























¿Hubo realmente anoche un milagro en Viena? Muchos dirán que sí. El milagro de Dara, de Bulgaria y de su Bangaranga al alzarse con el micrófono de cristal y ser la ganadora de Eurovisión 2026. Pero..., siempre hay un pero. La euforia del momento, de ver cómo Bulgaria, que nunca había ganado Eurovisión y que llevaba cuatro años fuera del festival por motivos económicos, salvaba la primera bola del partido que está jugando el certamen contra sí mismo, se vio como ese milagro que muchos esperaban: que Israel no ganase. Efectivamente, Israel no ganó, pero ¿realmente pensamos que 220 puntos de televoto, 343 en total y una segunda posición no es una victoria para el país hebreo? Si no lo vemos es que estamos ciegos.
Lo que se ha vivido en Viena durante toda esta semana y lo que se vivió anoche en el Wiener Stadthalle (por cierto, pedazo escenario el que se han gastado los austríacos) es, sin duda, lo que buscaba Israel. Visibilidad, polémica, titulares, enfrentamiento, pitos, gritos censurados, banderas israelíes por todas partes, banderas palestinas que no se vieran, gritos a favor de Israel bien altos, gritos a favor de Palestina bien bajos... Resumiendo, ha ganado Bulgaria, pero el protagonismo absoluto ha sido de Israel.
Es innegable que la victoria de Dara en una final de infarto es a priori un balón de oxígeno para la Unión Europea de Radiodifusión (UER), encargada del festival, que de haber ganado Israel se tendría que haber enfrentado a lo que nunca se ha querido enfrentar o ha decidido ignorar: el conflicto geopolítico.
Es cierto que la victoria de Dara, yendo Israel en primera posición desde que el televoto le diese 220 puntos, es un triunfo que la mayoría de los eurofans vivieron como si Bulgaria hubiera hecho justicia por Eurovisión.
Es una realidad como un templo que el televoto apostó por Bulgaria —el poder de los países del Este—, pero también apostó de nuevo por Israel, mostrando ese apoyo que le da alas al país hebreo para seguir insistiendo en que tiene que estar en Eurovisión, que Moroccanoil (principal anunciante) tiene que estar en Eurovisión y que mucho boicot, muchas protestas, muchas bajas de participantes, quienes mandan en el festival (y por lo que parece también en la UER) son ellos.

La representante de Bulgaria, ganadora de Eurovisión 2026.AFP
Si Israel se hubiera alzado anoche con la victoria en la gran final de Eurovisión 2026, la que se hubiera liado habría sido morrocotuda. Pero es que, tal vez, eso es lo que necesita Eurovisión y lo que necesita la UER. Si Israel hubiera ganado Eurovisión 2026, por supuesto que el país de Netanyahu lo hubiera celebrado como si no hubiese un mañana, pero el objetivo de Israel en esta edición y probablemente en las dos últimas no era ganar, era demostrar que tienen el apoyo de Europa (el televoto no miente), que da igual si llevan una canción mejor o peor (la de este año desde luego no se merecía, musicalmente hablando, un segundo puesto) o que a más pitidos y boicot más se crecen.
El objetivo de Israel es que desde el pasado mes de noviembre Eurovisión gire alrededor de Israel, que anoche Eurovisión 2026 giró alrededor de Israel y que, casi con toda seguridad, Eurovisión 2027 volverá a girar alrededor de Israel. La victoria de Bulgaria ha dejado aún más claro que Eurovisión es Isravisión. Si Israel hubiera ganado, el estallido hubiera sido tan grande que, probablemente, Eurovisión, tal y como la conocemos hoy, que no es la de hace 70 años, hubiera dejado de existir.
El segundo puesto de Israel a lo que lleva es a que la mosca no pueda escapar de la tela de araña. Si Israel hubiese ganado, muchos de los países que sí han participado en esta edición se hubieran negado a viajar a Tel Aviv, primero, por motivos de seguridad, y, segundo, porque una cosa es ponerse de lado ante la polémica y los derechos humanos, y otra muy diferente es tener que enfrentarse a ello cara a cara. Con lo que sucedió anoche, con la merecida victoria de Bulgaria, con el segundo puesto de Israel, con los 220 votos del público, con la alegría del representante israelí a cada pito y a cada abucheo, lo que se ha conseguido es que se vaya a escribir un nuevo capítulo de esta historia interminable.
Nada va a cambiar en Eurovisión, nada va a hacer la UER para cambiarlo. Abrirán vías de diálogo con los países que rechazaron participar en Eurovisión 2026 por la presencia de Israel, pero será de cara a la galería, porque mientras Israel siga participando y Pedro Sánchez sea presidente del Gobierno de España, RTVE no va a volver a Eurovisión. Y tampoco lo harán Irlanda, Países Bajos ni Islandia...

Israelíes, a la espera de conocer el resultado de la final de Eurovisión 2026.AFP
E igual, sí, se suman otros países; e igual se vuelve a pedir que los delegados de cada país voten si quieren que Israel participe o no (por mucho que diga el director de Eurovisión, Martín Green, que se votó en diciembre, no fue esto lo que se votó ni hubo intención nunca de que se votara). Pero nada, absolutamente nada va a cambiar en el Festival de Eurovisión. Es decir, la UER y Eurovisión salvaron anoche la bola del partido, pero el partido lo sigue ganando Israel.
Y ahora, si te das cuenta, nada se ha hablado de la música, de eso que dice la UER que es el Festival de Eurovisión, un festival de canciones, música y unión. Porque Eurovisión, por mucho que lo nieguen, hace tiempo que dejó de ser eso. Cuando los países, de un lado y de otro, da igual Israel que España, utilizan Eurovisión como arma política para una guerra que no se libra con misiles, drones o escudos, pero sí con el soft power (poder blando), que no es otra cosa que la capacidad de un país o institución para influir, persuadir y atraer a otros mediante el atractivo cultural, sin utilizar armas ni sanciones, sino utilizando la cultura, el único que pierde es Eurovisión, que tampoco tiene ninguna intención de librar ninguna batalla. Está en medio, dejando que le usen como pelota de ping-pong, esperando que pase la tormenta y que en algún momento vuelva el sol. Pero hay demasiadas nubes en el horizonte.
España y RTVE han apostado por los derechos humanos, por usar ese soft power para demostrar que el Gobierno de España y la televisión pública española son pacifistas y pro derechos humanos. Para demostrar a la sociedad que no se ponen de lado, que si hay que enfrentarse a la UER, a Eurovisión y a Israel, lo hacen, cueste lo que cueste, y ya te digo yo que barato no ha salido (Eurovisión es el evento que más audiencia genera cada año). Para alzarse como el líder de los llamados "cinco rebeldes" y esperar a que se sumen más países a la causa. Porque las guerras no se ganan solo en el campo de batalla.
Mientras tanto, Israel las libra en el campo de batalla, con su poderío armamentístico y su convencimiento de que ellos son los buenos y los demás son todos los malos, pero también las libra en los eventos que ven millones de personas. En las guerras de principios del siglo XX había hasta ministerios de propaganda. En las guerras de ahora, con someter a Eurovisión es más que suficiente.
Por mucho que Bulgaria anoche se llevara el mayor apoyo del público con casi 300 puntos de televoto, que hiciese historia, que vaya a ser la sede de Eurovisión 2027, el verdadero ganador vuelve a ser un año más Israel. ¿Y el perdedor? Sin duda, Eurovisión.
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