable...
Cedida · 2026-05-27 · via Crónica

«Increíblemente, todavía encontramos cada poco a algún español perdido al que tenemos que rescatar», dice el presidente del Hogar Español de Ancianos de Montevideo, Fernando García. «La mitad de las entre 150 y 160 personas a las que nuestra institución presta cobertura son españoles y, a su vez, el 50% son personas que no tienen ni pensión ni recursos para hacer frente a la vejez, aunque a menudo su peor carencia es la afectiva».

García tiene 59 años, nació en Montevideo, está casado, tiene dos hijas —una médica y otra psicóloga— y trabaja en el gremio de la ortopedia. Es hijo de emigrantes de La Coruña. Su padre llegó al Río de la Plata en los sesenta y, antes que Fernando, fue varias veces presidente de esa institución.

«En el Hogar te encuentras con un mundo que incluso a mí me sorprendió», dice el uruguayo. «Desde el español que no tiene familia y que andaba por la calle hasta el que sí la tiene, pero ha sido abandonado. Luego, claro está, también hay españoles con familiares que cubren los costos del ingreso para que nos ocupemos de sus padres porque tenemos un equipo humano espectacular». La madre del presidente del Hogar Español de Ancianos de Montevideo falleció hace apenas dos semanas y hasta el día de su muerte vivía en el centro junto a su esposo, el padre de Fernando, que todavía sigue allí, «ingresado en las mismas condiciones que el resto».

«Es un lugar donde convergen españoles que a menudo se conocen desde hace 50 años. Te los encuentras en un salón pintando, jugando al dominó, saliendo al teatro, haciendo música o trabajando en la huerta. Si yo hubiera tenido que encerrar a mis padres en una casa, no hubieran disfrutado de esa vida social», presume.

Con 83 años, el gallego José es uno de los residentes en el Hogar Español de Anciano de Montevideo.

Con 83 años, el gallego José es uno de los residentes en el Hogar Español de Anciano de Montevideo.Cedida

Entre mediados del siglo XIX y las primeras décadas del XX, Uruguay fue uno de los destinos predilectos de la diáspora española al Río de la Plata. Era una emigración de comerciantes, artesanos, obreros, jornaleros y familias enteras que encontraron en Montevideo una ciudad portuaria y abierta.

La huella española no fue sólo demográfica. En 1853, un grupo de inmigrantes fundó la Asociación Española Primera de Socorros Mutuos, considerada la primera institución mutual uruguaya integrada por españoles y una de las grandes piezas del mutualismo en América. El propio García la presidía hasta hace meses. Esa red nació para algo concreto: que el español recién llegado, pobre o enfermo, no quedara solo al otro lado del Atlántico.

La segunda gran avalancha migratoria se produjo entre finales del siglo XIX y el primer tercio del XX. En Uruguay se asentaron especialmente gallegos, asturianos, castellanos y otros emigrantes del norte peninsular. De esa época procede la arquitectura comunitaria que todavía sobrevive: casas regionales, sociedades de socorros mutuos, hospitales, clubes, escuelas y hogares.

La última gran hornada de españoles es la de la posguerra y los años cuarenta y cincuenta. A esa generación pertenecen muchos de los españoles que hoy rondan entre los 85 y los 100 años en hogares como el que preside Fernando. La edad media de los internos es de 88 años.

«La otra vuelta fuimos a rescatar a uno de 85 años a un hospital público en una situación psiquiátrica muy deteriorada»

Saltaron el charco de niños o en su juventud; envejecieron uruguayos sin dejar de ser españoles; y en el último tramo de sus vidas, vuelven a depender de las instituciones que levantó la propia emigración.

Algunos terminaron en soledad. Otros han enviudado, han enfermado, han sido abandonados o han descubierto demasiado tarde que la emigración también podía desembocar en la sórdida habitación de una pensión, un hospital público o en la dura calle.

«La otra vuelta fuimos a rescatar a uno de 85 años a un hospital público en una situación psiquiátrica muy deteriorada», recuerda García. «No hace tampoco mucho nos llamaron de la Consejería de España porque se había personado en la puerta un español que venía del interior del país. Lo llevamos al centro».

El Hogar Español de Ancianos de Montevideo nació en abril de 1964 y, durante décadas, ha sido uno de los emblemas asistenciales de la colectividad. Hoy da cobertura integral a todos sus residentes: alojamiento, comida, lavandería, higiene, atención médica, actividades y acompañamiento.

Pero también el Hogar envejeció. Tras la pandemia, arrastraba una crisis económica que amenazaba con el cierre. En 2022, las autoridades españolas en Uruguay alertaron de la situación y la Asociación Española asumió la gestión para evitar que desapareciera.

España contribuye parcialmente al sostenimiento de este tipo de instituciones, aunque no las mantiene por completo. El Ministerio de Asuntos Exteriores dispone de una línea de ayudas para entidades que atienden a ciudadanos españoles en situación de necesidad fuera del país, y a esa arquitectura se suman, según cada caso, programas de comunidades autónomas, cabildos, ayuntamientos, sociedades de beneficencia, mutualidades históricas y recursos propios de las entidades.

La ayuda pública no explica por sí sola la supervivencia de estos hogares, pero sí ilumina una realidad casi invisible: todavía hay españoles pobres, enfermos o ancianos en América Latina cuya última red de protección depende de instituciones levantadas por la vieja emigración. Y esta red no solo se urdió en países como Uruguay o Argentina. Existen en Cuba, México, Chile o Brasil y también en destinos más próximos, como Marruecos, Francia o Portugal.

Uno de los ejemplos más notorios del modo en que esos colchones asistenciales han sobrevivido se halla en Venezuela, donde la emigración canaria se ha visto golpeada por la crisis económica del país y por el envejecimiento de una colectividad que durante décadas fue una de las grandes colonias españolas de América. Allí, el Gobierno de Canarias mantiene programas específicos de asistencia para isleños y sus descendientes. La convocatoria de 2026 prevé seleccionar a 6.291 beneficiarios de tarjetas de alimentos y a 4.033 beneficiarios de tarjetas de medicamentos, además de proporcionar prestaciones sanitarias para canarios mayores de 65 años que no perciban otras ayudas.

Venezuela y la gran huella canaria

Esa constelación de espacios aterriza, entre otros lugares, en el Hogar Canario Venezolano de Caracas, que no funciona como residencia sino como centro de día, punto de encuentro y plataforma de apoyo para mayores. José Ramón Arvelo, su presidente, conoce bien la historia por herencia familiar: es hijo de tinerfeños, nació en Caracas en 1971, vivió nueve años en Tenerife y finalmente regresó de nuevo a Venezuela. «Recibimos subsidios procedentes de los programas sociales del Gobierno canario y de España y estamos encantadísimos de recibir a nuestros adultos canarios», afirma.

El Hogar organiza actividades sociales, bingos, misas, rondallas, cartas y romerías, pero también canaliza asistencia médica periódica y ayuda a tramitar prestaciones. «El Gobierno de Canarias ha hecho un trabajo increíble», dice.

Según el responsable del Hogar Canario, «los que entran en estos programas sociales en Venezuela es porque tienen algún tipo de necesidad. A menudo es social y afectiva y vienen tres o cuatro veces al mes a recibir amor, compañía, amistad, ejercicios. Claro que si tienen algún problema, lo atendemos también».

El caso de Argentina es paradigmático porque no fue sólo otro destino de la emigración española, sino el gran desembarcadero americano. Y precisamente por eso, también allí se cuentan por cientos —si no por miles— los españoles que han llegado al final de su vida en situaciones vulnerables.

La envergadura de aquella emigración produjo una red inmensa de centros regionales, hospitales, mutuales y hogares; pero también dejó, décadas después, una vejez española dispersa por residencias, pensiones, casas familiares agotadas y asociaciones que siguen funcionando como último dique contra el abandono.

"Mismos problemas que los argentinos"

«En realidad, los españoles tienen los mismos problemas que los argentinos», asegura Gabriela Alabern, directora del Hogar Español de Rosario. «Llega una etapa de su vida en la que aparece un deterioro cognitivo o físico y ahora no es como antes porque la gente joven trabaja y no pueden hacerse cargo de sus padres. Muchos vienen por soledad; otros, por decisión propia o aconsejados y acompañados por sus familiares. Y no pocos también, por sus carencias económicas».

Alabern lleva 37 años trabajando en el Hogar. Es nieta de españoles y habla de la institución como de una casa. El centro no se limita a proporcionar un techo y una cama. Cuenta con talleres de memoria, laborterapia, gimnasia en piscina, canto, ordenadores, juegos, cine y visitas de centros españoles que llevan bailes, coros y fiestas regionales.

El Hogar Español de Rosario empezó a proyectarse en 1980 y fue inaugurado en 1982 como una asociación civil sin ánimo de lucro, de inspiración hispano-argentina, «sobre un predio de seis hectáreas donado por el Gobierno de la Nación Argentina».

Adela llegó a Argentina con 14 años desde Asturias, acompañada de sus padres. Cuando se quedó sola, encontró refugio en el Hogar de Mayores de Rosario.

Adela llegó a Argentina con 14 años desde Asturias, acompañada de sus padres. Cuando se quedó sola, encontró refugio en el Hogar de Mayores de Rosario.Cedida

Al principio estaba pensado sólo para españoles, pero con los años se abrió también a argentinos, hijos de españoles y personas que adquirieron la nacionalidad. Tiene una capacidad de 76 adultos y los españoles pagan de acuerdo con sus posibilidades. Solo una pequeña minoría cubre el coste completo.

La institución ha recibido apoyo de Madrid, incluido un subsidio en 2006 que permitió construir el área de dependientes, destinada a residentes de mucha edad, con movilidad muy reducida y necesidad de asistencia para comer.

Rosario fue una de esas ciudades donde la emigración no se limitó a dejar apellidos, sino edificios, colegios, hospitales, sociedades y centros regionales. «Hay un Consulado de España que, para colmo, cubre seis provincias del litoral argentino y ha dejado un legado realmente maravilloso», explica el presidente del Hogar Español de Rosario.

Gerardo Hernández Guillanes nació en Madrid, llegó a Argentina con cinco años y llegó a ser canciller del Consulado de España. Su familia paterna era de origen castellano y la materna, catalana. En su casa, además, convivieron de forma literal las dos Españas. «Mi padre vivía en Zamora y combatió por el bando nacional en el frente de Carabanchel. En cambio, mi madre era hija de un diputado republicano que pasó siete años en la cárcel. Una cosa tremenda».

Para muchos mayores españoles, el Hogar de Rosario ha sido un verdadero salvavidas. Y todos portan alguna vieja historia fascinante. Entre los internos en el centro de Rosario se halla, por ejemplo, Carmen Vidondo Abad. Su caso es singular porque nació en enero de 1931 dentro del Consulado de España en Rosario. Sus padres eran españoles y trabajaban allí como caseros, de modo que su vida empezó literalmente bajo techo consular