

















�Incre�blemente, todav�a encontramos cada poco a alg�n espa�ol perdido al que tenemos que rescatar�, dice el presidente del Hogar Espa�ol de Ancianos de Montevideo, Fernando Garc�a. �La mitad de las entre 150 y 160 personas a las que nuestra instituci�n presta cobertura son espa�oles y, a su vez, el 50% son personas que no tienen ni pensi�n ni recursos para hacer frente a la vejez, aunque a menudo su peor carencia es la afectiva�.
Garc�a tiene 59 a�os, naci� en Montevideo, est� casado, tiene dos hijas —una m�dica y otra psic�loga— y trabaja en el gremio de la ortopedia. Es hijo de emigrantes de La Coru�a. Su padre lleg� al R�o de la Plata en los sesenta y, antes que Fernando, fue varias veces presidente de esa instituci�n.
�En el Hogar te encuentras con un mundo que incluso a m� me sorprendi�, dice el uruguayo. �Desde el espa�ol que no tiene familia y que andaba por la calle hasta el que s� la tiene, pero ha sido abandonado. Luego, claro est�, tambi�n hay espa�oles con familiares que cubren los costos del ingreso para que nos ocupemos de sus padres porque tenemos un equipo humano espectacular�. La madre del presidente del Hogar Espa�ol de Ancianos de Montevideo falleci� hace apenas dos semanas y hasta el d�a de su muerte viv�a en el centro junto a su esposo, el padre de Fernando, que todav�a sigue all�, �ingresado en las mismas condiciones que el resto�.
�Es un lugar donde convergen espa�oles que a menudo se conocen desde hace 50 a�os. Te los encuentras en un sal�n pintando, jugando al domin�, saliendo al teatro, haciendo m�sica o trabajando en la huerta. Si yo hubiera tenido que encerrar a mis padres en una casa, no hubieran disfrutado de esa vida social�, presume.

Con 83 a�os, el gallego Jos� es uno de los residentes en el Hogar Espa�ol de Anciano de Montevideo.Cedida
Entre mediados del siglo XIX y las primeras d�cadas del XX, Uruguay fue uno de los destinos predilectos de la di�spora espa�ola al R�o de la Plata. Era una emigraci�n de comerciantes, artesanos, obreros, jornaleros y familias enteras que encontraron en Montevideo una ciudad portuaria y abierta.
La huella espa�ola no fue s�lo demogr�fica. En 1853, un grupo de inmigrantes fund� la Asociaci�n Espa�ola Primera de Socorros Mutuos, considerada la primera instituci�n mutual uruguaya integrada por espa�oles y una de las grandes piezas del mutualismo en Am�rica. El propio Garc�a la presid�a hasta hace meses. Esa red naci� para algo concreto: que el espa�ol reci�n llegado, pobre o enfermo, no quedara solo al otro lado del Atl�ntico.
La segunda gran avalancha migratoria se produjo entre finales del siglo XIX y el primer tercio del XX. En Uruguay se asentaron especialmente gallegos, asturianos, castellanos y otros emigrantes del norte peninsular. De esa �poca procede la arquitectura comunitaria que todav�a sobrevive: casas regionales, sociedades de socorros mutuos, hospitales, clubes, escuelas y hogares.
La �ltima gran hornada de espa�oles es la de la posguerra y los a�os cuarenta y cincuenta. A esa generaci�n pertenecen muchos de los espa�oles que hoy rondan entre los 85 y los 100 a�os en hogares como el que preside Fernando. La edad media de los internos es de 88 a�os.
�La otra vuelta fuimos a rescatar a uno de 85 a�os a un hospital p�blico en una situaci�n psiqui�trica muy deteriorada�
Saltaron el charco de ni�os o en su juventud; envejecieron uruguayos sin dejar de ser espa�oles; y en el �ltimo tramo de sus vidas, vuelven a depender de las instituciones que levant� la propia emigraci�n.
Algunos terminaron en soledad. Otros han enviudado, han enfermado, han sido abandonados o han descubierto demasiado tarde que la emigraci�n tambi�n pod�a desembocar en la s�rdida habitaci�n de una pensi�n, un hospital p�blico o en la dura calle.
�La otra vuelta fuimos a rescatar a uno de 85 a�os a un hospital p�blico en una situaci�n psiqui�trica muy deteriorada�, recuerda Garc�a. �No hace tampoco mucho nos llamaron de la Consejer�a de Espa�a porque se hab�a personado en la puerta un espa�ol que ven�a del interior del pa�s. Lo llevamos al centro�.
El Hogar Espa�ol de Ancianos de Montevideo naci� en abril de 1964 y, durante d�cadas, ha sido uno de los emblemas asistenciales de la colectividad. Hoy da cobertura integral a todos sus residentes: alojamiento, comida, lavander�a, higiene, atenci�n m�dica, actividades y acompa�amiento.
Pero tambi�n el Hogar envejeci�. Tras la pandemia, arrastraba una crisis econ�mica que amenazaba con el cierre. En 2022, las autoridades espa�olas en Uruguay alertaron de la situaci�n y la Asociaci�n Espa�ola asumi� la gesti�n para evitar que desapareciera.
Espa�a contribuye parcialmente al sostenimiento de este tipo de instituciones, aunque no las mantiene por completo. El Ministerio de Asuntos Exteriores dispone de una l�nea de ayudas para entidades que atienden a ciudadanos espa�oles en situaci�n de necesidad fuera del pa�s, y a esa arquitectura se suman, seg�n cada caso, programas de comunidades aut�nomas, cabildos, ayuntamientos, sociedades de beneficencia, mutualidades hist�ricas y recursos propios de las entidades.
La ayuda p�blica no explica por s� sola la supervivencia de estos hogares, pero s� ilumina una realidad casi invisible: todav�a hay espa�oles pobres, enfermos o ancianos en Am�rica Latina cuya �ltima red de protecci�n depende de instituciones levantadas por la vieja emigraci�n. Y esta red no solo se urdi� en pa�ses como Uruguay o Argentina. Existen en Cuba, M�xico, Chile o Brasil y tambi�n en destinos m�s pr�ximos, como Marruecos, Francia o Portugal.
Uno de los ejemplos m�s notorios del modo en que esos colchones asistenciales han sobrevivido se halla en Venezuela, donde la emigraci�n canaria se ha visto golpeada por la crisis econ�mica del pa�s y por el envejecimiento de una colectividad que durante d�cadas fue una de las grandes colonias espa�olas de Am�rica. All�, el Gobierno de Canarias mantiene programas espec�ficos de asistencia para isle�os y sus descendientes. La convocatoria de 2026 prev� seleccionar a 6.291 beneficiarios de tarjetas de alimentos y a 4.033 beneficiarios de tarjetas de medicamentos, adem�s de proporcionar prestaciones sanitarias para canarios mayores de 65 a�os que no perciban otras ayudas.
Esa constelaci�n de espacios aterriza, entre otros lugares, en el Hogar Canario Venezolano de Caracas, que no funciona como residencia sino como centro de d�a, punto de encuentro y plataforma de apoyo para mayores. Jos� Ram�n Arvelo, su presidente, conoce bien la historia por herencia familiar: es hijo de tinerfe�os, naci� en Caracas en 1971, vivi� nueve a�os en Tenerife y finalmente regres� de nuevo a Venezuela. �Recibimos subsidios procedentes de los programas sociales del Gobierno canario y de Espa�a y estamos encantad�simos de recibir a nuestros adultos canarios�, afirma.
El Hogar organiza actividades sociales, bingos, misas, rondallas, cartas y romer�as, pero tambi�n canaliza asistencia m�dica peri�dica y ayuda a tramitar prestaciones. �El Gobierno de Canarias ha hecho un trabajo incre�ble�, dice.
Seg�n el responsable del Hogar Canario, �los que entran en estos programas sociales en Venezuela es porque tienen alg�n tipo de necesidad. A menudo es social y afectiva y vienen tres o cuatro veces al mes a recibir amor, compa��a, amistad, ejercicios. Claro que si tienen alg�n problema, lo atendemos tambi�n�.
El caso de Argentina es paradigm�tico porque no fue s�lo otro destino de la emigraci�n espa�ola, sino el gran desembarcadero americano. Y precisamente por eso, tambi�n all� se cuentan por cientos —si no por miles— los espa�oles que han llegado al final de su vida en situaciones vulnerables.
La envergadura de aquella emigraci�n produjo una red inmensa de centros regionales, hospitales, mutuales y hogares; pero tambi�n dej�, d�cadas despu�s, una vejez espa�ola dispersa por residencias, pensiones, casas familiares agotadas y asociaciones que siguen funcionando como �ltimo dique contra el abandono.
�En realidad, los espa�oles tienen los mismos problemas que los argentinos�, asegura Gabriela Alabern, directora del Hogar Espa�ol de Rosario. �Llega una etapa de su vida en la que aparece un deterioro cognitivo o f�sico y ahora no es como antes porque la gente joven trabaja y no pueden hacerse cargo de sus padres. Muchos vienen por soledad; otros, por decisi�n propia o aconsejados y acompa�ados por sus familiares. Y no pocos tambi�n, por sus carencias econ�micas�.
Alabern lleva 37 a�os trabajando en el Hogar. Es nieta de espa�oles y habla de la instituci�n como de una casa. El centro no se limita a proporcionar un techo y una cama. Cuenta con talleres de memoria, laborterapia, gimnasia en piscina, canto, ordenadores, juegos, cine y visitas de centros espa�oles que llevan bailes, coros y fiestas regionales.
El Hogar Espa�ol de Rosario empez� a proyectarse en 1980 y fue inaugurado en 1982 como una asociaci�n civil sin �nimo de lucro, de inspiraci�n hispano-argentina, �sobre un predio de seis hect�reas donado por el Gobierno de la Naci�n Argentina�.

Adela lleg� a Argentina con 14 a�os desde Asturias, acompa�ada de sus padres. Cuando se qued� sola, encontr� refugio en el Hogar de Mayores de Rosario.Cedida
Al principio estaba pensado s�lo para espa�oles, pero con los a�os se abri� tambi�n a argentinos, hijos de espa�oles y personas que adquirieron la nacionalidad. Tiene una capacidad de 76 adultos y los espa�oles pagan de acuerdo con sus posibilidades. Solo una peque�a minor�a cubre el coste completo.
La instituci�n ha recibido apoyo de Madrid, incluido un subsidio en 2006 que permiti� construir el �rea de dependientes, destinada a residentes de mucha edad, con movilidad muy reducida y necesidad de asistencia para comer.
Rosario fue una de esas ciudades donde la emigraci�n no se limit� a dejar apellidos, sino edificios, colegios, hospitales, sociedades y centros regionales. �Hay un Consulado de Espa�a que, para colmo, cubre seis provincias del litoral argentino y ha dejado un legado realmente maravilloso�, explica el presidente del Hogar Espa�ol de Rosario.
Gerardo Hern�ndez Guillanes naci� en Madrid, lleg� a Argentina con cinco a�os y lleg� a ser canciller del Consulado de Espa�a. Su familia paterna era de origen castellano y la materna, catalana. En su casa, adem�s, convivieron de forma literal las dos Espa�as. �Mi padre viv�a en Zamora y combati� por el bando nacional en el frente de Carabanchel. En cambio, mi madre era hija de un diputado republicano que pas� siete a�os en la c�rcel. Una cosa tremenda�.
Para muchos mayores espa�oles, el Hogar de Rosario ha sido un verdadero salvavidas. Y todos portan alguna vieja historia fascinante. Entre los internos en el centro de Rosario se halla, por ejemplo, Carmen Vidondo Abad. Su caso es singular porque naci� en enero de 1931 dentro del Consulado de Espa�a en Rosario. Sus padres eran espa�oles y trabajaban all� como caseros, de modo que su vida empez� literalmente bajo techo consular
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