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El Mundo
Esther Mucientes · 2026-06-22 · via Televisión

Imaginad la escena por un momento. España, año 2003. El ambiente político en la calle no es que esté caldeado, es que quema. El Prestige sigue soltando hilos de chapapote en las costas gallegas ante la incompetencia gubernamental, José María Aznar se fotografía sonriente e histórico en las Azores junto a George W. Bush y Tony Blair, y los Informativos de la RTVE en manos de Alfredo Urdaci practican un equilibrismo informativo que roza el descaro y la manipulación (no en vano, la condena por el tratamiento de la huelga general y el caso Sintel ya sobrevolaba las redacciones). En medio de este polvorín, la Academia de Cine prepara su gran noche, los Premios Goya. Lo que el Gobierno del Partido Popular esperaba que fuera una glamurosa, dócil y controlada pasarela de estrellas se convirtió, en riguroso directo y ante millones de espectadores, en el mayor alegato político de la historia de nuestra cultura. El día que el cine español, por pura dignidad, le metió un gol por la escuadra al poder.

El soberbio repaso que Mamen Mendizábal y su equipo hacen en Anatomía de... los Goya del No a la guerra no es solo un brillantísimo ejercicio de nostalgia cinéfila o de arqueología televisiva; es la autopsia minuciosa de un instante en el que la telerrealidad y la decencia social colisionaron en la pantalla. Un programa que arranca con la crudeza del recuerdo: "Son los grandes triunfadores de los Goya (Javier Bardem, Fernando León de Aranoa...) Una ceremonia que pasará a la historia por ser una de las más políticas de los últimos años. Finalmente se convirtió en un alegato contra la guerra de Irak. ¡No a la guerra, no a la guerra, no a la guerra!".

Viendo el programa, uno descubre que las grandes revoluciones no siempre nacen de despachos clandestinos ni de planes milimétricos diseñados por estrategas de colmillo retorcido. A veces, nacen de una maravillosa mezcla de improvisación, veteranía, carambolas del destino y un punto de bendita inconsciencia.

Contó Joaquim Oristrell, por entonces vicepresidente de la Academia de Cine (en la etapa de 2000 a 2003), que los presentadores elegidos para aquella noche no eran, ni de lejos, la primera opción. El papel siempre se le ofrecía a la infalible Rosa María Sardá. Tras su negativa, pasaron a Javier Cámara y, por sugerencia de la propia Sardá, acabaron llamando a la compañía Animalario. Querían a los chicos del momento, los protagonistas del taquillazo Al otro lado de la cama: Ernesto Alterio, Alberto San Juan y Willy Toledo. Alterio, bien porque se olió el pastel o por pura intuición, decidió bajarse del carro. A los otros dos les costó decidirse. Daba vergüenza darle largas a la institución, así que mientras Willy hablaba con un colega para organizar una paella dominical, miró a Alberto, se encogieron de hombros y dijeron que sí.

Oristrell y la presidenta, Marisa Paredes, los habían citado antes en una casa para cenar. Revela San Juan con total naturalidad que la noche de la proposición "indecente" estuvieron "cenando y fumando hachís", añadiendo con guasa que "igual eso explica que aceptáramos". En aquel momento, San Juan y Toledo no tenían el perfil de dos activistas políticos de primera línea mediática; a ojos de la industria y del público general, eran simplemente "dos comicuchos" que iban a conducir la gala del cine español. Nadie vio venir el tsunami.

Pero el verdadero motor de lo que ocurrió aquella noche no fue la juventud gamberra o irreverente de los presentadores, sino la infantería de la vieja guardia de la profesión. Unas semanas antes de la ceremonia, los teléfonos empezaron a echar humo. La Unión de Actores decidió que no podían quedarse de brazos cruzados ante la inminente invasión de Irak. Había que organizar una asamblea de las de antes. Tirando de agenda tradicional, convocaron al sector el 27 de enero de 2003 en el Círculo de Bellas Artes de Madrid bajo los ojos de la estatua de Minerva, que preside el Círculo, diosa de la sabiduría y de la... guerra. Quedaban apenas cuatro días para la gala.

Juan Diego Botto confesó en el programa que acudió pensando que se encontraría con los cuatro gatos habituales de las protestas. Cuál fue su sorpresa al entrar y ver el patio de butacas desbordado. Allí estaban Juan Margallo, Lola Herrera, Pilar Bardem... los rostros y los cuerpos que habían luchado activamente por las libertades durante el franquismo. "La historia de nuestro país estaba ahí", recordó emocionada María Barranco.

Anatomía de...

Mamen Medizábal, en una imagen del Anatomía de... de anoche.ATRESMEDIA

Nadie sabía hasta ese momento cuán profundo, unánime y visceral era el rechazo a la guerra dentro del sector. Marisa Paredes no acudió por consejo del propio Oristrell, para salvaguardar la neutralidad institucional de la Academia. Pero daba igual. Como dice Botto, Marisa, "la hija de la portera de una casa en la madrileña Plaza de Santa Ana", una mujer con una conciencia de clase inquebrantable, sabía perfectamente de dónde venía y tenía claro que desde su puesto de responsabilidad iba a amparar la libertad de expresión. Desde la oficialidad de la Academia, de manera tácita, se estaba dando permiso para la revuelta.

El plan de trinchera que se diseñó en esa asamblea exprés fue pura artesanía y coordinación laboriosa. Se crearon comisiones. Una de ellas se encargó específicamente de coordinar los Goya: localizar a los nominados para pedirles que, si subían a recoger el cabezón, dijeran algo contra la guerra, e imprimir el elemento que se convertiría en el icono de una generación: las famosas chapitas negras con letras blancas.

Miembros de la Unión de Actores pasaron noches enteras imprimiendo, plastificando y colocando imperdibles a mano, de manera clandestina y contrarreloj. ¿Y cómo se colaron en la gala sorteando los controles de seguridad? De todas las formas imaginables: metidas en bolsas, mochilas, bolsillos de abrigos y escondidas en una furgoneta desde los ensayos generales. La propia Marisa Paredes reconoció tiempo después con orgullo que coló un buen cargamento escondido dentro de una caja de zapatos. Misión cumplida: las armas de la diplomacia cultural estaban dentro del recinto. Ahora solo quedaba repartirlas por el patio de butacas. La vieja guardia actoral se encargó de distribuirlas en los pasillos previos, mientras los teléfonos echaban humo con mensajes de alivio: "Todo el mundo las quiere, nos las quitan de las manos".

Existe la falsa creencia de que Alberto San Juan y Willy Toledo reventaron los Goya saltándose por completo el guion establecido. Anatomía de... desmitifica esto de forma brillante. Dentro de la propia compañía Animalario había división: San Juan y Toledo querían una gala absolutamente política y combativa para denunciar desde el minuto uno que España tenía un "Gobierno criminal", mientras que los otros compañeros defendían que la noche debía ser, ante todo, una fiesta del cine. Al final, en ese debate interno, ganó el discurso moderado. Los presentadores se mosquearon, pero aceptaron por responsabilidad hacia sus compañeros de profesión. Se autocensuraron, sí, pero bajo la firme promesa de que algo harían.

El guion oficial, limpio de proclamas bélicas, se envió por primera vez en la historia a TVE, que nunca lo pedía. Oristrell se encargó personalmente de cortar las alas más radicales en los ensayos (prohibiendo, por ejemplo, que Javier Bardem saliera al escenario vestido con un mono blanco cubierto de chapapote simulando el desastre del Prestige). Lo que la cadena pública vio en los ensayos generales fue un show cómico inofensivo. Lo que no sabían era lo que se estaba cocinando a espaldas de los papeles oficiales.

Anatomía de...

Imágenes de la gala de los Goya de 2003.ATRESMEDIA

Cuando arrancó la retransmisión, el ambiente en la alfombra roja ya vaticinaba la tormenta. Los actores lucían la chapa con un orgullo desafiante ante las cámaras. La ministra de Cultura de Aznar, Pilar del Castillo, llegó al recinto visiblemente enfadada, consciente de que el suelo que pisaba era movedizo. Oristrell, en un intento de salvar los papeles, habló con un responsable de TVE para pedirle que le dijeran a la ministra que se lo tomara con humor y, de paso, sugirió a los realizadores que, si la veían con cara de pocos amigos, evitaran enfocarla.

Y aquí entra en juego la figura clave e involuntaria de la noche: Luis Campoy, el realizador de la gala. Los rumores de que "algo iba a pasar" corrían por los pasillos de Torrespaña, y los altos cargos le habían pedido a Campoy que estuviera extremadamente atento. La gala comenzó con el discurso impecable, medido y elegantísimo de Marisa Paredes. "Un texto vindicativo" que preparaba el terreno con una sonrisa pero con una firmeza constitucional aplastante: "Hay que tener miedo a la guerra", sentenció la presidenta. La veda estaba abierta.

Durante la primera hora, el guion oficial se cumplió y el ambiente se mantuvo contenido; solo tres personas hicieron menciones sutiles. Pero en el minuto 63, el actor Daniel Guzmán subió a entregar un premio y "agitó el avispero" sin miramientos. A partir de ahí, el efecto dominó fue imparable. El control de realización se convirtió en un polvorín. Los ayudantes se miraron y dijeron: "Aquí hay tomate". Compañeros del área de informativos se acercaban a Campoy diciéndole que cortara los planos, que cerrara el encuadre para dejar las chapas fuera de la pantalla. Campoy se plantó: "Yo no hago eso". Eso sí, el realizador aplicó una censura de protección que paradójicamente salvó la emisión: no pinchar ni una sola vez el rostro de la ministra Del Castillo.

Campoy confesó a Mamen Mendizábal que sabía que era un error profesional, pero obedeció las directrices de evitar el conflicto en pantalla. Si la realización llega a mostrar los gestos de desprecio o indignación de la ministra, alguien en la dirección central de TVE habría entrado en pánico y habría ordenado cortar la señal para ir a negro, lo cual habría supuesto un escándalo sin precedentes. Se aguantó el directo por puro equilibrismo técnico.

A partir de la mitad de la gala, el escenario se convirtió en un clamor popular que dejó neutralizada la presión del poder. Salió Rosa María Sardá y, con la autoridad incontestable de ser la gran dama de los Goya, puso a todo el patio de butacas a gritar a pleno pulmón: "¡No a la guerra!". El broche de oro de la dignidad lo puso el veterano Manuel Alexandre al recoger su Goya de Honor. Un hombre que llevaba en sus carnes las cicatrices de la Guerra Civil Española y que pronunció una frase que congeló los pulsos: "Llevo en el corazón un deseo, que es que desaparezca de todos los diccionarios la palabra guerra".

Para el final, los presentadores se guardaban un "as en la manga" que no figuraba en ningún papel: se quitaron las camisas y mostraron unas camisetas donde se leía el lema de la noche. Alberto San Juan ironiza sobre su propia supuesta rebeldía: "Fíjate lo pusilánimes que éramos, que ocultamos hasta el final lo que ponía en las camisetas. Las sacamos con todo el gusto".

Al día siguiente, las portadas de los periódicos hablaban de una "tormenta política sin precedentes" y del "nunca máis del cine". Los productores, despavoridos ante la posibilidad de perder las subvenciones y el favor del Gobierno, acudieron en masa a Oristrell a recriminarle que se habían "cargado los Goya". La Academia decretó una ley del silencio de 48 horas. Nadie debía hacer declaraciones.

El único que rompió el pacto fue Willy Toledo, que acudió a La Ventana de la Cadena SER a batirse en un tenso duelo dialéctico con la ministra Pilar del Castillo. Ese gesto selló su destino. Alberto San Juan lo afirma con total rotundidad en el programa: Willy Toledo fue el único caso claro de un actor vetado por la industria y el poder político a raíz de aquella noche. Le dijeron "la habéis cagado y habéis hecho un daño irreparable", y las llamadas para trabajar empezaron a desaparecer.

La paranoia del Ejecutivo de Aznar tras el "gol" de los Goya llegó a cotas grotescas apenas unos días después. Un grupo de actores, invitados por un partido político, acudió al Congreso de los Diputados con la firme intención de levantarse y reventar el discurso del presidente del Gobierno desde la tribuna pública. El despliegue de seguridad para recibirlos fue humillante: los registraron de arriba abajo, inspeccionando cada costura. A María Barranco llegaron a registrarle los tampones uno a uno, aun estando precintados en sus envoltorios plásticos. La propia Barranco y Ana Belén, ante los nervios y la tensión asfixiante de la tribuna, optaron por tomarse un Orfidal y medio cada una: "Yo estaba drogá".

Aquel histórico 1 de febrero de 2003 no logró frenar los bombardeos sobre Bagdad que comenzaron formalmente el 20 de marzo de ese mismo año. El Gobierno ignoró la voluntad popular. Sin embargo, la gala de los Goya funcionó como el detonante definitivo, la primera "gran traca" de una falla que encendió la mecha de las manifestaciones multitudinarias que inundaron las calles de toda España semanas después.

Aquella noche, el cine español simplemente se negó a mirar para otro lado. Levantó un espejo incómodo frente a los gobernantes para que vieran reflejado el grito del 90 % de la ciudadanía -según el CIS de entonces, 9 de cada 10 españoles rechazaban la guerra de Irak-. Más de dos décadas después, la vibrante crónica de Anatomía de... demostró que hubo un tiempo en el que una movilización "espontánea" podía empujar a todos. Aunque para conseguirlo, las armas tuvieran que entrar de contrabando en una vieja caja de zapatos.