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La alcantarilla se yergue para recordar. El descenso se hace con papeles de periódico, unos que acumulan obituarios de quienes quisieron a Raúl, y unas velas en la mochila. Antes de entrar, los poceros tienen que medir la concentración de gases. Lo hacen ellos siempre. Para no morir bajando a lo que Del Pozo denominó «las entrañas de Madrid». También está una copia impresa de ese reportaje iniciático, el de su consagración, titulado «¡Guerra a las ratas!», tantas veces citado, tan difícil de acceder desde su publicación el 21 de abril de 1966. Los «mineros de la ciudad» retornan así a esos «pasadizos dantescos de la infraciudad» para un homenaje donde todo comenzó –periodísticamente– para Raúl del Pozo.
Se asoman los seis obreros que permiten que sigamos teniendo salud. Sí, estos hombres permiten que esa red subterránea fluya repleta de nuestros restos. La alcantarilla está en plena Castellana. Raúl se metió por la calle Duque de Rivas, a 300 metros de la Plaza Mayor. Son dos epicentros de una urbe de 3,5 millones de habitantes. Del Pozo bajó para contar sobre el intento de aniquilar a tres millones de ratas. Entonces una cifra superior a la población de la capital. Su texto final, de 877 palabras, impreso cuando él tenía 29 años, se convirtió en fundacional.

El reportaje '¡¡Guerra a las ratas!' fue publicado en «Pueblo», el 21 de abril de 1966, en la página 12.
Eran los tiempos en que el Nuevo Periodismo de Capote, Wolfe y Talese daba sus primeros zarpazos. A sangre fría se publicó, en inglés, en ese mismo 1966. The Electric Kool-Aid Acid Test, dos años más tarde. El género gonzo escucha el pistoletazo de salida con El Derby de Kentucky es decadente y depravado, de Hunter S. Thompson, en 1970. Algo de especial hubo y existe en ese texto de un veinteañero castellano-manchego. Es testigo y protagonista. Lo escribe en primera persona del plural. Pisa los cadáveres envenenados. Huele y habla del hedor. Del arriba y abajo, del cielo y el averno donde se encontraba.
No es siquiera su primer texto en Pueblo, aunque se alimentara esa leyenda de quien previamente había sido docente rural en su terruño y tahúr en Barcelona. Un año antes, a los 28, lo había intentado con una entrevista exclusiva a Azorín. «No me gusta pensar en la muerte», destacaba en el titular. Daba pinceladas de una pluma que había bebido la misma tinta que Valle-Inclán y Quevedo. Había ambición y estilo. «Las puertas, como las tapas de un libro, se han abierto. El maestro nos ha ofrecido la mano de huesos de pájaro, violeta de puro descarnada, y ha vuelto a hablar». De maestro a futuro maestro, de Azorín a Del Pozo. Era 14 de agosto de 1965. Bello más no decisivo. Contar la labor de esos «guerrilleros anónimos» de las alcantarillas sí fue su gran gol, como el de Maradona contra Inglaterra. Sin balón, con palabras.

Con una cuadrilla de poceros, bajamos a lo que llamaba "los pasadizos dantescos de la infraciudad" para rendirle, juntos, un homenaje de despedida. Rememorando ese viaje mítico por las entrañas de Madrid
A su vez, como recuerda el pocero Pedro, quien lidera al grupo que baja con nosotros, enalteció una labor denostada desde siempre. «Nos honra que escribiera el primer gran homenaje periodístico a nuestro oficio. Aunque muchos lo desprecien, nos jugamos la vida para que millones tengan salud... Se trabaja con las manos, con pico y pala, aquí la IA no funciona», suelta con la sabiduría de haber leído al homenajeado. Tanto que paralizó a su equipo de Serbis para esta semblanza. Con los permisos respectivos. Ellos nos guían por los recovecos. Para encontrar el lugar idóneo para colocar los obituarios, las velas y los dibujos de Ulises, ilustrador hasta el final de su columna El ruido de la calle, quien nos las había dado para que permanecieran aquí.
Antes el descenso era sin freno. Ahora te tienes que proteger con un equipo de seguridad similar al que se usa en la escalada. Con un arnés que recuerda al que usan los paracaidistas. Más cascos y guantes de obra. «Hay caídas equivalentes a cinco plantas», relata un pocero. Pero lo peor, recuerda, es la falta de aire. «Llega de repente. Y aquí hay que actuar como un equipo. Ya hemos tenido que sacar a un compañero sin oxígeno». Y los torrentes. «Que te pueden atrapar»... A nuestro lado pasa un drenaje subterráneo que va a un ritmo de 100 litros por segundo. Parece apacible hasta que una linterna cae y desaparece. Sin posibilidad de recuperación. Cual luciérnaga que agoniza en su caudal.

El pocero recuerda el riesgo de «tsunamis subterráneos». Durante tormentas intensas, «las conducciones pueden llenarse completamente de agua, creando uno que puede romper paredes y arrastrarnos». Lo dice con la sapiencia de quienes han recorrido miles de kilómetros bajo tierra. «Aquí se han hallado hasta bombas». Aunque pocos les llamarían héroes. Son estos hombres quienes no se llevaron aplausos por limpiar por dentro las consecuencias de la dana valenciana. «Estuvimos tres meses como voluntarios». Sin aplausos ni homenajes a quienes vieron a la de la guadaña cara a cara. Por cierto, a Raúl no le gustaba hablar de la muerte. Y, cuando bajó, se la jugó. Había más peligro de hundimientos, de enfermedades y bacterias. Un plus a su misión, teniendo él fama consumada de hipocondríaco.
Arriba y abajo han cambiado las faces. Antaño, los que bajaron con el columnista eran de su tierra, de Cuenca. Hoy, Pedro es el único español. El resto son de Rumanía y Senegal. «El último conquense que estaba con nosotros falleció al inicio de la década», rememora. Y no será por salario. Raúl del Pozo, en su momento, preguntaba por sus honorarios. Entonces le respondían sin dar cifras. Aquí no hay juego de trileros y muestra todas las cartas.

En las entrañas del Madrid de Raúl del Pozo, los poceros siguen con sus labores. Sobre estas líneas, con un cebo para matar ratas.
«Son 2.500 euros más pluses por mayor peligrosidad». Añade más detalles. «Y contrato indefinido, con todos tus seguros, todas las coberturas, vacaciones. En 14 pagas». Las remuneraciones en su rubro seguirán creciendo. Lo dice Jensen Huang, CEO de Nvidia, pilar de la IA: «Los millonarios del futuro serán electricistas, fontaneros...». O poceros. «ChatGPT no puede reparar una cañería rota». Hay nuevos materiales: resinas que recubren las tuberías por dentro construyendo otra igual sin cambiarla. Pero cuando hay un atasco... «No hay robot que valga. Se hace a pelo», añade Pedro.
Llegamos al lugar idóneo. El caudal fluye a nuestra vera. Comenzamos a encender las seis velas. Una por década desde su primer gran reportaje. Cuesta encenderlas, pero es más por la estrechez del espacio que por el metano. Mientras lo preparamos, comentan: «Las ratas hoy son aliadas. Nos indican que se puede respirar». Seis colocadas sobre las páginas con palabras de adioses. Lucas: «La muerte, infinito Raúl, no te querrá como te quiero yo». Manso, quien impulsó este homenaje, recordando su sentencia: «El periódico es la luz de la libertad». Pérez-Reverte: «Se ha ido como un caballero, sin molestar a nadie... por la puerta grande, a hombros de amigos leales, mujeres magníficas, camareros fieles, crupieres cómplices».

Las gotas se condensan y caen sobre las páginas del altar. Las tiñen por partes de marrón, como el rímel caído de aquellas que sedujo. Se ilumina con lo que se puede. Los rostros, las ilustraciones, las añoranzas. El fotógrafo en desequilibrio, casi emulando al cojo Boutellier, autor de los retratos del pasado. Y seis velas a punto de apagarse que resisten. Las dejaremos fenecer. Allí se quedará todo. En una galería bajo la Castellana, a la que solo recordarán cómo volver un puñado de poceros, queda un altar efímero como tributo. O nuestro modo de decir... No te olvidaremos.
Raúl del Pozo
En este link podrá leerlo tras seis décadas al alcance solo de los más forofos
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