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En el Distrito 3 del mayor bazar del planeta, el Mundial ya ha empezado, aunque todavía no haya comenzado a rodar el balón en Norteamérica. Entre pasillos interminables, hileras infinitas de luces fluorescentes y carteles en árabe, ruso, inglés y español, las selecciones compiten por un espacio en las estanterías.
En uno de los puestos abarrotados de mercancía futbolística, una bandera de España cuelga junto a otra de Argentina. Al lado, cientos de balones apilados en columnas perfectamente ordenadas forman una pared multicolor. Más allá, réplicas de todos los tamaños de la copa que levantará el campeón y bufandas de México, Canadá y Estados Unidos, los tres anfitriones de la competición.
"A finales del año pasado llenamos varios contenedores con miles de balones que acabaron repartidos por medio mundo", cuenta el español Jaime Horvilleur, un agente compras que lleva 16 años viviendo en Yiwu, una ciudad al este de China absorbida por el mercado mayorista de productos básicos más grande del mundo. Desde aquí han salido buena parte de los balones, banderas, bufandas y recuerdos que acompañarán al Mundial que arranca el 11 de junio.

El agente de compras Jaime Horvilleur en el mercado de Yiwu.Lucas de la Cal
Horvilleur (36 años), fundador de la empresa Sinergia Trading, ejerce de guía para Crónica a través de este gigantesco laberinto comercial con más de 75.000 puestos, donde compradores llegados de todos los continentes llegan en busca de cualquier producto imaginable.
"Si un cliente de Argentina necesita varios contenedores de balones o banderas para el Mundial, nosotros se los organizamos. Si un importador francés quiere llenar sus tiendas de espumillón para la campaña de Navidad, también. Y si una cadena de supermercados de España nos pide un millón de palas de playa para el verano, buscamos el fabricante adecuado, supervisamos la producción, comprobamos la calidad y nos encargamos de que la mercancía llegue al puerto y embarque rumbo a destino", explica.
La oficina de Horvilleur se encuentra en uno de los modernos rascacielos que se han levantado en Yiwu en los últimos años alrededor del mercado. "Han pasado cuatros años desde Qatar y seguimos vendiendo más productos de Messi que de cualquier otro jugador", dice Zhang, una joven dependienta que vende cajas llenas de muñecos del astro argentino. En otro de los puestos, dos comprados de Arabia Saudí negocian el precio de miles de banderas.
Según cifras de la Asociación de Artículos Deportivos de Yiwu, la ciudad concentra alrededor del 70% de la producción mundial de mercancías relacionadas con el Mundial. Chen Guoqiang, otro comerciante, explica que en la sección de deportes del mercado llevan más de ocho meses trabajando exclusivamente para la competición. En su escaparate hay varias falsificaciones de la equipación de España. De lo que no hay rastro en su tienda es de camisetas de la selección de China. "Fabricamos casi todos recuerdos del Mundial, pero luego tenemos que ver el torneo por televisión", afirma.

Un comerciante de Yiwu con una falsificación de España.Lucas de la Cal
El gigante asiático domina la cadena global del negocio futbolístico. Lo que sigue sin conseguir es formar un equipo nacional capaz de estar presente sobre el césped desde Corea y Japón de 2002. La ampliación de este Mundial de 32 a 48 equipos parecía una oportunidad histórica para el segundo país más poblado del mundo. Asia pasó de tener cuatro plazas directas a ocho. Sobre el papel, la clasificación debía ser más accesible que nunca. Pero China ni siquiera llegó a las últimas rondas decisivas. Terminó por detrás de selecciones como Omán, Indonesia o Palestina.
El fútbol es una de las mayores frustraciones del presidente Xi Jinping, quien llegó a convertir el desarrollo futbolístico en una prioridad nacional. Fue en 2015 cuando se presentó un ambicioso plan de reformas. Empresas chinas compraron clubes europeos. La Superliga atrajo a estrellas internacionales como Oscar, Hulk, Carlos Tévez, Paulinho o Yannick Carrasco. Los salarios superaban a los de Europa. Algunos directivos de la Premier League llegaron a temer que China se convirtiera en un competidor serio para el mercado futbolístico global.
Pero la burbuja explotó. Las deudas crecieron, la crisis inmobiliaria golpeó a muchos propietarios de clubes y llegaron restricciones salariales. La pandemia aceleró el deterioro. Y después aparecieron los escándalos de corrupción, amaños y apuestas ilegales. Mientras ciudades como Yiwu crecieron gracias a miles de comerciantes tomando decisiones desde abajo, adaptándose constantemente al mercado y respondiendo a la demanda real, el fútbol chino avanzó en dirección contraria: desde arriba hacia abajo.
"Es una vergüenza que China no esté en el Mundial", se queja otro de los comerciantes del Distrito 3 de un mercado que recibe a unos 220.000 visitantes diarios. Un lugar tan gigantesco que recorrerlo entero llevaría varios días. Los puestos funcionan más como interfaces que como tiendas de venta directa; escaparates de una inmensa red de pequeñas fábricas repartidas por toda la región.
Un comprador entra, elige una muestra y negocia el precio. Horas después, la maquinaria industrial comienza a moverse. Ese es el verdadero secreto de Yiwu. Mientras Occidente suele asociar la industria china con enormes complejos manufactureros, Yiwu prospera gracias a una red descentralizada de miles de pequeñas y medianas empresas extremadamente flexibles.
"Cada zona desarrolla una especialidad", explica español Horvilleur. "La vecina Datang produce cerca de un tercio de los calcetines del mundo. Otra localidad próxima, Qiaotou, fabrica la inmensa mayoría de botones y cremalleras. Y Wenzhou domina la producción de encendedores. Cuando llega un pedido, regiones enteras se ponen en marcha. El resultado es una velocidad de reacción difícil de igualar".
Los comerciantes de Yiwu recuerdan con orgullo cómo, apenas unas horas después del intento de asesinato contra Donald Trump durante la campaña electoral estadounidense, ya circulaban camisetas con la imagen del entonces candidato levantando el puño ensangrentado. El mercado detecta una tendencia global y la convierte en mercancía casi instantáneamente.
Lo mismo ocurre con el Mundial. A miles de kilómetros de los estadios de Dallas, Los Ángeles o Ciudad de México, los comerciantes de Yiwu comenzaron a fabricar recuerdos mundialistas cuando todavía faltaban muchos meses para conocer todos los equipos clasificados.

Una tienda del mercado de Yiwu.Lucas de la Cal
Antes de convertirse en una potencia exportadora, Yiwu era conocida por una práctica popular llamada "plumas de gallina por azúcar". Durante décadas, campesinos de la región recorrían aldeas intercambiando pequeñas cantidades de azúcar moreno por plumas utilizadas como fertilizante. Era un comercio minúsculo, casi insignificante, nacido de la pobreza rural.
Cuando China inició las reformas económicas tras la muerte de Mao Zedong, aquella tradición comercial se transformó en una oportunidad. En 1982 abrió el primer mercado de productos básicos de Yiwu. Nadie podía imaginar entonces que aquel experimento acabaría convirtiéndose en uno de los mayores centros comerciales del planeta.
La entrada de China en la Organización Mundial del Comercio en 2001 disparó el crecimiento de la ciudad. "Los comerciantes locales entendieron algo fundamental: no podían competir en tecnología avanzada ni en productos sofisticados, pero sí en velocidad, precio y capacidad de adaptación", detalla Horvilleur. "Yiwu entonces se especializó en lo aparentemente banal: adornos navideños, juguetes, bisutería, artículos promocionales, productos de papelería, souvenirs deportivos".
El modelo funcionó. Hoy, casi 600.000 contenedores salen cada año de Yiwu rumbo a más de 200 países. Y más del 80% de los adornos navideños que se venden en el mundo tienen algún vínculo con esta ciudad. Por eso, para muchos economistas, Yiwu funciona como un termómetro del comercio global. Cuando aumentan los pedidos aquí, suele significar que el consumo mundial también se está acelerando. El Mundial de 2026 ha vuelto a confirmarlo.
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