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Crónica

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El Mundo
Manuel Nieto · 2026-06-21 · via Crónica

Un Madrid secreto cobra vida en las madrugadas. Es el de las comunidades de latinoamericanos que peregrinan hacia los bares que los reciben a deshoras para ver a sus selecciones. Mientras la ciudad duerme, en estos reductos clandestinos se cantan himnos nacionales con fervor, se bebe, se festeja, se sufre y se baila. Y luego, a esperar que abra el Metro e ir a trabajar de empalme... Con la amargura de una derrota o la emoción de un hattrick de leyenda. Es la magia intacta del Mundial, pibe, botija, bro, tío, chama, wey: ningún evento moviliza así las almas.

El show de México

Tacos, quesadillas, tamalitos y Coronas son los protagonistas. Es un show gastronómico con «el juego» de fondo. En la ceremonia inaugural hay abucheos a la bandera de Estados Unidos. Y a la hora del himno, nadie se queda en su silla: «Mexicanos, al grito de guerra / el acero aprestad y el bridón / y retiemble en sus centros la tierra / al sonoro rugir del cañón».

Y el cañón no tarda en rugir: en el minuto 9, los 70 mexicanos que pueblan el restaurante «La leyenda del Ágave», en Salamanca, saltan para festejar el 1 a 0. Las familias y grupos de amigos dejan por un momento sus tortillas para abrazarse con sus camisetas verdes. Alguno, con sombrero de charro, se anima al grito de mariachi: ¡ay, ay, ay! Es tan agudo como se pueda imaginar, y quizás más. Muchos, móvil en mano, registran el momento.

Para el pueblo mexicano primero están los tacos y de fondo queda "el juego". Sonaron rancheras y mariachis en la victoria ante Sudáfrica del partido inaugural que se vivió en un restaurante del barrio de Salamanca.

Para el pueblo mexicano primero están los tacos y de fondo queda "el juego". Sonaron rancheras y mariachis en la victoria ante Sudáfrica del partido inaugural que se vivió en un restaurante del barrio de Salamanca.

Con el partido bajo control, el banquete continúa, con poca atención a la falta de profundidad del «Tri» ante un rival tan menor como los sudafricanos. En el entretiempo, sigue el clima de fiesta: desde un altavoz enorme emergen rancheras y mariachis. Con ese clima se vive el complemento. La actuación en el campo no conforma, pero no les roba la ilusión a las chicas y los muchachos. Contentos, sueñan con pasar el techo de los octavos, y se preguntan cómo se sentiría festejar lejos de casa.

El encanto guaraní

Los murmullos en castellano se mezclan con otro idioma extraño: no es el inglés ni el alemán de los «guiris» que también frecuentan los bares deportivos del centro de Madrid; es el guaraní, la lengua indígena que los paraguayos conservan y hablan a la par del español. Decir «las» paraguayas sería más justo: en un salón con más de 50 personas, la gran mayoría son chicas. Llevan sus camisetas y banderas rojas, blancas y azules, y le agregan el detalle fashion de las rayitas pintadas en la cara.

El desbalance de género recuerda a la trágica historia de la guerra del siglo XIX en que la «Triple Alianza» militar de Brasil, Argentina y Uruguay arrasó con el entonces pujante e industrialista Paraguay. Fue una catástrofe humanitaria: murió entre el 60% y el 80% de la población adulta masculina y a los niños los mandaban al frente con barbas dibujadas. Esa desgracia de la historia moldeó por décadas una sociedad con muchas más mujeres que hombres, en la que incluso se aceptó la poligamia.

Este domingo en la madrugada, la agresión contra la ilusión paraguaya no la comanda el General Bartolomé Mitre sino su compatriota Mauricio Pochettino, que lleva a Estados Unidos a pasar por arriba a la albirroja. La espera para volver a verse en un mundial duró 16 años. Aquella participación en Sudáfrica 2010 aparece como un recuerdo borroso de infancia para muchas de las aficionadas que ahora disfrutan sus fernet con Coca-cola. El globo se pincha rápido con un gol en contra y el dominio del equipo local es total. El partido se ve en silencio con dientes apretados, y algunos gritos e insultos aislados, como el estilo tosco y aguerrido del fútbol paraguayo.

En el único bar deportivo abierto que daba el partido ante Estados Unidos, las protagonistas fueron las mujeres paraguayas, que colmaron la sala. Sufrieron una dura derrota con el anfitrión, pero exhibieron sus colores con orgullo guaraní.

En el único bar deportivo abierto que daba el partido ante Estados Unidos, las protagonistas fueron las mujeres paraguayas, que colmaron la sala. Sufrieron una dura derrota con el anfitrión, pero exhibieron sus colores con orgullo guaraní.

El mal trago se digiere durante los 90 minutos. Para las 5 am, algunos se van cabizbajos y otros tienen cuerda para un rato más, en una pizzería o en un McDonald`s, como el grupo que conforman una ingeniera ambiental que cuida niños a la espera de sus papeles, un trabajador gastronómico y una chica rubia que tiene un invitado especial: un inglés que vino a Madrid para ver a Bad Bunny y terminó conquistado por el encanto guaraní. Sobre las últimas cervezas, los más futboleros empiezan a levantar la moral: Turquía y Australia serán dos oportunidades de oro para meterse en el cuadro eliminatorio: «Estamos acostumbrados a resistir, está en nuestro ADN».

Garra e intensidad charrúa

La primavera seca y asfixiante de Madrid abre un paréntesis y brinda una ligera lluvia antes de la medianoche, en la previa del debut mundialista de Uruguay ante Arabia Saudí. Corre un aire húmedo como en el Río de la Plata cuando amenaza la Sudestada. Parece viento de cola para los charrúas madrileños, que esta tarde vieron el empate ante Cabo Verde de la poderosa España a la que emigraron. Están ilusionados con ganar su grupo y revivir alguna de las viejas epopeyas que le permiten contar cuatro polémicas estrellas en su escudo.

La cita es a la medianoche en Zoe, una discoteca de Ríos Rosas que aprovecha las pantallas en las que los fines de semana pasa reguetón para sintonizar Dazn. Una pequeña marea celeste va llegando en procesión: las camisetas actuales de Valverde conviven con las de Peñarol y Nacional, y con las nostálgicas de Luis Suárez, Sebastián «El Loco» Abreu y Álvaro «El Chino» Recoba; también con las pelucas de rulos turquesas que portan Jorge Cerdeña y Lucía Sellanes, matrimonio de montevideanos que está en Madrid hace siete años.

Son 80, sobre un total de 8.000 uruguayos en Madrid. Vienen familias, parejas, grupos de treintañeros y hasta «botijas» de 20 años, caras nuevas que desconciertan a Daniel, organizador del evento y dueño de la FM Onda del Plata, quien vive hace 35 años en la ciudad. Daniel confía en la victoria, espera dos goles.

Jorge Cerdeña y Lucía Sellanes, matrimonio de montevideanos que está en Madrid hace siete años.

Jorge Cerdeña y Lucía Sellanes, matrimonio de montevideanos que está en Madrid hace siete años.

Para muchos pueblos, el fútbol es alegría; para el pueblo uruguayo, no, de ninguna manera. El partido se sufre: se sigue con intensidad cada pelota, se insulta a los rivales, se reclaman amarillas, se festeja un lateral en la mitad del campo. «Vamo arriba la Celeste», «Dale Uruguay nomá», dicen las arengas, aunque los primeros minutos son soporíferos. Arabia se anima y a los 41 minutos llega un gol que hace caer los hombros charrúas. «Es que estamos pajeros, bo. Tenemos que atacar, viejo pajero», le reprocha un hincha a Bielsa, al que la transmisión poncha sentado en su neverita, con la mirada perdida.

Daniel pone unas cumbias en el entretiempo, pero no hay ánimo para bailar. La palabra «velorio» se escucha en el círculo de fumadores que tienen sus banderas al hombro en la puerta de Zoe. Para el segundo tiempo, los que no tienen asiento en el VIP, aceptan desplomarse en la pista de la discoteca. Las luces azules y rojas siguen su trabajoso movimiento, como los semáforos en la calle vacía, e iluminan con su láser los blancos rostros preocupados.

Pero el equipo reacciona y se reaniman los alaridos. Toda esa inquietud estalla a los 80 minutos, con un grito de gol que es pura bronca, puro desahogo, puro Uruguay. Un grito de guerra como el de los Treinta y Tres Orientales que en 1825 cruzaron el Río Uruguay y desembarcaron en la Banda Oriental para pelear por la independencia de su nación ante Brasil. «Ahora los vamos a cagar a centros», anticipa uno de los más entusiastas, de pie y móvil en mano con la cámara abierta para grabar el festejo de un segundo gol que nunca llega a pesar de que Valverde y compañía arrinconan a los del desierto. Termina el partido y la desconcentración es rápida y con sensaciones encontradas. Lo resume un joven: «Nacimos para sufrir, bo».

Lágrimas argentinas por Messi

En al menos tres discotecas de Madrid hay convocatoria para ver a la Selección Argentina. El horario de las 3 am es matador: no funciona el Metro ni a la ida ni a la vuelta. Las jornadas laborales del miércoles se anticipan complicadas. Pero no piensa en eso la plaga de trasnochadores que camina la ciudad con sus camisetas celestes y blancas, sus banderas de las Malvinas, sus tatuajes de las tres estrellas, sus vasos «viajeros» de fernet.

En Zoe, la discoteca en la que 24 horas antes había unos uruguayos uniformemente uruguayos, ahora el grupo es más variopinto. Un cuarentón porteño de la hinchada de Huracán que, con camiseta de Maradona, insulta a Messi; una artista plástica mendocina con su hija que estudia interpretación; un cerrajero de Corrientes, también con su hija, que admite que resistió con sus banderas maradonianas hasta que tuvo que aceptar que Messi es el mejor de la historia; un joven socorrista que llegó a hacer la temporada en una piscina de Pozuelo de Alarcón; dos hermanos paraguayos; un youtuber venezolano; tres amigos israelíes, de padres argentinos, del mítico barrio porteño de Once, donde comparten mates y asados los judíos, árabes, coreanos, peruanos, «tanos» y «gallegos».

El de la camiseta de Maradona es el agitador profesional de la jornada. Grita «viva Perón», le lanza a una amenaza a otro que le contesta «aguante Milei», y hasta sospecha de evasores fiscales a los aficionados albicelestes que la transmisión muestra en la tribuna de Kansas City; «Pagá los impuestos, la concha de tu madre», les pide.

Los tres goles de Messi se vivieron con euforia y emotividad en el variopinto grupo de argentinos que se reunió en la discoteca Zoe. También hubo lugar para las discusiones políticas sobre Milei.

Los tres goles de Messi se vivieron con euforia y emotividad en el variopinto grupo de argentinos que se reunió en la discoteca Zoe. También hubo lugar para las discusiones políticas sobre Milei.

El resto sigue los primeros minutos con nerviosismo y siente un pequeño abismo con el 1 a 0 de Argelia que finalmente anula el VAR. Pero el primer gol de Messi desata la locura: todos se abrazan con todos, uno corre por la pista de la disco, exclaman «no se puede creer, no se puede creer». Y en los dos gritos siguientes, con la victoria ya asegurada, en lugar de decaer el entusiasmo, la exaltación crece.

A más de uno, después de la euforia, le llega la emoción, con ojos empañados como los de Lionel en el campo. Son 20 años de la Generación Messi. La gran mayoría de los migrantes que participan de esta reunión clandestina en las cloacas de Madrid eran adolescentes, niños o incluso no habían nacido en la vieja Argentina de 2006 cuando Lionel despuntaba para marcar en Alemania su primer gol mundialista. Fue ante Serbia y Montenegro, un país que ya no existe más, como no existen los asados ni las medialunas de manteca en esta España de 2026. Pero Lionel sigue existiendo en todas estas vidas que transformó con su fútbol. Con su hattrick de semi cuarentón canta con Gardel que «20 años no es nada» y escribe junto a Borges: «El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego».

El goce reguetonero de los colombianos

El pueblo colombiano sabe gozar. A los grupos de amigos y las parejas que llenan el céntrico y coqueto bar «La Santa» no parece pesarles la espera hasta las 4 am para ver el debut cafetero ante Uzbekistán. La barra se queda sin las cervezas que incluye la entrada de 20 euros, pero no hay problema porque se puede beber ron a morro. No aguantan demasiado tiempo sentados porque hay reguetones que solo se pueden apreciar bailando. La que dice «Mami, prenda la radio, encienda la tele/ y no me molesten que hoy juega La Sele» es la única que compite en intensidad con el himno.

A los colombianos no les pesó la espera hasta las 4 am: fue una vigilia a puro reguetón y ron a morro. Tras la victoria, la  fiesta siguió. Los de amarillo eran los únicos sonrientes entre los madrugadores del Metro.

A los colombianos no les pesó la espera hasta las 4 am: fue una vigilia a puro reguetón y ron a morro. Tras la victoria, la fiesta siguió. Los de amarillo eran los únicos sonrientes entre los madrugadores del Metro.

Comienza a verse el partido en las tres pantallas y la música es reemplazada por la transmisión de Dazn. Hay quejas sobre los narradores españoles, más interesados en exhibir su erudición sobre el debutante equipo uzbeko que en seguir a una Colombia que llega a este Mundial con altas expectativas. Por eso se grita con el alma la apertura del marcador y se sufre como una cuchillada el empate. El mal trago dura poco y «La Sele» vuelve a ponerse arriba antes que termine el primer tiempo. Así que hay más copas y reguetones en el descanso, y la fiesta seguirá con el sol ya asomando luego del 3 a 1. Las camisetas amarillas terminarán distribuidas en el Metro entre los madrugadores que van a la oficina. No los distingue solo la equipación: son los únicos sonrientes en el rutinario Madrid del jueves a las seis de la mañana.